Me animé porque nadie quería ser guardaparque (II)

por | Nov 29, 2025 | Medio Ambiente, Reportaje

Comunidades de San Carlos, Amaya y Perereta transformaron su relación con el loro endémico más amenazado de Bolivia tras dos décadas de trabajo con Asociación Armonía, aunque la sostenibilidad del modelo depende de líderes que envejecen sin reemplazo claro.

Fabricio Lobaton

CONTAR LO QUE IMPORTA

Tres semanas de caminata por acantilados y cañones en 2021. Equipos de Asociación Armonía y Fundación Natura Bolivia cubriendo Santa Cruz, Cochabamba, Chuquisaca, Potosí. Binoculares. Cuadernos. Paciencia. El censo nacional registró 1,160 parabas: las asociadas a peñas rocosas, palmeras, dormideros y zonas de alimentación.

La distribución se dividió en 482 individuos en la cuenca del Mizque, 398 en la del Grande, 181 en la del Caine, 99 en la del Pilcomayo. Comparado con los 807 de 2012, un aumento del 43.7%. La primera vez en décadas que los números suben en lugar de caer.

Guido explica la importancia. «Ese número sigue siendo bastante pequeño para una población, para una especie que es única en el mundo», dice. «Y además, considerando que la paraba está muchas veces muy expuesta a la gente, porque a ella le gusta convivir en zonas de valle donde hay bastante agricultura».

El censo también documentó actividad reproductiva. La Paraba Frente Roja anida en colonias pequeñas entre septiembre y marzo. Pone de uno a tres huevos. Incubación de 24 a 28 días. Período de cría de 70 a 78 días. Cada nido tiene en promedio dos pichones. Tasa de supervivencia estimada: 48%.

Ciclo Reproductivo – Paraba Frente Roja

Ciclo Reproductivo

Paraba Frente Roja

~2
pichones por nido
🥚
Huevos
1-3
⏱️
Incubación
24-28 días
🐣
Cría
70-78 días
💚
Supervivencia
48%
🦜
Madurez
3-4 años
📅
Entre crías
2-3 años
⚠️ Factor crítico
No todas las parejas anidan cada año. La reproducción depende del alimento disponible. En años de sequía esperan 2-3 años entre ciclos.

Pero hay limitaciones reproductivas. No todas las parejas anidan cada año. Guido explica que todo depende del alimento: «Muchas veces está en función del alimento disponible para que su cuerpo pueda estar preparado para poder reproducir». A veces esperan dos o tres años entre una reproducción y otra. Y los pichones que salen del nido tardan mínimo tres años en madurar sexualmente. «A veces al cuarto año recién entra una etapa de madurez para poder reproducir», dice.

Durante más de una década, entre 2008 y 2019, la reserva recibía entre 25 y 30 grupos anuales. Grupos pequeños, de dos a 14 personas. La pandemia de COVID-19 redujo todo a cero en 2020 y 2021. Para comunidades que ya dependían parcialmente de ese dinero, fue devastador.

Pero 2023 marcó récord histórico: 187 visitantes que generaron 169,450 bolivianos, aproximadamente 24,500 dólares en ingresos directos según datos oficiales de Armonía compartidos con medios bolivianos. Agosto 2025, a pesar de bloqueos políticos que paralizaron el turismo nacional, la reserva recibió seis grupos. 

«Claro, en tantos años ya la gente misma ha tomado conciencia», reflexiona Simón. «Como los visitantes dejan un dinerito, han visto el dinerito y ahora ya lo ven como es muy importante hacer la conservación de la Paraba Frente Rojo. Y los reciben muy contentos».

Pero el impacto más profundo es cualitativo. «Antes la gente a veces hasta para negocio capturaban», dice Marlene. «Ahora ya es prohibido. Ya nosotros mismos más bien grave cuidamos». Guido lo confirma: «Hoy en día ellos son los principales protectores de la paraba frente roja. Cuando disminuye la población, ellos se preocupan y me dicen: ¿qué hacemos? ¿Qué vamos a mostrar a los turistas?»

El cambio también se ve en quienes crecieron con el proyecto. Armin Vargas, guardaparque reciente, creció viendo la transformación: «Desde el 2006 hemos emprendido esta actividad y como del lugar nosotros ya crecemos con esa voluntad de preservar. Anteriormente no lo veíamos con esa visión. La institución Armonía ha venido, ha abierto los ojos». Marlene lleva casi 20 años trabajando en la reserva. Armonía continúa impulsando y expandiendo sus proyectos en la comunidad, contemplando explotar las áreas de arqueología en turismo y desarrollar proyectos de apicultura para vender miel ecológica, siempre de la mano de los habitantes locales y para su beneficio.

