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Me animé porque nadie quería ser guardaparque (I)

Nov 7, 2025

Tres comunidades de los valles secos de Cochabamba dejaron de espantar al loro que se comía su maíz y empezaron a cobrar por mostrarlo. Entre 2012 y 2021 la población de la paraba frente roja pasó de 807 a 1.160 individuos: la primera cifra en ascenso en décadas para una especie en peligro crítico de extinción.

Fabricio Lobaton

Simón Pedrazas levantó la mano en una reunión y aceptó el trabajo que nadie en San Carlos quería: cuidar al loro que se comía el maíz. Lo había cazado con honda y con flecha desde chico, como todos. Ahora tendría que contarlo, buscar sus nidos en los paredones y sacar a los que llegaban a atraparlo. «Me animé porque nadie quería y era tan importante que haya un guardaparque», dice dos décadas después. «Y mi chacra estaba mal ese año por la sequía».

San Carlos está en el municipio de Omereque, en el sureste de Cochabamba. Desde la ciudad son más de 250 kilómetros: asfalto por la ruta a Santa Cruz y después un camino de tierra que serpentea entre formaciones de roca. Suelo rojizo, cactus columnares, cabras sueltas. Al mediodía el termómetro llega a 35 °C y de noche cae la helada. Las casas de adobe se agarran de la ladera. El agua potable sigue siendo un lujo.

Aquí, y en las comunidades vecinas de Amaya y Perereta, vive la paraba frente roja. Mide entre 55 y 60 centímetros, tiene el plumaje verde con la frente, la corona, los hombros y los muslos rojos, anida en acantilados y come semillas y frutos. No existe en ningún otro lugar del mundo.

Entre el censo de 2012 y el de 2021 su población pasó de 807 a 1.160 individuos, un aumento del 43,7 %. Es el primer dato en ascenso en décadas para una especie que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza mantiene en peligro crítico de extinción. Lo sostienen tres comunidades campesinas con un albergue, un comité de administración y guardaparques pagados con lo que dejan los turistas.

Censo Nacional 2021

Distribución de Paraba Frente Roja por cuencas

individuos registrados en cuatro cuencas
Fuente: Asociación Armonía & Fundación Natura Bolivia — Censo Nacional 2021. El área de cada círculo es proporcional al número de individuos.
Distribución de Paraba Frente Roja por cuenca, Censo Nacional 2021
CuencaIndividuosProporción

Persecución y deterioro. ¿Por qué nadie quería ser guardaparque?

Durante décadas, las comunidades de los valles secos le hicieron la guerra a esta ave por una razón práctica: bajaba a la chacra en la cosecha.

«Antes de que haya esto, yo me acuerdo, nosotros éramos niños, sabíamos capturar, sabíamos matar con flechas», dice Marlene Rivas, que nació y creció en San Carlos, tiene casi 50 años y hoy cocina en el albergue de la Reserva Natural Comunitaria Paraba Frente Roja.

Las bandadas comían maíz y maní. «Como sembramos en las parcelas y queremos sacar provecho al máximo pero lamentablemente era comida también de ellos, nos perjudicaban, la tercera parte o casi el 50 % ellos se lo comían», dice Armin Vargas, guardaparque actual de la reserva. «Por eso nosotros les queríamos hacerles escapar, con petardos o con onda, para que ya no vengan a molestar».

Guido Saldaña creció en estos mismos valles y hoy coordina el Programa Paraba Frente Roja de la Asociación Armonía. «Mi primer trabajo desde niño era ir a cuidar la chacra del maíz para que no se comieran los loros», cuenta. Entre esos loros estaba la paraba: «Era uno de los loros más grandes y era el más colorido. Y a mí me encantaba verlo porque era uno de los loros que sí se podía bajar hasta el suelo y caminaba por el suelo». Llegó al proyecto hace más de veinte años, recién graduado y buscando tema de tesis. Se quedó.

A la persecución en las chacras se le sumó, entre 1987 y comienzos de los noventa, el tráfico. Los acopiadores llegaban de las ciudades y pagaban 50 bolivianos por loro vivo, en años en que el salario mínimo nacional era de 68 bolivianos al mes.

