Un proyecto comunitario en los valles secos de Cochabamba logró aumentar la población de la especie endémica de 807 a 1,160 individuos en nueve años, pero enfrenta amenazas estructurales que escapan al control local.
Fabricio Lobaton
Distribución de Paraba Frente Roja por Cuencas
Censo Nacional 2021
Persecución y deterioro. ¿Por qué nadie quería ser guardaparque?
La Paraba Frente Roja enfrenta dos amenazas históricas: persecución directa por humanos y destrucción de su hábitat. Durante décadas, las comunidades de los valles secos bolivianos libraron una guerra contra esta ave. No por odio. Por supervivencia.
«Antes de que haya esto, yo me acuerdo, nosotros éramos niños, sabíamos capturar, sabíamos matar con flechas», dice Marlene Rivas, cocinera del albergue turístico de la Reserva Natural Comunitaria Paraba Frente Roja. Marlene tiene casi 50 años. Nació y creció en San Carlos.
Las parabas se alimentaban de los cultivos. Principalmente maíz y maní. Podían comerse hasta el 30% de una cosecha. «Como sembramos en las parcelas y queremos sacar provecho al máximo pero lamentablemente era comida también de ellos, nos perjudicaban, la tercera parte o casi el 50% ellos se lo comían», explica Armin Vargas, guardaparque actual de la reserva. «Por eso nosotros les queríamos hacerles escapar, con petardos o con onda, para que ya no vengan a molestar».
Guido Saldaña creció en estos valles. Biólogo. Coordinador del Programa Paraba Frente Roja de la Asociación Armonía. «Mi primer trabajo desde niño era ir a cuidar la chacra del maíz para que no se comieran los loros». Entre esos loros estaba la paraba. «Era uno de los loros más grandes y era el más colorido. Y a mí me encantaba verlo porque era uno de los loros que sí se podía bajar hasta el suelo y caminaba por el suelo».
El biólogo llegó al proyecto hace más de 20 años, apenas un tesista recién graduado buscando tema para su investigación. «Me quedé con ellos a apoyarlos y a seguir hasta ahora», recuerda. Lo que iba a ser una tesis de grado se convirtió en vocación de vida. Dos décadas después, coordina el programa que una vez estudió como objeto de investigación académica.
Pero la persecución local no era la única amenaza. Entre 1987 y principios de los 90, el tráfico ilegal casi extingue la especie. Los acopiadores venían de las ciudades. Ofrecían 50 bolivianos por loro vivo. Tres días de jornal en una época donde el salario mínimo nacional era de 68 bolivianos mensuales.
«Los veíamos como en las jaulas donde trasladan pollos al mercado», recuerda Guido. «Había gente que los perseguía para poder llevarlos hacia los mercados de diferentes partes, incluso de gente que salía fuera de Bolivia. Para ellos era un loro y una plaga, incluso para muchos agricultores. A veces los acopiadores llegaban y pagaban jornales a los comunarios para que ayudaran a capturar loros. Y claro, los comunarios no sabían del valor de esta especie e incluso ayudaban. Decían, así nos liberamos de que estas parabas puedan afectar nuestros cultivos».
Los loros capturados salían hacia mercados ilegales dentro y fuera de Bolivia. Los traficaban a través de las fronteras con Brasil y Perú hacia Europa y Estados Unidos. La especie endémica se convertía en mascota exótica para salones de clase media urbana.
El hábitat también se deterioraba. «Definitivamente el hábitat en aquellos años era mucho mejor, era mucho más verde, había más lluvia, la vegetación era mucho más próspera, había una regeneración natural mucho más efectiva», recuerda Guido. Los valles secos se han empobrecido: los ríos se secan, la vegetación ha disminuido significativamente, y el sobrepastoreo —especialmente de cabras— ha acelerado la degradación del hábitat junto con la expansión agrícola y la extracción de leña.

Los ríos Mizque y Comarapa fluían todo el año en la infancia de Guido, años 80. «Hoy en día eso ya no pasa. Ya hace varios años atrás que eso no ocurre. Entonces, eso significa que ha disminuido la cantidad de lluvia, ha habido una sobreexplotación de la vegetación por la cantidad de ganado, tal vez descontrolado y extensivo, que ha hecho que el hábitat cada vez sea más empobrecido. Y a eso le añadimos el tema del cambio climático, que golpea más a esta zona».
Para 2012, apenas 807 ejemplares sobrevivían según censo realizado por investigadores españoles y bolivianos con el apoyo del Departamento de Biología de la Conservación de la Estación Biológica Doñana, España. Menos de 100 parejas reproductivas activas. La especie estaba clasificada en Peligro Crítico por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. En 2021, Asociación Armonía lideró el censo nacional de la Paraba Frente Roja en toda la distribución natural de la especie.
