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Los Cuerpos Frontera: política y performance de la adaptación en la era de la coherencia digital

Feb 23, 2026

Alejandra Góngora Valdivia

La condición fronteriza

En el tejido social contemporáneo, marcado por la movilidad y la hiperconectividad, se consolida una figura corporal específica: el cuerpo frontera. Esta condición no es una elección identitaria, sino una posición estructural impuesta por un orden que, mientras celebra retóricamente la fluidez, castiga en la práctica la inconsistencia. El cuerpo frontera es aquel cuya existencia social depende de su capacidad para realizar un performance constante de adaptación, navegando entre códigos culturales, registros gestuales y expectativas sociales a menudo antagónicas. Lejos de ser una experiencia marginal, esta condición se ha vuelto paradigmática en sociedades donde las transiciones geográficas, de clase, profesionales, definen las biografías de millones. Este artículo propone una cartografía conceptual de este fenómeno, analizando sus fundamentos políticos, su manifestación performativa y su colisión con la lógica digital, para finalmente esbozar las formas de resistencia que emergen desde la propia materialidad corporal.

I. Los fundamentos políticos: la pedagogía de la crueldía

La necesidad de adaptación perpetua no surge del vacío. Se enraíza en lo que la antropóloga Rita Segato denominó una «pedagogía de la crueldía»: un conjunto de enseñanzas tácitas y repetitivas que instruyen a ciertos cuerpos sobre su lugar en el mundo. Esta pedagogía opera señalando, a través de microsanciones sociales, la inconveniencia de un gesto, la incorrección de una entonación o la excesiva visibilidad de una presencia. El cuerpo frontera internaliza estas lecciones no a través de un decreto, sino de la experiencia acumulada de miradas de desaprobación, portazos sociales y oportunidades denegadas.

Desde la sociología, Pierre Bourdieu ofrece una clave para entender este proceso a través del concepto de habitus. El habitus es el conjunto de disposiciones incorporadas gustos, posturas, maneras que estructura nuestra manera de habitar el mundo. Para el cuerpo frontera, el habitus no es unívoco, sino dialógico y conflictivo. Es un sistema de disposiciones que debe ser lo suficientemente flexible para ajustarse a territorios simbólicos distintos, generando lo que podríamos llamar un «habitus de la transición». Este ajuste no es meramente psicológico; es profundamente corporal. Se manifiesta en la modulación automática del acento al cruzar de un entorno a otro, en la contención de una risa considerada demasiado estridente en ciertos contextos, o en la adopción de una seriedad postural que denote autoridad en espacios donde de otro modo se sería leído como un intruso.

La politóloga Wendy Brown, en su análisis sobre los muros, argumenta que estos no solo excluyen, sino que también producen subjetividad. De manera análoga, las fronteras simbólicas que obligan al cuerpo a adaptarse producen un tipo específico de sujeto: el sujeto frontera, cuyo «yo» se construye en la negociación permanente con el umbral.

II. La manifestación performática: el cuerpo como actor en múltiples escenarios

El performance del cuerpo frontera se distingue del acto teatral. En el teatro, la duplicidad es un método consciente y delimitado en el tiempo, al servicio de la creación de un personaje y la comunicación de una verdad artística. Para el cuerpo frontera, el performance es una exigencia existencial, una estrategia de supervivencia o de movilidad social que se extiende a todas las esferas de la vida. No hay «fuera de escena»; el escenario es la totalidad del espacio social.

El sociólogo Erving Goffman, con su teoría de la dramaturgia social, nos proporciona un lenguaje para describir esta puesta en escena. Los individuos, como actores, gestionan sus impresiones en la «fachada» social. Sin embargo, para el cuerpo frontera, esta gestión adquiere una urgencia y un costo particulares. No se trata solo de presentar una versión idealizada de uno mismo, sino de presentar versiones radicalmente diferentes que sean creíbles y eficaces en contextos dispares. El esfuerzo no reside únicamente en la actuación en sí, sino en la constante vigilancia para evitar que los «guiones» se mezclen, que un registro se filtre en el territorio del otro.

La fatiga resultante es, por tanto, una fatiga política. Es el desgaste psíquico y físico de sostener una coherencia ficticia, un producto que debe ser fabricado activamente en contra de la experiencia interna de fragmentación. Esta fatiga rara vez es contabilizada en las métricas del éxito o la integración, pero constituye el sustrato somático de la vida en la frontera.

