Valentina Gonzales Aramayo Huanca
Mis papás no me dejaban salir sola a la calle. Después del colegio, llegaba a mi casa y como monja de claustro, me metía a mi cuarto a leer y leer y leer. De niña estaba bien, no me quejaba. Pero una crece y debe cambiar de ropa porque ya no le entra, pasa lo mismo con los espacios físicos y mentales. Yo quería salir sola.
Conocía muchos lugares, en el papel; pero yo ya empezaba a tener ansias de ver el mundo y mucha curiosidad por ver y experimentar por mí misma que hay más allá de las ventanas de mi cuarto, del micro que tomábamos en la esquina de mi casa, de mi colegio, de los lugares que conocía con mis papás pues. Así que me propuse convencerlos.
Tenía 12 años, determinación y muchas justificaciones a mi petición: “Ya estoy creciendo y necesito aprender a salir sola”, “Iré con la Maya (mi husky) y me cuidará, además ella también necesita salir, hacer ejercicio”, “No iremos lejos”, “Volveremos pronto”, “Sino, ¿para qué tengo llave?” Y claro, mi papá tenía también respuestas a todas esas justificaciones, basadas principalmente en el miedo a que me pase algo… claro. Durante semanas negociamos. Y finalmente, accedieron, con términos y condiciones muy claras: “Tienes 40 min, no puedes ir más allá de las tres cuadras a la redonda de la casa y siempre con la Maya”.
La Maya y yo cruzamos a la carrera la reja de calle felices de nuestro triunfo, al final, nos convenia a ambas. Ya afuera y solas ¿por donde empezar? ¿hacia arriba o hacia abajo? Por un momento el miedo me acaricio la espalda pensando en tanto peligro que mi papá nunca me dijo explícitamente pero que podía imaginarme. Pero ya estaba ahí y la Maya necesitaba urgentemente moverse. Ya no hubo tiempo de profundizar en mis pensamientos macabros. Ya solo quedaba disfrutar.
Subimos la calle, doblamos la esquina. Era de tarde y hacia calor, la calle estaba llena de todo: tiendas, personas, funerarias, más perros, autos que iban y venían. En fin… el mundo. Seguimos y doblamos hacia abajo, no cruzamos la calle; rodeamos la cuadra, bien atentas a todo. Ahora ya no había gente, era avenida y los autos pasaban a toda velo, y entre la pared de las casas y la calzada muchos autos estacionados en fila, era un túnel estrecho. La Maya se detuvo a hacer su reconocimiento respectivo de la novedad y ahí nos quedamos un ratito.
Un chango, 20 años o algo así. Caminaba tranqui, paso seguro, canguro negro, jeans. Me hice a un lado para darle el paso. Y él, en agradecimiento, me tocó la vagina.
Volteé a verlo, el volteo a verme.
Sonrió sardónicamente y se perdió en la calle.
Nunca de mis pesadillas.