CÓMO SE CONSTRUYE DESDE ABAJO

Comunarios y trabajadores de Armonía luego de la recepción de dinero recaudado por turismo. 

La conservación efectiva de especies endémicas requiere paciencia brutal. Veinte años desde el inicio del proyecto hasta el aumento del 43.7% en población. «Llegar a eso es lo que nos costó mucho», admite Guido. «Tú verás desde donde con 20 años, imagínate, no es poco, pero creo que no hemos claudicado en ningún momento y hemos seguido junto con ellas».

No se puede vender solo conservación. Hay que ofrecer alternativas económicas reales. Guido es franco sobre cómo funcionó: «Creo que el nivel de pobreza, la necesidad, también les hace pensar un poco en buscar otras alternativas». La sequía, la falta de agua, el deterioro de la agricultura habían vuelto a las comunidades receptivas. Armonía entendió ese momento.

Pero la conservación no llegó sola. Armonía trajo también proyectos de producción de miel para diversificar ingresos y ayudó a las comunidades a experimentar con cultivos alternativos que redujeran la dependencia del maíz. Todo esto construyó confianza antes de que llegara el primer turista.

El albergue refleja las decisiones de las comunidades. Construido con su participación, hospeda hasta 14 personas en siete habitaciones con cuatro baños de agua caliente. Los comederos en el patio permiten observar parabas mientras los visitantes desayunan. Simple y funcional. Los observadores de aves especializados valoran esa autenticidad.

La reserva se estableció aprovechando el régimen de propiedad comunitaria reconocido por la Ley INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria) de 1996, que permite a comunidades campesinas obtener títulos colectivos sobre sus territorios. Bolivia ha titulado 24.8 millones de hectáreas bajo diversas modalidades de propiedad colectiva, aproximadamente el 24% del territorio nacional. Las comunidades de San Carlos, Amaya y Perereta destinaron 50 hectáreas de su territorio comunal titulado para crear la reserva en 2006, asegurando control colectivo sobre decisiones de uso del suelo.

La titulación comunitaria otorga mayor seguridad al quedar la propia organización y autoridad comunitaria encargada de tutelar los derechos. Este marco legal permitió que el Comité de Administración Local mantuviera autonomía sobre el desarrollo del proyecto: desde el diseño del albergue hasta la estructura de distribución de ingresos. Las decisiones estratégicas las toman en asamblea las propias comunidades, con Armonía proporcionando apoyo técnico dentro de ese esquema de gobernanza local.

La sostenibilidad del proyecto no dependió de liderazgos individuales. Dependió de crear instituciones comunitarias funcionales. El Comité de Administración Local se estructuró con representantes electos de las tres comunidades: San Carlos, Amaya y Perereta. Las decisiones importantes se toman en asambleas donde participan las bases. Simón Pedrazas fue miembro del comité durante años, rotando por diferentes carteras: «Más antes estaba dentro del comité, porque allá tenemos un comité organizado, y ahí dentro del comité he estado trabajando muchos años, de diferentes carteras». Pero era uno entre varios representantes.

También hubo que educar sobre sostenibilidad financiera. «A un inicio las comunidades siempre decían que todo lo que se generaba era para beneficio de ellos y no distribuían una parte para la sostenibilidad. Eso nos costó un poco hacer entender». Costó años convencerlos de que parte de los ingresos debían reinvertirse en mantenimiento. Pero ese aprendizaje aseguró que el modelo pudiera sostenerse solo.

El modelo ahora se replica. Hace dos semanas comunidades de Torotoro visitaron la reserva. «Cómo funciona esto, dicen, para que esto funcione. Yo quiero hacer lo mismo allá», cuenta Guido. Los elementos transferibles: metodologías de capacitación comunitaria, protocolos de monitoreo participativo, marcos de colaboración que equilibren rigor científico con autonomía local, estructura de propiedad comunitaria, distribución transparente de ingresos turísticos.

Veinte años después, esa legitimidad local se traduce en réplica regional. En Tarija, tras la muerte de 34 cóndores andinos envenenados en febrero 2021, la comunidad de Laderas Norte decidió crear la Reserva Natural del Quebracho y Cóndor. La ley municipal se emitió en agosto 2023 con el objetivo de preservar las zonas de anidación del cóndor y promover turismo comunitario como fuente de desarrollo local. La tragedia se convirtió en catalizador de conservación usando el modelo de Omereque como referencia.

