
Roberto Oropeza
Animal print de Mónica Velásquez es un poemario/animal que ha perdido su refugio y solo encuentra jaula y enfermedad. En este libro, el lenguaje está enfermo: ya no protege, no consuela. No sirve. Lo que antes era amparo, aquí es sospecha. “Lenguaje no hay”, se lee en uno de los textos, entonces, ¿qué queda?
Gruñidos, saliva, dentelladas.
Los textos se ardillean en un verbo, o permiten el surgimiento de una cocodriz. Hay una pulsión de cuerpo en celo, pero no de erótica sutil a contraluz, sino de jadeo y espuma. Lo sexual se mezcla con lo salvaje. No hay seducción, hay amenaza.
Una pregunta envuelve el instinto de Animal print: ¿hasta qué punto el lenguaje tiene colmillos, pelaje y rabia?
Se olfatea enfermedad, una desconfianza del lenguaje que ya no es refugio. Se constata su fracaso. En este sentido, resuena El llamado de lo salvaje de Jack London, donde Buck, un perro robado y vendido a buscadores de oro en Alaska, abandona su vida tranquila para convertirse en líder de una manada de lobos y cazar finalmente al hombre, su última y más valiosa presa. Así, Buck se enfrenta y elimina al generador del lenguaje, abandona todo por el aullido, la carrera con la lengua fuera, el olor a sangre. La palabra es materia viva, saliva y baba; el lenguaje es la estructura, la jaula, la trampa.
¿Cómo quebrar esa cárcel y dejar que lo de adentro se encienda?
En varios poemas, la forma será la de lanzar al verbo para inaugurar el verso. Este gesto encerrará un significado potente: el recibir una dentellada al dar la mano, la herida es el saludo al lector. Así, el poema se desenvuelve y desova. Los versos entre paréntesis —una suerte de complementos de la imagen, o de comentario aparte— tendrán un dualismo entre lo humano y lo animal.
A modo de suspiro entre presas, Animal print muta en la aparición de “materiales de la escritura”, que son textos en prosa sobre el oficio de escribir. En estas secciones se habla del gramaje del papel, del circuito de la escritura y del lector. Estas pausas funcionan como interrupciones en la intensidad del poemario, invitando a la contemplación y al registro consciente de la labor creativa.
Por otro lado, el poemario está surcado por varias huellas y rastros. Velásquez deja pistas a lo largo de sus páginas; algunas resultan esquivas, otras brillan con nitidez:
“pretendo permanecer mutando
engordada de otro, parásita
nada de mariposa a lo Mcqueen”
Animal print, al igual que el trabajo del diseñador, vuela por los nidos de la ira, la violencia y la sexualidad desatada; mezclando lo salvaje con la fascinación de la transformación. Entonces, ya no hay lobos, ahora son aves, ahora son esqueletos de aves, ahora son truenos. Lo único que permanece intacto es el instinto.













