
En un país donde el trabajo es un privilegio,
donde ser asalariado es un milagro que no alcanza,
donde el seguro social es un lujo remoto
y la jubilación, un espejismo
que se disuelve en el polvo de la obra.
Aquí la informalidad no es excepción:
es regla, es madre, es la argamasa
que levanta la economía como un muro torcido.
El 65% de los cuerpos doblados
no conoce contrato, ni aguinaldo, ni vacaciones.
Solo sabe que hay que resistir.
Solo sabe que hay que tragarse la jornada
cómo se mastica la coca:
hoja amarga, pero compañera.
Trabaja como un boliviano.
Trabaja como un boliviano.
Sin descanso. Sin derechos. Sin voz.
En feriados y domingos.
Con el cansancio marcado en la espalda
con la mugre pegada en las manos.
Trabaja como un joven boliviano
Debuta en la fábrica de la precariedad
paga el derecho de piso
¿Tu sueldo? La experiencia basta.
te prometo futuro
mientras te quito el presente.
Trabaja como migrante boliviano
aprende a ser explotado en otras lenguas,
sostén las ciudades con tus manos invisibles,
levanta las tiendas, los mercados, los talleres,
y cuando caigas agotado,
nadie lo anotará en las estadísticas.
Dicen: los bolivianos saben trabajar.
Sí. Sabemos.
Sabemos hacerlo sin derechos,
sabemos hacerlo sin protección,
sabemos hacerlo hasta rompernos.
Sabemos que mientras levantamos este país
somos invisibles para el Estado
y solo visibles para el sudor.
Gracias por trabajar como un boliviano
sin ti, sin nosotros
no hay economía que respire,
no hay ciudad que despierte,
no hay país que avance.
Somos el músculo y la memoria.
Somos la piedra y la semilla.
Paola Quispe
17 de agosto de 2025