>> La Topa Tolondra | Okupas

El fútbol contemporáneo: ¿el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre?

Feb 14, 2026

Thomas Franco

[Soy] un ‘mendigo del buen fútbol’, que recorre los estadios y pide una linda jugadita, por amor de Dios.

Eduardo galeano

Muchas veces los domingos por la noche, después de una larga jornada de fútbol, los románticos de la pecosa nos damos golpecitos en la espalda y nos juramos, casi con fe de carmelitas, que el deporte que tanto amamos sigue siendo ‘del pueblo’. Pobres criaturas, seguimos convencidos de que la camiseta todavía huele a barro y no a perfume corporativo.

En realidad, desde que en los lejanos años setenta de João Havelange —ese Henry Ford de la pelota— cooptó la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) para hacer realidad el sueño de muchos de transformar la institución en la multinacional más grande del mundo, incluso por encima de pesos pesados como Coca Cola o McDonald’s, el fútbol dejó de ser ese reino de la lealtad humana ejercida al aire libre, donde la mayoría de las veces el pobre y el negro podían pintarle la cara a sus verdugos y gambetear los afanes de la vida, para transformarse en una de las mercancías más preciadas de nuestra sociedad. Fue la consolidación el fetiche redondo.

En ese entonces Havelange (más tarde Blatter, hoy Infantino), como representante de un grupo más amplio pero menos visible de mercenarios, entendió con mucha más rapidez y lucidez la lógica del funcionamiento del sistema en el cuál vivimos: el capitalismo se expande e intensifica por el imperativo de valorizarlo todo, incluso aquello que parecía incorruptible. Y el fútbol no fue la excepción, lo que comenzó como simples acuerdos de contratos publicitarios y la ampliación de cupos a la Copa del Mundo, derivó en una situación en la que cualquier aspecto del deporte de Pelé y Maradona resulta imposible de desvincular de los regímenes de privatización y mercantilización.

Tal dinámica ha alcanzado tanto éxito, que las canchas se convirtieron en algoritmos de Big Data donde la pasión se mide en métricas de rendimiento. Los jugadores, antes imprevisibles y erráticos, son ahora engranajes de maquinarias evaluadas por su eficiencia. Las tácticas se planifican como líneas de producción. Donde antes nacía un regate como acto de libertad, hoy se impone un cálculo de riesgo-beneficio. El fútbol, que fue carnaval, se volvió oficina: jugadores gestionados como activos, entrenadores como CEO de la productividad corporal y el hincha, un consumidor al que se le promete, en el mejor de los casos, emoción garantizada. En últimas, la magia del juego, esa irrupción del azar que hacía temblar la lógica del sistema, se ha visto exiliada por la racionalidad instrumental.

Y sin embargo, esta crisis de la estética del deporte sólo es la punta del iceberg de lo que se está disputando: su alma política. Hay una lucha bajo el firmamento por la existencia de aquel deporte que en otra época nos enseñó cómo la pelota no se mancha, cómo es posible vestir de timao cómo nuestros clubes despliegan una democracia total y real en ellos y cómo cuando las gaviotas siguen a la barca, es porque piensan que las sardinas serán arrojadas al mar. Una lucha donde el fútbol se resiste a ser el opio de los pueblos.

Por ello, aunque reconocemos el desencantamiento del deporte, también afirmamos que la magia aún no ha muerto, se sigue jugando como se vive. Y esa realidad se escapa en los potreros de barrio, en las pelotas descaradas que rebotan contra los techos de cartón o en los partidos entre amigos que se organizan sin sponsors. En esos gestos sobrevive la resistencia, en ese fútbol donde algún caradura gambetea por su familia, por su barrio, por los nadies… y le anota dos goles a Inglaterra.

En esta misma categoría

Experiencia

Experiencia

Vanessa Arguedas A ver, seamos honestos: ¿cuántas veces al día te encuentras con la palabra "Experiencia"? Ya no vas...

Escrito por Thomas Franco

Textos relacionados

Share This