Antes de componer Creature of habit (2026), Courtney Barnett tuvo que hacer algunos cambios en su vida: después de una década, disolvió Milk! Records, el sello discográfico que había fundado para promocionar la escena indie. Más tarde admitiría que esa decisión le dejó una culpa persistente. También dejó Melbourne y se mudó a Los Ángeles. Para una mudanza de esas, en las que se corta todo de raíz, se necesitan muchas cajas y marcadores para rotular. Aquí la ropa, aquí las tazas, aquí los libros y discos; pero nunca se podrá guardar todo. Siempre quedarán chucherías que lograrán escabullirse de todo envoltorio: entradas para un cine, la postal que te regalaron, el encendedor que te robaste esa noche que llovía en el bar y discutiste demasiado.
Me acuerdo de mi primera mudanza, por alguna razón no cabíamos en el camión con las cosas y tuvimos que ir en un taxi, por detrás. Recuerdo que mi padre dijo “siga a ese camión” mientras subíamos rápido para no perderlo de vista. Había algo extraño en ver tu casa reducida a esa carrocería de tres por tres. Seguirla por las calles, con los colchones al aire, bamboleándose de un lado al otro, con el cajón de los cubiertos sin cerrarse por completo. Recogiendo todas las piezas más bonitas. Volviéndolas a juntar en un intento desesperado de seguir adelante.
Courtney rotuló las cajas. Se mudó. Las guitarras y pedales —una Kurt Cobain Jaguar entre ellas— fueron acomodados en un avión de carga y, por catorce horas, su casa literalmente estuvo atravesando océanos y ciudades.
En One thing at a time, casi al final de la canción, hay una parte instrumental. Sin sobresaltos, viene tranquila con la guitarra rítmica, acompañada por un “uhh”, hasta que ella pisa el fuzz y empieza a elaborar un solo de guitarra, lento y chirriante, como el de un avión intentando aterrizar de emergencia. Chispas en el asfalto. El sonido se dobla y despedaza mientras el bajo de Flea y la batería de Stella Mozgawa intentan llevarlo a algún fin.
La segunda mudanza importante fue una donde viajé con los encargados de la mudanza, me subí a la parte de atrás del camión y me acurruqué encima del velador. Intentando mantener el equilibrio. Los cargadores estaban a menos de un metro de mi posición, pero no podíamos vernos, el refrigerador y veinte cajas hacían imposible el contacto; pero yo podía oírlos. Hablaban entre ellos, se hacían chistes y se reían de las cajas que habían tenido que trasladar, de lo ridículas que eran. La caja de las almohadas, la de las piedras de Urkupiña. Me avergoncé todo el viaje. Y si alguna vez me ahogo, entonces seré las hojas en el fondo de tu té.
En Another beautiful day, se siente la influencia de haber hecho un disco a dos manos con Kurt Vile, hace varios años. Hay algo en el punteo de las cuerdas, lánguido y adormecido, como despertarse de la siesta, con el sol colándose por la ventana, quemando los párpados a las dos la tarde. El contraste aparece en Mostly Patient, una canción que tiene un ligero acompañamiento con los platillos —muy mínimo— mientras la guitarra teje suaves arpegios; pero lo que más fuerza tiene es su voz, que casi no canta, es una charla consigo misma en una habitación vacía. Probaste todos tus trucos. Esta vez no arreglan nada.
La última mudanza ya fue completamente solo, no compré demasiadas cajas y mucho menos terminé de embalarlas. Los muebles viajaron repletos de cosas y cerrados a medias. Fue un completo desastre. Muchos cartones se rompieron en la calle, la tele sufrió un golpe del que no se recuperó. Tenía dos gatos.
Barnett menciona la palabra “cambio” en tres canciones del disco. Creature of habit se oye mejor minutos después de haber pagado a los de la mudanza, despedirles y agradecerles. Cerrar la puerta y mirar por primera vez la llave. Arranca esto de mi cabeza (Por favor, ten paciencia). Córtame las alas, hago lo mejor que puedo.