III. La colisión digital: el algoritmo de la coherencia

Si el régimen social exige adaptación, el régimen digital exige coherencia. Esta es la contradicción fundamental que enfrenta el cuerpo frontera en la era de las plataformas. Los algoritmos que gobiernan la visibilidad en redes sociales y entornos profesionales digitales están optimizados para identificar y promover identidades estables, consistentes y fácilmente categorizables. Un perfil debe transmitir una narrativa clara: un expertise, un estilo de vida, una marca personal.

La naturaleza performativa y múltiple del cuerpo frontera choca frontalmente con este mandato. ¿Cómo construir un perfil «auténtico» en LinkedIn cuando la autenticidad laboral ha requerido desempeñar roles distintos en entornos culturalmente diversos? ¿Cómo curar una estética coherente en Instagram cuando la experiencia vivida es la del tránsito entre mundos estéticos inconexos? La presión digital por la coherencia se convierte en una nueva frontera, una que opera a través de la arquitectura misma de la plataforma, premiando la legibilidad simple y castigando la complejidad identitaria con la invisibilidad.

El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han argumenta que la sociedad contemporánea ha reemplazado el paradigma disciplinario por el paradigma del rendimiento, donde el individuo se explota a sí mismo creyendo ejercer su libertad. Para el cuerpo frontera, esto se traduce en una auto-explotación performativa: la obligación de optimizar y homogeneizar su propia imagen digital para ser legible y, por lo tanto, valioso en el mercado de la atención. El espacio digital, así, lejos de ser un territorio de liberación, se erige como un nuevo campo de vigilancia donde la adaptabilidad, su principal herramienta de supervivencia, se vuelve un pasivo.

IV. Las fisuras de la resistencia: el cuerpo que se niega

Sin embargo, es en la materialidad indisciplinada del cuerpo donde surgen las grietas en este régimen de adaptación y coherencia. Existen momentos en los que el performance se quiebra, en los que el cuerpo reclama su verdad, a menudo incómoda y desordenada. El temblor incontrolable ante una situación de alto estrés, la risa que estalla en un contexto de solemnidad exigida, el agotamiento que ya no puede enmascararse con una sonrisa: estos son actos de insubordinación corporal.

La filósofa Marina Garcés celebra estas manifestaciones como «la verdad del cuerpo», la emergencia de aquello que se resiste a ser completamente colonizado por los mandatos sociales y tecnológicos. No se trata de gestos románticos de liberación, sino de fallos en el sistema, momentos de fricción donde la carne y su historia se imponen sobre el guion.

Estas fisuras son políticas. Revelan el costo humano de la adaptación permanente y desnaturalizan la fluidez como ideal. Señalan que la coherencia es, con frecuencia, un privilegio de aquellos cuyo lugar en el mundo no ha sido cuestionado, cuyos hábitos no han tenido que ser constantemente revisados y ajustados. En el temblor, en el cansancio, en el lapsus gestual, se hace visible la asimetría de un sistema que pide a algunos que se desdoblen, mientras permite a otros simplemente ser.

Hacia una política del cuerpo inconsistente

Cartografiar la experiencia de los cuerpos frontera es, en última instancia, un acto de desocultamiento. Es hacer visible la textura concreta de la desigualdad en la era de la movilidad, mostrando cómo las fronteras no solo se erigen en el espacio, sino que se inscriben en los gestos, en las posturas, en la gestión del cansancio. Este análisis revela que la demanda de adaptación es, en el fondo, una demanda de asimilación a un orden que permanece incuestionado.

La resistencia, entonces, no puede consistir simplemente en perfeccionar el performance. Debe apuntar a una política que no exija la disociación como precio de la pertenencia. Una política que valore la inconsistencia no como un defecto, sino como un testimonio de la complejidad de habitar un mundo cruzado por fronteras. Reconocer y politizar la fatiga del cuerpo frontera, celebrar sus fisuras y rechazar el mandato de coherencia digital son pasos hacia la construcción de un espacio social lo suficientemente amplio como para albergar, sin fracturarlos, los cuerpos que ya viven en tránsito.

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Escrito por Alejandra Góngora Valdivia

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