Pero la Paraba Frente Roja no está sola en estos acantilados. Los inventarios formales que comenzaron en 2006 documentaron 218 especies de aves en la reserva. Entre ellas, dos endémicas adicionales que casi nadie conocía: la cotorra de los acantilados (Myiopsitta luchsi) y el tordo boliviano (Oreopsar bolivianus). Tres especies únicas del mundo compartiendo apenas 50 hectáreas de valles secos.
Loro grande verde con frente roja. Solo existe en valles secos de Bolivia. El 41.6% de la población mundial habita esta reserva.
Loro pequeño verde-gris. Sin censos oficiales, pero según el biólogo de la reserva podría estar en situación de preocupación. Construye nidos comunitarios en acantilados.
Ave oscura, único del género Oreopsar. Sin censos oficiales, pero según el biólogo de la reserva podría estar en situación de preocupación. Bandadas hasta 50 individuos.
Estas tres especies solo existen en Bolivia, representando un patrimonio biológico único e irremplazable. La pérdida de esta reserva significaría la desaparición de hábitat crítico para especies que no se encuentran en ningún otro lugar del planeta.
Bolivia alberga el segundo nivel más alto de endemismo de aves en Sudamérica después de Perú. Pero carece de recursos estatales suficientes para programas de conservación masivos. La Paraba Frente Roja, con un rango de distribución de apenas 5,000 kilómetros cuadrados en los valles secos de Cochabamba, Chuquisaca, Potosí y Santa Cruz, dependía críticamente de iniciativas locales para sobrevivir.
Cada ejemplar superviviente se volvió crucial. La pérdida de una especie endémica es irreversible globalmente, no solo localmente. Millones de años de evolución única pueden desaparecer en décadas.
Cuando Armonia llegó
Cuándo Asociación Armonía llegó a San Carlos en 2004, traía una propuesta que sonaba absurda: convertir a los cazadores en guardianes. Crear una reserva comunitaria. Desarrollar aviturismo. Hacer que los extranjeros pagaran por ver el loro que las comunidades consideraban plaga.
«Era difícil de creer», dice Marlene. «Decíamos: aquí la gente más se ocupa del trabajo de agricultura. ¿Quién puede desear trabajar ahí? Hay gente capacitada que no se encuentra aquí. ¿Quién puede desear trabajar ahí? Todos estamos trabajando aquí en los potreros, ocupándonos de la agricultura. Lo veíamos como algo imposible».
Armonía se fundó en 1996 como entidad boliviana sin fines de lucro, afiliada a BirdLife International. Para principios de los 2000 había entendido algo crucial: en Bolivia, con recursos estatales limitados para conservación, el éxito dependía del compromiso activo de las comunidades rurales que compartían territorio con especies amenazadas.
En 2006 y 2007, cuando se estableció formalmente la reserva, la idea de observar aves era vista como perder el tiempo. «La gente decía observar aves: estás perdiendo el tiempo. ¿Qué estás haciendo? O sea, no tienes nada que hacer. O sea, estás ocioso. Eso nos decían incluso los comunarios a nosotros cuando empezábamos con esta idea».
Pero Armonía no llegó solo con la idea del aviturismo. Llegó con estrategia múltiple. «Lo que hacíamos era acompañar con otros proyectos relacionados al tema agrícola, porque la agricultura es la base fundamental de estas comunidades. Pero también son compatibles con el medio ambiente», explica Guido. Proyectos de mejoramiento de calidad de vida. Sistemas de agua potable. Talleres de producción orgánica de maní y maíz que reducían el uso de agroquímicos costosos.
El modelo de conservación propuesto era revolucionario en su simplicidad: las comunidades serían dueñas absolutas. Del territorio. Del albergue turístico. De todas las decisiones. Armonía solo proporcionaría apoyo técnico inicial.
«La Reserva Frente Roja en realidad es un territorio netamente de las comunidades y que ellos han sido quienes han dispuesto parte de su territorio para poder destinar como una Reserva Natural Comunitaria», explica Guido. «Ellos son dueños del territorio, el albergue turístico también es parte de ellos, entonces todo el proyecto en sí es de las comunidades. Nosotros como Proyecto y Armonía somos un soporte técnico de apoyo».
Este modelo de propiedad comunitaria fue deliberado. «A un inicio, nosotros iniciamos siempre bajo este concepto, diciendo que ellos viven y tienen una de las mejores zonas de anidamiento y población de paraba frente roja del mundo. Entonces, ellos empezaron desde ahí a darle un poco más de importancia a este sitio».
