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1. Chanda-Chandoso común

Feb 12, 2026

Canis mendicus vulgaris

Distribuido a lo largo y ancho de todos los ecosistemas urbanos del planeta, la chanda común es el mamífero citadino más prolífico y en ese aspecto evolutivamente exitoso del que se puede seguir su registro hasta la actualidad. Perteneciente al Orden carnivora, este subgrupo de la Familia canidae emparentado con los perros domésticos son el ejemplo por antonomasia de la resiliencia animal adaptada a los desafíos que tienen por ofrecer las junglas de asfalto. Las chandas o chandosos se caracterizan principalmente por su diversidad morfológica y su capacidad para la supervivencia. Respecto de lo primero, los apodados “lobos de ladrillo» se presentan muy semejantes a cualquier otro can, aunque con algunas particularidades a destacar: la diversidad de sus pelajes contrasta con la característica apariencia desaliñada que todos comparten; sus ojos son capaces de solidificar miradas en ocasiones igual o más complejas y expresivas que la de todos los demás miembros del Reino animalia a excepción de los homínidos. Sin embargo, se han divisado chandas de las que al contemplar la manera en la que miran derraman más alma desde sus pupilas que el promedio de la humanidad; los espolones de sus patas son bastante desproporcionados y se enredan sobre sí mismos en espirales de las que no hay data en ninguna otra especie perruna; y sus facciones corporales a grandes rasgos tienden a la asimetría, finalmente.


En lo que refiere a lo segundo, con tal de sobrevivir estos cuadrúpedos de inigualable olfato han adquirido hábitos más salvajes que sus primos hogareños, pero menos violentos que los cánidos del todo silvestres. A pesar del Orden dentro del que se les clasifica, los chandosos siguen una dieta omnívora antes que una constituida meramente por carne, son carroñeros en su gran mayoría y los desechos orgánicos son su principal fuente de alimentación. No suelen practicar la depredación, pero hay algunos especímenes que habitan en los territorios más hostiles (como sucede, por ejemplo, en esta Colombia patria mía) a partir de los cuales se los ha podido observar siendo activos cazadores de naturaleza temeraria. Cuando se los compara en cuestión de dimensiones físicas con las presas de su elección, estas no se reducen tan solo a un puñado de los animales de ciudad más pequeños, como las pestes (ratas), las plagas (palomas), los michos (gatos), y rara vez alimañas (cucarachas). Los casos más insólitos que se han registrado hablan por el contrario: chandas que han atacado y luego devorado a propios congéneres que en ocasiones los superan considerablemente en tamaño, y no bastando con eso, se los ha observado asesinar y comer a diferentes subespecies de homo mendicus (en especial carramanes y lo que vienen a ser gamines), lo cual es un comportamiento cuando menos extraño si se tienen en consideración múltiples factores asociados a la convivencia dada entre estos dos, a saber: la diferencia latente entre la capacidad de ambos para el dominio de su entorno, la posición ocupada por el uno y el otro en la cadena alimenticia, y más desconcertante aún, la relación mutualista que estos dos moradores del concreto han desarrollado entre ellos con el paso del tiempo y el transcurso de las generaciones1.


Son propensos a las pulgas, garrapatas y demás parásitos cutáneos muy por encima de lo usual en la fauna de sangre caliente, aunque también son inmunológicamente más resistentes ante las enfermedades, y flexibles ante la adversidad de las condiciones climáticas con base en el rango de tolerancia, que se ha estudiado en ellos que oscila entre -4°c y 56°c antes de verse afectado (siendo superiores en esto hacía ambos extremos a los perros domésticos). Todo lo anterior se explica a causa de las agresivas, exigentes condiciones a las que los chandosos se tienen que exponer constantemente en la carrera por la supervivencia sobre el cemento inclemente. Rondan basureros, cañerías, solo saben de intemperie, de éxodos y pugnas. Su comportamiento es más bien social, como suele ser en los canes, mas no se les dificulta hacer vida en soledad (esto, ya veremos a lo largo del bestiario, es casi una ley para ser de la calle); y tienen, es curioso, una mayor simpatía con otros perros ya sean domésticos o callejeros que con los humanos en general. Hablando de caninos, esto último es una excepcionalidad.

  1. Probablemente los chandosos son en lo real, sí, e igual en lo simbólico, los compañeros por antonomasia tanto de la calle, como del rey de los callejeros: el chirrete. «Perro no come perro» versa el adagio, no obstante, la evidencia deja a estas como solo palabras ↩︎

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Escrito por Carlos Villamizar

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