Entre el disco anterior y este, Sessa fue padre. Detalle muy trascendente a la hora de elaborar Pequena Vertigem de Amor (2025), su más reciente trabajo. Suena a celebración, temor y contemplación. La vida hacia otra vida.
No ha sido pensado como un disco sobre paternidades, pero sí ha servido como un punto de partida en la reflexión. El mundo aparece como algo nuevo e inmenso, tenebroso y fatal, pero lleno de tonalidades. El mareo, el miedo de haber creado a una persona con huesos, nervios y palabras. En ese estado, Sessa contempla el universo con un brillo distinto. Hay una energía nueva que eriza los pelos y causa apagones al apretar el interruptor de la luz.
«Vi cómo la música pasaba del centro a un segundo plano en mi vida». Y desde esa distancia se construye el disco. Un paso adelante o atrás, no se sabe, pero sí desde un plano mucho más maduro respecto a sus anteriores trabajos.
Grabado durante cinco sesiones entre abril de 2024 y marzo de 2025. Estas nueve canciones recorren texturas en la electricidad de la noche: samba, jazz, funk y tropicália. Un coro de mujeres cantando en la oscuridad de la playa; tambores y botellas agitadas a modo de una extraña percusión; cajas de ritmo que parecen venir del origen de la humanidad, el canto al océano o la naturaleza; un wah wah presionado lentamente, violines ascendiendo velozmente.
Hay sonidos como si estuvieran fuera de tiempo o venidos de otro lado. Aparecen una vez y desaparecen para siempre. En algún reportaje sobre Aguas de março —el clásico de Elis Regina y Tom Jobim— remarcaban que las notas del piano, ya clásicas ahora, intentan retratar a las aves del Amazonas. En Pequena Vertigem de Amor hay algo de eso: el deseo de volver a los sonidos de la infancia, la risa de alguien, un recuerdo traído desde lejos.
En Vale a pena canta: «Me voy/Cuerpo en el camino/ Me voy/Amanece en mi corazón/La primera luz rompe la oscuridad». Con un piano eléctrico y un saxo imperceptible, la canción más citadina, aunque igual de nocturna. En Dodoi, la percusión galopa y la guitarra parece seguirla por el rumbo que trace. Las cuerdas ascienden vertiginosamente hasta ser absorbidas por un súbito momento. Nome de deus —la mejor de todas— dice: «Nunca supe el nombre de Dios/Pero sus tres disfraces me ayudan con el mío», cuenta con los rítmicos y urgentes toques de piano de Marcelo Maita y una base que mezcla bajo, percusión, botellas y tambores sonando hasta la saturación. Casi se puede imaginar la escena: la banda pintando sus tonalidades, reverberando por todos los espacios, invitando a sumarse.
Es un disco de la insignificancia, y de la aceptación de ello. El himno de las hormigas a la lluvia.
Si todo es inmenso, solo queda cantar en voz baja. En ese filo, la vida y la muerte se rozan y confunden. Entonces la alegría es pena, y la tristeza es júbilo.
La forma de apagar los interruptores ya no es la misma.