Meses de reuniones. Armonía mostraba fotos de Costa Rica y Ecuador: turistas europeos, miles de dólares por ver aves. Las comunidades hicieron cuentas. En 2006 formalizaron la Reserva Natural Comunitaria y construyeron un albergue.
Pero faltaba algo crucial: alguien que aceptara ser guardaparque. «Al principio nadie quería ser guardaparque», recuerda Simón. «Era tan importante que haya un guardaparque, pero nadie se animaba». Hasta que Simón levantó la mano. Su chacra estaba mal ese año por la sequía.
Simón se convirtió en el primer guardaparque comunitario. Su trabajo: caminar los cañones buscando nidos, contar parabas, espantar cazadores furtivos, aprender a llenar formularios de monitoreo.
Marlene llegó diferente. No como guardaparque. Como cocinera. «Me pidieron si podía preparar un almuerzo para unos visitantes. Les hice pique macho. Les gustó. Me dijeron si podía volver mañana». Marlene tenía niños pequeños. No se veía capaz. Pero aceptó probar.
Vino primero como voluntaria. Un año completo. «Yo tenía miedo, pero después cuando venía, veía cómo hacían y me interesaba. Luego, así nomás, entré también a trabajar. Me ha gustado y dije, ay, no, aquí yo me puedo quedar a trabajar en vez de estar trabajando en el campo, en el sol. Aquí me puedo entrar a trabajar».
Lo más difícil fue aprender a cocinar para extranjeros. Especialmente vegetarianos. «Eso grave nos ha costado. A veces piden comidas variadas, vegetarianas, que son alérgicos a muchas cositas que no saben comer. Aquí la gente está acostumbrada a trabajar en el campo. Y en el campo se trabaja con la comida que nos dan. No estar preparando una cosa, otra cosa. La gente extranjera se atiende muy delicadamente. Eso es lo que parece que le ven muy difícil».
Marlene no pidió capacitación formal. «Solo pedía hojitas así de los menús para que yo pueda hacer, para que pueda aprender. Me ha costado aprender, pero he aprendido poco a poco y me ha gustado».
El primer grupo de turistas llegó en 2008. Ese año completo recibieron apenas 10 visitantes. Los números crecieron lentamente: para 2023, la reserva recibió 137 personas. El turismo generaba ingresos que las comunidades nunca habían imaginado de un ave que antes consideraban plaga.
El modelo económico se estructuró con transparencia. Los ingresos del turismo se dividen en asamblea comunitaria trimestral. Un Comité de Administración Local con representantes de las tres comunidades toma decisiones. Parte de los fondos para mantenimiento de la reserva y el albergue. Parte para salarios de guardaparques. Parte para proyectos comunitarios votados en asamblea: sistemas de agua, mejoras escolares, apoyo a familias en situación de pobreza.

«A un inicio las comunidades siempre decían que todo lo que se generaba era para beneficio de ellos y no distribuían una parte para la sostenibilidad», recuerda Guido. «Eso nos costó un poco hacer entender a las comunidades. Ha sido un trabajo muy fuerte entre el proyecto con el comité de administración, de hacerle entender que esos recursos también tienen que ser parte para poder seguir mejorando la reserva y el albergue turístico para tener mejores condiciones para poder atender a los visitantes».
Pero eso cambio. «Hoy en día tenemos una predisposición muy buena de parte de las comunidades del comité para seguir mejorando con los propios fondos que se genera con la actividad turística».
El trabajo de conservación incluye monitoreo poblacional con metodologías científicas estandarizadas. Protección de sitios críticos de anidación y alimentación. Vigilancia contra amenazas como captura ilegal o perturbación de hábitat. Los guardianes realizan censos regulares. Protegen dormideros comunales donde las parabas se congregan. Desarrollan programas de educación ambiental en escuelas locales.
Una estrategia clave fue producir maíz y maní específicamente para alimentar a las parabas durante la época seca. «Ahora aquí se han dado buenas ideas también de producir maní y eso damos de comer. Nosotros producimos maní igual», explica Marlene. «Les damos el producto de maní, en lo cual los mismos comunarios lo producimos», complementa Armin. Un área comunitaria donde nadie espanta a las aves. Donde se les deja comer libremente. Donde ambos vivimos tranquilos.
Este reportaje se realizó con el apoyo de Earth Journalism Network, a través del Fondo para el Periodismo de Soluciones en Latinoamérica, una iniciativa de El Colectivo 506. El reportaje se publicó en colaboración entre Casa de nadie y El Colectivo 506 en noviembre del 2025.










