
Óscar Rodríguez Carnero
A los abuelos y abuelas,
por ayudar y sacar adelante
a sus hijos y nietos
Tiempo:
Por los caminos,
en una otoñal alameda,
caen hojas rojas
al ritmo del viento.
Tras el invierno,
entre besos y lágrimas,
la verde primavera
regresa a mis manos.
Estaciones de paso:
con llegadas, con salivas,
como las golondrinas
haciendo un nuevo verano.
Me llamo María Elsa Cerrillo Candelaria,
mejor conocida como Mariel.
Nací un verano, con los ojitos
negros y la piel color canela;
cerca del mar, en la aldea
que me enseñó a crecer.
Mi pequeña casita, no sé por qué,
jamás tuvo un papá, ni una mamá.
Estaba solo mi abuela, pero se bastaba
para hacerme sentir apapachada1.
La viejita adoraba el café de olla:
unas veces acompañado con
un pan dulce, y otras,
por unos cigarrillos.
Aunque, lo que realmente le movía
el corazón, era la música:
podía pasarse todas las horas del día
tarareando sus canciones favoritas.
—…Amor de mis amores,
sangre de mi alma…
—…Son tus noches
diluvio de estrellas, palmera y mujer…
Cada que yo chillaba, por ejemplo,
ella venía, me arrullaba en mi cobija,
y, como las palomas, hacía:
—…Cucurrucucú, no llores…
Durante mucho tiempo, esto fue todito lo que tuve;
sin embargo, nunca necesité de más nada.
Vivíamos al lado del puerto,
en una caseta de madera
pintada a rayas azules y blancas.
Frente a la iglesia mayor,
en unos puestitos caseros,
se preparaba el mejor
ceviche2 del país.
Todos los domingos,
íbamos juntas hacia allí:
—…Qué hermoso que es mi chalán,
cuán elegante y garboso,
sujeta la fina rienda de seda… —cantaba mi abu,
conmigo entre sus brazos.
El pescado nos lo servían
siempre con algún juguito,
o agua de distintos sabores.
De postre, pedíamos
un delicioso combinado
de mazamorra morada
y arroz con leche.
—…Un centavito de anís,
diez centavos de maíz,
un pedacito de queso…
Al doblar la esquina
a mano izquierda,
teníamos una
sencilla tiendecita:
muy popular,
por nuestros animalitos
de maní, melaza,
chocolate y caramelo.
Los más mayores,
ocupaban la puerta
del local en corro,
como una terraza
improvisada,
donde tomar el fresco3.
Entre partida
y partida al parqués4,
me lo contaron todo
sobre mi abuelo:
—¡Arrea, mija!
¡Érase que se era,
un severo marinero!
»Hace algún tiempo —continuaron—,
este marinero
solía navegar mar adentro,
¡muy adentro!,
por larguísimas temporadas.
»Mientras, tu señora abuela
le esperaba,
extrañándole de a de veras5.
»En cierto momento,
el marinero se regresó
por las fiestas del pueblo,
cantando, ¡contentísimo!,
una serenata ().
»—Al amanecer, allá, en Nueva España,
las mañanitas no tienen final:
porque están alumbrando tus días,
porque nunca te quieren dejar…
»Las promesas quedaron en nada;
el anillo, empeñado.
»Antes que tú nacieras,
¡muchísimo antes!,
ese marinero se fue,
().
Mi mamita linda
rondaba los noventa y pico de años,
cuando cayó enferma.
Había sido muy querida
por el pueblito entero;
ansí6, nuestro hogar estuvo
relleno, con conocidos
cuidándonos a las dos,
hasta que mi amá
ya no se paró7 más
de su hamaca.
Esa tarde, caí rendida junto a ella,
y ahí mismo me dormí.
Acurrucadas,
su sonrisa eterna
—de oreja a oreja— canturrió:
—Amanecí, otra vez, entre tus brazos.
Y desperté llorando de alegría…
Fueron sus ultimitas palabras.
Entonces llegaron los tíos míos,
para llevarme con ellos a la capital.
En esa ciudad cenicienta
—tan tibia, tan gris—,
luce un solcito de lluvia:
fugaz, como las olas del mar.
—…¡A la orden!
¡Tamales, tamales, tamales!…
—…¡Aguacate, aguacate, aguacate!
¡A mil, a mil, a mil!…
Encima de la ladera
de una montaña,
acompañado por un riachuelo,
se hallaba mi barrio.
Algunas casas visibles, y otras
ocultas, formaban un gran mural de
verdes y amarillos,
rojos y marrones.
Poquito a poquito, los colores iban
viéndose cada vez más desconchados8:
me se habían ido (),
acompañados por el sonido del
agua.
—…¡Se compra toda clase de chatarra!
¡Fierro, aluminio, cobre, baterías!…
A las seis de la mañana,
la libertad huele a
café negro recalentado,
ramas quemadas,
tierra mojada,
babas;
brisas marinas,
noches lascivas,
aserrín y niebla.
A esta hora, exactamente,
como lustrabotas,
limpiaparabrisas9,
cerillera10,
().
Marginal:
Ayeres con distancia;
pobreza por cercanía
a malas compañías.
Lumbre azul hecha cenizas,
entre risas marchitas.
Al margen de la sociedad,
puede acabar cualquiera.
Al filo de la navaja
—como un trapecista—,
el pico en una
cuchara quemada.
Al borde, a oscuras, a tientas,
la inmensa minoría mira
—pero volteas la cara.
- Apapachar: voz de origen náhuatl, mimar o acariciar con el alma. ↩︎
- Ceviche: plato consistente en pescado crudo marinado con aliños cítricos. ↩︎
- Tomar el fresco: salir al aire libre para evitar el calor, especialmente en verano. ↩︎
- Parqués: ludo, parchís ↩︎
- De a de veras: de verdad, con sinceridad. ↩︎
- Ansí: desus., así. ↩︎
- Pararse: levantarse, ponerse de pie. ↩︎
- Desconchado: pérdida de una parte de capa, pintura o enlucido, en una superficie. ↩︎
- Limpiaparabrisas: persona que, por oficio, limpia parabrisas. ↩︎
- Cerillera: persona que vende cerillas y tabaco en cafés, teatros u otros locales. ↩︎
«MARIEL» fue desarrollado de manera conjunta entre España, México, Colombia y Perú, entre 2023 y 2026, a cargo del escritor Óscar Rodríguez Carnero, autor del cuento infantil «El Bosque» (Maldrago, 2023).













