César Torres

¿De qué hablamos cuando hablamos de fantasmas? Quizás de uno mismo que se busca en lo innarrado.
Rene Magrite sobre El falso espejo
Sí, de un momento a otro la casa puede volverse un total extraño, ¿cómo no sentirlo, Abby, cuando sientes abrirse la puerta de un cuarto vacío? Con las ventanas cerradas y el calor, no pudo ser la brisa y, sin embargo, ahí está, el chirrido. La gata se inquieta, ella, que es la única opción de que se muevan las cosas sin tus manos, sin tu presencia. Sí, hay veces que los muebles se hinchan y suenan y el calor flaquea nuestras decisiones y lo que crees que acaba de pasar en realidad es un vecino resonando a lo lejos. Es lo que siempre sucede, pero también intuyes lo que está detrás de ese siempre. La gata retoma su vaivén de quien no recuerda lo que vino a hacer a tu lado, desfila un pelaje manchado y gris entre las cosas asombradas, ella, tú y yo hacemos nuestro gobierno. Tres imposibles que se hacen compañía.
No todas las sociedades se llevan bien, a la gata no le gusta que arregles nada, orina donde barres, te muerde si la peinas, pero ella no es la única oposición. Cada vez que mueves algo todo tiembla levemente, porque tus manos no son buenas visitas, sacuden las alfombras, meten la escoba bajo los muebles, desnudan las camas, almohadas, cojines… desordenas la casa en su sintaxis. No me molesta que hayas botado mi retrato, o que tiraras el enorme y viejo mapamundi de la sala, con sus territorios indistinguibles, un mapa sin mundo, igual, nunca hizo falta, ¿qué me interesa la geografía? La que recorro es otra, una que no es larga sino lenta.
Un extraño luto guarda toda limpieza, es leerse a uno mismo ordenando las cosas, si funcionan o no funcionan, se bota o no se bota, los electrodomésticos viejos, el televisor se regala, la ropa también. Deslees lo que está enfrente, como si te quedases con comas, puntos suspensivos y comillas vacías. Yo también limpié mucho cuando no estabas, cuando la casa era toda un detenimiento y le crecía una piel fina de polvo, me entretenía deshaciendo esa película, barrer, descolgar los cuadros que en mis brazos retozaban como bebés alegres, sin lloriqueos ni quejas. Pero siempre está el pero, apenas terminaba, todo se cubría de polvo nuevamente como si nunca lo hubiese tocado. Con tu llegada decidí ser un extra, uno siempre improvisa su papel a cada rato, somos actores desempleados que dan lo mejor de un guión vacío.
En cambio, a tí, te escucho sin parar, dando vueltas, mueves los platos, arrastras sillas, golpeas cuchillos, y pregunto en silencio, ¿no puedes estarte más quieta? Darle palabras al vacío es conspirar contra las invisibilidades, pero tampoco me molesta, en vez de curiosear en galaxias infinitas o las profundidades del ser, disfruto de admirar las paredes, siendo sólo tan ellas, inmóviles, tan detrás de todo y cerca de sí mismas. ¿Y si de repente las cosas sólo te susurran y ya? Quizás se aburren, se empiezan a parecer a tí, que te has vuelto una bisagra que suena.









