Fuera de Joke

OK, James, convénceme otra vez.
Lo pensé en serio, no como meme. Hace poco volví a ver The Abyss (1989) y me acordé de algo que Cameron hace mejor que cualquiera: construir un mundo y obligarte a habitarlo; porque Cameron tiene esa obsesión rara (casi insolente) de decirte “te voy a meter en un mundo entero… porque puedo”. Y cuando Fire and Ash apareció en la conversación de los Oscars, me volvió esa misma curiosidad: no la curiosidad del “a ver qué tal”, sino la del “a ver si todavía me puedes secuestrar la atención como antes”. Avatar, con todos sus problemas, siempre cumple una promesa: inmersión. Uno entra a Pandora como quien entra a un lugar donde la biología tiene sus propias reglas, donde los animales no están “para que se vea bonito”, sino para sostener un ecosistema. Por eso la saga funciona como saga: bosque, agua, ahora fuego y ceniza. Es casi una evolución temática por elementos, como si Cameron fuera desbloqueando skins. Y yo, fan y exfan y fan de nuevo (esa mezcla incómoda), sigo cayendo. Como si Cameron estuviera jugando con los elementos para ver hasta dónde aguanta el cine mainstream antes de derretirse.
Pero esta vez hay un detalle importante: yo no la vi en 3D. No porque no quisiera, sino porque en Bolivia ir al cine ya es un presupuesto y la sala 3D es otro presupuesto dentro del presupuesto. Entonces pasa algo bien específico: Avatar es una película diseñada para que te abrace la cara en 3D… y si no estás ahí, hay escenas donde sientes que te estás perdiendo media peli. Y eso me dio rabia, pero no contra Cameron: contra el sistema de “la experiencia completa” vendida como membresía. Entrada + 3D + buen asiento + combo de comida + el vaso coleccionable. El cine como paquete premium por capas, como si emocionarte tuviera tarifas.
Y aun así… cuando funciona, funciona.

Las escenas de acción y de inmersión tienen esa escala que Cameron maneja como nadie. No es solo “mucho CGI”: es coreografía, claridad espacial, ritmo. Incluso en 2D, Cameron logra que el mundo tenga peso. Que la piel, la ceniza, el agua, los animales, la vegetación, los cuerpos, todo tenga textura. Que no se sienta “fondo”, sino ecosistema. Ahí está la razón por la que Fire and Ash aparece nominada en categorías técnicas (efectos visuales y vestuario) porque lo que hace es diseño a nivel obsesión. Es un mundo construido con la paciencia de alguien que no está filmando una escena, está filmando un hábitat.
Aunque a ratos uno ya sabe lo que viene (porque Avatar a veces repite arcos narrativos como si fueran ejercicios de calentamiento: captura, persecución, gran choque, escape, otra captura) igual hay secuencias donde dices: ya, ok, nadie hace esto así.
Justamente por eso, se nota más el problema que a mí me irrita de Avatar como saga: las historias no cierran. Quiero que por lo menos cierren una historia. Una. No hablo de “me falta una respuesta filosófica”, hablo de algo más básico: terminas la película con esa sensación de que todo quedó en pausa, guardado para la siguiente. Como si cada película estuviera construida no para tener un final, sino para ser un puente. Y está bien, es una saga, nadie está pidiendo que la historia se acabe en tres horas… pero aunque sea cierren algo. Por lo menos necesito que cierre una puerta para que yo sienta que avanzamos y no sólo nos trasladamos de elemento en elemento. Cuando el final deja tantos cabos al aire de forma tan obvia (no como “misterio”, sino como “tranquila, viene la 4, la 5, la 6…”) ahí me siento manipulada.
Y sí, ya sé: Cameron siempre jugó con el “evento”. Pero hay una diferencia. Entre 2009 y 2022 pasó tanto tiempo que The Way of Water (2022) se sintió como regreso, como nostalgia, como “por fin”. Ahora, con Fire and Ash, la vibra es distinta. No se siente como retorno. Se siente como continuación. Y eso no es malo, pero cambia el peso cultural. Ya no es “todo el mundo va”, es “los que están dentro van”.
Hay otra cosa que me dejó pensando y me vino de un lugar inesperado: una conversación con mi papá. Él me dijo algo que me chocó: “se siente como dibujos animados”. Yo primero me puse a la defensiva (obvio). Porque detrás de esa “computadora” hay artistas, animadores, gente que literalmente construye luz, piel, agua, humo.

Pero después entendí lo que él estaba señalando. No era insulto, era percepción generacional: cuando todo se ve demasiado perfecto, demasiado limpio, demasiado calculado en textura… se revela la película. No como magia, sino como producto. Y eso duele porque Avatar vive de la magia. El día que Avatar se siente “render”, se rompe algo.
Ahora, si me preguntas por qué la defiendo incluso cuando estoy con el colmillo afuera, es porque Cameron todavía hace algo que casi nadie puede hacer hoy con este nivel de presupuesto: construir universo sin que parezca plantilla genérica. Y por eso también las nominaciones técnicas tienen sentido. Porque el diseño visual es el centro del proyecto, el vestuario y los efectos visuales son literalmente la columna vertebral del impacto.
Y en medio de todo eso, apareció mi lectura más personal: Pachamama la película.
No en el sentido cliché de “cuidemos el planeta” (que Avatar sermonea desde siempre y aún así pagamos felices por la lección, eso también es parte del chiste). Sino porque Fire and Ash vuelve a insistir en una idea espiritual bien concreta: la naturaleza como madre, la conexión como forma de vivir, la tierra como entidad. Y siendo boliviana, con cosmovisión andina en la espalda aunque no la estés “practicando” a diario, es imposible no pensar en la Pachamama.
Todo está atravesado por esa idea: la naturaleza como ser vivo, la conexión con animales como diálogo, la comunidad como extensión del territorio, el territorio como madre. La espiritualidad como forma de ver la vida… pero también como algo explotable. Porque Avatar siempre está caminando esa línea: te habla de lo sagrado mientras te lo vende en IMAX.
Al final, Avatar siempre termina llegando al mismo lugar: los vínculos, los seres que acompañan, la red que sostiene. “Todo se reduce a los amigos que hiciste en el camino”, sí, pero en versión épica: amor, pertenencia, empatía, y esa insistencia en que el capitalismo (y su hambre industrial) no solo destruye bosques; destruye maneras de vivir.
Entonces, ¿qué me queda?
Me queda esta contradicción: me enojo porque no cierra, pero sigo yendo porque me gusta estar adentro. Me da rabia que la experiencia completa sea un lujo, pero igual me atrapa el universo. Me incomoda sentir que la magia se va gastando, pero todavía hay momentos donde Cameron te recuerda por qué él puede hacer esto y casi nadie más.
Avatar sigue siendo la única saga que te sermonea sobre la humanidad… y aun así te cobra feliz por la lección.