Armonía ha trabajado en estrategias de desarrollo del aviturismo en el Corredor Madidi-Pilón Lajas-Cotapata, promoviendo la capacitación en guiaje aviturístico y el fortalecimiento de economías locales basadas en la conservación.

La institucionalización avanzó gradualmente. Entre 2019-2022 se desarrolló un Plan de Acción para la Conservación de la Paraba Frente Roja con participación del Ministerio de Medio Ambiente y Agua, gobernaciones departamentales, gobiernos municipales de 12 jurisdicciones donde habita la especie, Asociación Armonía, Fundación Natura Bolivia, y representantes de 15 comunidades campesinas. El plan establece estrategias de conservación hasta 2030, aunque el financiamiento sigue siendo insuficiente.

LOS LÍMITES DE LO COMUNITARIO

Una pareja de Parabas frente roja en pleno vuelo. Fabricio Lobaton, 2025.

El modelo tiene grietas. Algunas estructurales. Otras coyunturales. Todas importantes.

Primera limitación: dependencia crítica de líderes específicos. Simón fue el primero. Marlene lleva casi 20 años. Son figuras irremplazables. «Aún todavía no hay esa participación de los jóvenes», admite Simón. «Pese a que esto ha funcionado muchos años, pero aún todavía no se ve de los jóvenes que se animen a trabajar como guardaparques o como guías».

La migración continúa. «Con el factor del tiempo que estamos ahorita, hoy, mucha gente sigue yéndose a las ciudades, a diferentes ciudades a buscar la vida», lamenta Simón. El sueño es revertir esto: «Eso es lo que queremos, que sea bien sostenible y que trabaje la gente de ahí del lugar, en cualquier cosa, sea como guardaparques, sea como guía, o también pues las señoras, igual hay jóvenes, igual pueden trabajar en cocina, en limpieza. Y la gente que no migre, pues, a otros lados».

Pero la realidad es que los ingresos del turismo, aunque significativos para estándares locales, no compiten con salarios urbanos. Un guardaparque gana entre 1,500 y 2,000 bolivianos mensuales. Menos de 300 dólares. Un albañil en Cochabamba puede ganar el doble.

Segunda limitación: vulnerabilidad a shocks externos que escapan al control comunitario. La pandemia dejó en cero los ingresos durante dos años. Los bloqueos políticos de 2024 redujeron significativamente las visitas. «Hay muchos problemas con la situación del país, de la gasolina, bloqueos, y eso tal vez un poquito debilita para que no nos lleguen los turistas», explica Simón.

Guido confirma: «Uno de los mayores problemas que hemos enfrentado ha sido la inestabilidad de nuestro país por las condiciones que no se le da al turista visitante extranjero sobre todo y también los conflictos sociales que hay en nuestro país. Yo sé que todo esto no depende de nosotros, de las comunidades, pero sí de un carácter nacional».

Tercera limitación: el modelo no puede abordar amenazas estructurales al hábitat. El cambio climático golpea los valles secos. Los ríos se secan. La vegetación disminuye. La regeneración natural es más lenta. «Ha habido una sobreexplotación de la vegetación por la cantidad de ganado, tal vez descontrolado y extensivo, que ha hecho que el hábitat cada vez sea más empobrecido. Y a eso le añadimos el tema del cambio climático, que golpea más a esta zona», dice Guido.

La reserva comunitaria protege un área pequeña. Pero las parabas necesitan territorios más amplios. «El hábitat ahora sigue siendo muy crítico para esta especie y hay que trabajar mucho en proteger ciertas zonas donde son claves para esta especie pero por qué no decir también de pensar en restaurar ciertas zonas. Porque va a costar mucho pero hay que hacerlo porque si no hacemos eso y seguimos al ritmo que se está destruyendo hábitat va a ser muy complicado de aquí a unos cinco o diez años. Va a ser muy complicado que puedan sobrevivir la paraba frente roja como también otras especies que hay en la zona de los valles».

Cuarta limitación: el conflicto entre agricultura y conservación no está resuelto. Está gestionado. «Al no tener alimento, muchas especies de aves, incluido la paraba, afectan a cultivos de los productores, al maíz, a frutales», dice Guido. «Y también tenemos que estar del lado del agricultor y también por otro lado de la fauna silvestre. No podemos mirar solo a un lado, tenemos que mirar a ambos lados. Ahí se desencadena otro problema que es el conflicto de la biodiversidad con agricultores de la zona».

La solución actual —producir maíz y maní específicamente para las parabas— es un parche. Funciona. Pero requiere trabajo constante y no elimina el problema de fondo: hábitat empobrecido que obliga a las aves a buscar comida en cultivos.

