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Compilado por: Alba Durán

Experiencia

Feb 1, 2026

Vanessa Arguedas

A ver, seamos honestos: ¿cuántas veces al día te encuentras con la palabra «Experiencia»?

Ya no vas al cine, vas a vivir una «experiencia cinematográfica inmersiva». No pides un café, buscas una «experiencia sensorial artesanal». ¡Hasta ir al baño en un restaurante de moda es una «experiencia premium de bienestar»! ¿Y el sexo? No, eso es una «experiencia trascendental de conexión cuántica».

La palabra ha pasado de ser la materia prima de la sabiduría a ser un producto estrella. Es como si de pronto, para ser sujetos válidos del siglo XXI, estuviéramos obligados a coleccionar momentos increíbles como si fueran estampitas de Panini.

Antes, si un día era aburrido y salía mal, bueno, era la vida. Ahora, si tu viaje es solo normal, si tu app es solo funcional, ¡es un fracaso de diseño de experiencia! Nos han vendido la idea de que la realidad, tal como es, ya no es suficiente. Tenemos que optimizarla y etiquetarla para que se vea bien en Stories.

Históricamente, la Experiencia era para gente seria. Era lo que tenían Kant y Locke, el sustento de la filosofía empírica. Era ese músculo mental que se te hacía fuerte a base de tropiezos y lecturas densas. Era lenta, costosa y a veces dolorosa. Era acumulación y maduración, no una promo 2×1.

Pero un día, algún genio de la mercadotecnia, probablemente, se dio cuenta de algo crucial: no vendamos el objeto, vendamos el sentimiento que el objeto promete.

Y pum, la palabra se divorció de la sabiduría y se casó con la sensación.

Antes: La experiencia era subjetiva. Lo que yo adquiría al vivir. (Ejemplo: «Mi abuelo tiene mucha experiencia en el campo.»)

Ahora: La experiencia es objetiva y diseñada. Lo que una empresa me vende para que yo sienta. (Ejemplo: «Te invito a vivir la experiencia de nuestro showroom.»)

La palabra se puso un traje cool, se tiñó el pelo de azul y se mudó al área de Marketing Digital. Y desde entonces, nos mira con desdén si no estamos viviendo algo supuestamente «inmersivo» cada cinco minutos. El problema es que, cuando todo es una «experiencia inolvidable», absolutamente nada lo es.

Si la palabra «Experiencia» dejó la biblioteca de filosofía para instalarse en la oficina del publicista, fue por una razón muy simple y muy cruel: somos unos infelices que necesitamos que nos vendan la ilusión de ser únicos.

En la sociedad de la hiper-información, donde todo es accesible y las diferencias materiales se han reducido, lo que nos queda para sentirnos especiales es lo intangible. Ya no se trata de tener un coche; se trata de la «experiencia de conducción» que te eleva.

la palabra «experiencia» se ha convertido en una obligación moral y emocional. Si no estás «viviendo una experiencia» (generalmente pagada, planificada y con hashtag propio), es que no estás «viviendo de verdad».

Le tenemos miedo a la monotonia: Nos aterroriza el tiempo muerto, el no hacer nada. El marketing se ha encargado de convencernos de que la vida cotidiana es defectuosa y debe ser constantemente mejorada con inyecciones de emoción. ¿Aburrido en casa? ¡Te mereces una «experiencia de glamping orgánico en el bosque»! La experiencia te salva de la temida mediocridad.

La Prueba Social del Valor de La «experiencia» no tiene valor si no es compartible y instagrameable. La presión no es solo vivirla, sino documentarla para que el mundo (y tu feed) atestigüe que tu vida es digna de ser envidiada. El valor de la «experiencia» se mide en likes, no en sabiduría adquirida.

La Justificación del Precio, ese es el lado más cínico. ¿Cómo te cobra un restaurante $200 por unos espárragos? No te cobra el espárrago, te cobra la «experiencia culinaria de alta deconstrucción». La palabra «experiencia» es la ficha de Monopoly que las empresas arrojan para justificar cualquier sobreprecio. No es un producto, es un recuerdo, y los recuerdos, en el siglo XXI, son premium.

La «experiencia» es la herramienta maestra para vendernos cosas que no necesitamos apelando a nuestro ego emocional.

El «diseñador de experiencia» es el nuevo sacerdote que define qué es lo que te debe hacer sentir realizado, y siempre termina en una transacción.

Hemos pasado de consumir bienes (cosas que duran) a consumir momentos (cosas que desaparecen). Es la forma más rápida y menos duradera de felicidad que ha inventado el mercado.

En el fondo, cada vez que una empresa nos dice que vamos a vivir una «Experiencia», lo que realmente nos está diciendo es: «Te vamos a dar una dosis de emoción tan intensa y prefabricada que olvidarás por un rato la vacuidad de tu existencia, y de paso, nos darás tu dinero.» Es la pastilla azul disfrazada de viaje inolvidable.

Y aquí llegamos a la gran ironía, al nudo gordiano de la estupidez colectiva. Después de todo este esfuerzo por diseñar la felicidad y optimizar el sentir, ¿qué ganamos realmente?

Hemos convertido la vida en una feria de muestras obligatorias. Estamos tan ocupados persiguiendo la siguiente «experiencia inmersiva», tan concentrados en capturar la foto perfecta del «momento inolvidable», que hemos perdido la capacidad de lidiar con lo que no tiene filtros ni guion: la realidad simple.

La verdadera experiencia, la que forja carácter, es inherentemente imperfecta, incómoda y no apta para redes sociales. Es la frustración de un proyecto fallido, el silencio incómodo en una sala de espera, el descubrimiento accidental mientras te pierdes. Es el lento, aburridísimo proceso de entender algo, no solo de sentir algo.

Al convertir la vida en una cadena interminable de «eventos» meticulosamente planificados y pre-sentidos (pagamos para sentir exactamente lo que el folleto promete), hemos amputado la posibilidad de la sorpresa genuina. Hemos des-experimentado la vida a fuerza de querer vivirla demasiado.

En resumen: la «Experiencia» de la que tanto presume el siglo XXI es, en esencia, la abolición de la experiencia real. Hemos sustituido el saber de la vida por el consumo de momentos. Y todo para terminar sintiendo esa familiar vacuidad, esa misma que intentamos llenar comprando la próxima «Experiencia Trascendental» el mes que viene.

¡No caigas! La próxima vez que alguien te diga que vas a «vivir una experiencia», míralo con suspicacia. Pregúntale cuánto va a costar y si la puedes documentar. Y luego, por favor, ve y haz algo auténticamente aburrido o inesperado. Quizás solo ahí, en el rincón no patrocinado de tu vida, es donde te encuentres de nuevo con la Sabiduría.

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Escrito por Vanessa Arguedas

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