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El otro algoritmo: identidades que no elegimos

Abr 17, 2026

Fuente: Firefly desde UNESCO

Franco Arrieta

Cada vez que abrimos una red social, creemos que decidimos qué mirar, pero en realidad somos invitados a un menú que no elegimos. El algoritmo observa, registra y deduce: cuánto demoramos en un video, qué nos incomoda, qué nos retiene, qué nos hiere. Con eso construye una versión de nosotros. Una versión simplificada, útil, comercializable.

El problema es que en América Latina esa simplificación nunca es neutral. El algoritmo reconoce patrones que tienen más que ver con desigualdad que con preferencias: barrios, hábitos, horarios de conexión, poder adquisitivo, aspiraciones, precariedad, migración, frustraciones. No necesitamos decírselo: él lo infiere. Y lo usa.

Por eso, muchas veces no vemos “lo que nos gusta”: vemos lo que la plataforma cree que corresponde a nuestra categoría social. Vemos pobreza romantizada, “superación” sin contexto, humor que esconde dolor, influencers vendiendo soluciones mágicas, o noticias que alimentan miedo. Mientras tanto, quienes tienen otra clase digital —mejores dispositivos, mejores conexiones, mejores datos— reciben un Internet completamente distinto.

Ese es el otro algoritmo: el que clasifica sin que lo notemos, el que reproduce brechas, el que organiza mundos paralelos dentro de la misma aplicación. No es sólo un sistema técnico: es una narrativa sobre quiénes somos. Y muchas veces, una narrativa que no elegimos.

Tal vez por eso necesitamos empezar a hablar de redes sociales no como entretenimiento, sino como un territorio donde se juega la identidad contemporánea. Porque cada scroll, cada like y cada silencio también escriben quién somos, y en qué versión de nosotros se refleja el próximo contenido.


CAPÍTULO 1

El algoritmo que nos mira

Cada vez que abrimos una red social, creemos que decidimos qué mirar.
Pero en realidad elegimos dentro de un menú que no diseñamos.
El algoritmo observa, registra y deduce: cuánto demoramos, qué nos incomoda, qué nos
retiene, qué nos hiere.
Con eso construye una versión de nosotros.
No la más real. La más útil. La más vendible.
En América Latina, esa simplificación no es neutral.
El algoritmo no solo identifica gustos.
Reconoce patrones atravesados por desigualdad: barrios, hábitos, horarios, poder
adquisitivo, aspiraciones, frustraciones.
No necesita que se lo digamos. Lo infiere.
Por eso muchas veces no vemos lo que nos gusta,
vemos lo que la plataforma cree que corresponde a alguien como nosotros.
Así aparecen mundos paralelos dentro de la misma aplicación.
Ese es el verdadero algoritmo:
el que clasifica, ordena y define qué versión del mundo vemos.
Y en ese proceso, también empieza a definir quiénes somos.

CAPÍTULO 2

El yo optimizado

Durante mucho tiempo creímos que las redes eran un espacio para expresarnos.
Un lugar donde mostrar quiénes somos.
Pero algo cambió.
Hoy no construimos identidad.
Nos adaptamos a la identidad que funciona.
Aprendimos —sin que nadie nos lo enseñe— qué contenido genera aprobación, qué
versiones reciben más atención, qué emociones se comparten más.
Y empezamos a editarnos.
No mostramos lo que somos.
Mostramos lo que funciona.
El problema no es solo la exposición.
Es la optimización constante del yo.
Cada publicación se vuelve una decisión: qué decir, cómo, cuándo… y qué ocultar.
Así dejamos de ser personas para convertirnos en versiones.
Más claras, más vendibles, más entendibles.
Pero también más planas.
Y en ese proceso ocurre algo más profundo:
empezamos a reconocernos en la respuesta del algoritmo más que en nuestra propia
percepción.
Ahí empieza la pérdida.

CAPÍTULO 3

La pedagogía invisible

El algoritmo no enseña de forma directa.
Pero entrena.
A través de likes, alcance, visualizaciones y silencios, nos muestra qué funciona y qué no.
No hay instrucciones.
Hay consecuencias.
Así se construye una pedagogía invisible: aprendemos qué mostrar, qué evitar, qué
exagerar.
Y lo más importante: qué versión de nosotros es aceptada.
Con el tiempo, dejamos de decidir conscientemente.
El sistema ya nos formó.
Ya sabemos qué decir para gustar.
Qué callar para no incomodar.
Y en ese aprendizaje silencioso,la identidad deja de ser exploración y empieza a ser ajuste.

CAPÍTULO 4

La performance permanente

En redes sociales no hay fuera de escena.
Cada historia, cada post, cada comentario forma parte de una misma narrativa: la
construcción de una identidad visible.
Pero esa identidad no es espontánea.
Es performática.
No actuamos para engañar.
Actuamos para encajar.
Adaptamos lenguaje, estética, emociones.
Nos movemos según lo que el entorno premia.
El problema es que esta actuación no termina nunca.
No hay pausa.
No hay corte.
Y sostener esa coherencia constante tiene un costo.
Un desgaste que no siempre se ve, pero que se acumula.

CAPÍTULO 5

La exigencia de coherencia

La vida real es contradictoria.
Cambia. Duda. Se transforma.
Pero el entorno digital exige otra cosa: coherencia.
Un perfil claro.
Un mensaje consistente.
Una identidad fácil de entender.
El algoritmo premia lo predecible.
Pero nosotros no somos predecibles.
Entonces aparece la tensión: para ser visibles, tenemos que simplificarnos.
Reducir matices.
Ordenar lo caótico.
Elegir una versión.
Y en ese proceso, la complejidad se vuelve un problema.

CAPÍTULO 6

La economía de la atención

En redes, la identidad no solo se muestra.
Se intercambia.
Cada publicación compite por atención.
Y la atención se convierte en valor.
En ese contexto, el yo deja de ser experiencia
y pasa a ser recurso.
Se mide en métricas.
Se ajusta según rendimiento.
Se optimiza.
La pregunta ya no es “quién soy”.
Es “qué versión de mí funciona mejor”.
Y así, la identidad entra en lógica de mercado.

CAPÍTULO 7

La pérdida silenciosa

La transformación no es brusca.
No hay un momento exacto donde dejamos de ser nosotros.
Es gradual.
Sutil.
Casi invisible.
Repetimos lo que funciona.
Descartamos lo que no.
Incluso cuando eso descartado era más cercano a lo que sentíamos.
Hasta que un día aparece una incomodidad:
La versión que mostramos ya no coincide con la que somos.
Y entonces surge una pregunta difícil:
¿Quién sos cuando nadie está mirando?

CAPÍTULO 8

Hacia una identidad no optimizada

Tal vez el problema no sea que el algoritmo nos observe.
Sino que empezamos a necesitarnos en esa mirada.
En un entorno donde todo se mide y se ajusta, la identidad deja de ser interna y se vuelve
externa.
Resistir no es irse de las redes.
Es no reducirse a ellas.
Es recuperar espacios donde no haga falta funcionar.
Donde lo contradictorio exista.
Donde lo complejo tenga lugar.
Porque quizás la libertad no esté en mostrarnos más, sino en dejar de construirnos solo
para ser vistos.

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Escrito por Casa de Nadie

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