Quinta limitación: el modelo es intensivo en capital social. Requiere comunidades con cierto nivel de cohesión, capacidad organizativa y voluntad de colaboración entre múltiples familias. «Nosotros nos componemos como subcentral tres comunidades, en lo cual son San Carlos, Amaya y Perereta», explica Armin. Lograr consenso entre tres comunidades para cada decisión importante es complejo. No todas las comunidades tienen esta capacidad.

Sexta limitación: la escala sigue siendo pequeña. La reserva protege una fracción mínima del rango de distribución total de la especie. Las 1,160 parabas registradas en 2021 están dispersas en cuatro departamentos. La Reserva Natural Comunitaria Frente Roja solo protege uno de varios sitios críticos de anidamiento.

«Nosotros tenemos tres puntos claves para trabajar en la conservación de la Paraba Frente Roja», explica Guido. El río Caine en Torotoro, donde anidan en acantilados de arenisca. El río Mizque aquí en Omereque, con peñas de hasta 80 metros de altura. Y el Palmar en Chuquisaca, donde las parabas protagonizan una interdependencia extraordinaria: anidan en la Parajubaea torallyi, una palmera endémica que crece hasta los 3,500 metros de altitud, más alto que cualquier otra palmera en el mundo. Una especie única anidando en otra especie única. Si una desaparece, la otra pierde un aliado crítico.

Séptima limitación: falta evidencia rigurosa sobre impacto directo de la reserva en el aumento poblacional del 43.7%. El censo de 2021 midió población total en todo el rango de distribución. No solo en la zona de la reserva comunitaria. Es imposible aislar cuánto del aumento se debe específicamente al modelo comunitario de Omereque versus otros factores como disminución del tráfico ilegal a nivel nacional, esfuerzos de conservación en otras zonas, o variaciones naturales en tasas de reproducción.

Sin embargo, el compromiso sostenido de las comunidades locales en la protección de la especie representa un factor positivo innegable en la tendencia poblacional, especialmente considerando que estas tres comunidades albergan el 41.6% de la población total de la especie en la cuenca del Mizque.

Guido es honesto sobre esto: «Ese número sigue siendo bastante pequeño para una población, para una especie que es única en el mundo». El trabajo de conservación está lejos de terminar.

LO QUE QUEDA POR HACER

Bandada de parabas rojas posadas en un árbol seco. Fabricio Lobaton, 2025.

Son las tres de la tarde en el valle. Un sendero entre acantilados de arenisca que los guardaparques han recorrido miles de veces durante dos décadas. El río Mizque corre con fuerza este 2025. Las lluvias abundantes de la temporada lo mantienen vivo, arrastrando piedras, erosionando orillas. Una roca gigante en medio del cauce marca el nivel del agua. Los comunarios señalan marcas más altas en su superficie: «Antes llegaba hasta ahí todos los años. Después se secaba meses enteros. Ahora ya no sabemos qué esperar».

Arriba, en las grietas de los acantilados, parejas de parabas entran y salen de sus nidos. Las mismas peñas donde hace 30 años los comunarios subían con hondas para espantarlas. «Antes las matábamos con flecha», recuerda uno de los más antiguos. «Ahora las cuidamos».

La historia de la Paraba Frente Roja no es historia de éxito completo. Es progreso frágil en contexto brutal. De 807 a 1,160 individuos en nueve años. Del primer guardaparque solitario a un modelo que otras comunidades visitan para replicar. De comunidades que mataban a comunidades que protegen.

«Voy a seguir apoyándoles de cualquier forma», dice Simón antes de regresar a San Carlos. No es promesa vacía. Es declaración de alguien que pasó 22 años aprendiendo que su destino está entrelazado con el de un loro grande y rojo que una vez consideró plaga.

En la cocina del albergue, Marlene prepara la cena. Casi 20 años haciendo esto. «A veces queremos que crezca más, que entre a trabajar más gente», dice mientras revuelve una olla. «Antes muy poco entraba. Ahora en los últimos años bastante gente está entrando».

Afuera, una bandada de parabas cruza el valle. Las comunidades las protegen. El modelo funciona. Pero depende de personas específicas que envejecen sin reemplazo claro. Y de turistas que sigan viniendo. Y de que los ríos no se sequen del todo. Y de amenazas que nadie aquí puede controlar.

Este reportaje se realizó con el apoyo de Earth Journalism Network, a través del Fondo para el Periodismo de Soluciones en Latinoamérica, una iniciativa de El Colectivo 506. El reportaje se publicó en colaboración entre Casa de nadie y El Colectivo 506 en noviembre del 2025.

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