«Los veíamos como en las jaulas donde trasladan pollos al mercado», dice Guido. «Había gente que los perseguía para poder llevarlos hacia los mercados de diferentes partes, incluso de gente que salía fuera de Bolivia. Para ellos era un loro y una plaga, incluso para muchos agricultores. A veces los acopiadores llegaban y pagaban jornales a los comunarios para que ayudaran a capturar loros. Y claro, los comunarios no sabían del valor de esta especie e incluso ayudaban. Decían, así nos liberamos de que estas parabas puedan afectar nuestros cultivos».

«Los veíamos como en las jaulas donde trasladan pollos al mercado», dice Guido. «Había gente que los perseguía para poder llevarlos hacia los mercados de diferentes partes, incluso de gente que salía fuera de Bolivia. Para ellos era un loro y una plaga, incluso para muchos agricultores. A veces los acopiadores llegaban y pagaban jornales a los comunarios para que ayudaran a capturar loros. Y claro, los comunarios no sabían del valor de esta especie e incluso ayudaban. Decían, así nos liberamos de que estas parabas puedan afectar nuestros cultivos».

Los animales salían por las fronteras con Brasil y Perú rumbo a Europa y Estados Unidos.

Mientras tanto el valle se quedaba sin agua. Los ríos Mizque y Comarapa corrían todo el año cuando Guido era chico, en los ochenta. «Hoy en día eso ya no pasa. Ya hace varios años atrás que eso no ocurre. Entonces, eso significa que ha disminuido la cantidad de lluvia, ha habido una sobreexplotación de la vegetación por la cantidad de ganado, tal vez descontrolado y extensivo, que ha hecho que el hábitat cada vez sea más empobrecido. Y a eso le añadimos el tema del cambio climático, que golpea más a esta zona». El sobrepastoreo de cabras, el avance de la frontera agrícola y la extracción de leña completan el cuadro.

Monitoreo de Armin (guardaparques) en la reserva. Vista de la comunidad de San Carlos desde arriba. Fabricio Lobaton, 2025.

En 2012, un censo de investigadores bolivianos y españoles con apoyo del Departamento de Biología de la Conservación de la Estación Biológica de Doñana contó 807 individuos y menos de cien parejas reproductivas activas en toda el área de distribución de la especie: unos 5.000 kilómetros cuadrados de valles secos repartidos entre Cochabamba, Chuquisaca, Potosí y Santa Cruz. En 2021, Armonía lideró un nuevo censo nacional sobre esa misma superficie: 1.160.

El aumento no se repartió parejo. Casi la mitad de las parabas del mundo vive en la cuenca del Mizque, que además concentra el 53 % de la población reproductiva de la especie. Y hay algo que la cifra total tapa: de las ocho áreas de nidificación registradas en el censo anterior, dos aparecieron vacías en 2021. El equipo que hizo el conteo, con Saldaña entre los autores, concluyó que la paraba ya no cumple los criterios para estar en peligro crítico y propuso bajarla a en peligro. La UICN todavía no lo hizo.

En estos acantilados hay otras dos aves que tampoco existen fuera de Bolivia. Los inventarios que empezaron en 2006 registraron 218 especies en la reserva; entre ellas la cotorra de los acantilados (Myiopsitta luchsi), que arma nidos comunitarios de palos en las paredes de roca, y el tordo boliviano (Oreopsar bolivianus), único representante de su género, que se mueve en bandadas de hasta cincuenta. Las tres anidan en los mismos paredones: el tordo es, de hecho, el único ictérido del mundo que anida obligatoriamente en acantilados.

Reserva Paraba Frente Roja · Omereque

Tres especies únicas del mundo

41,6 %

de la población mundial de la Paraba Frente Roja vive en esta reserva.

Estas tres especies solo existen en Bolivia, representando un patrimonio biológico único e irremplazable. La pérdida de esta reserva significaría la desaparición de hábitat crítico para especies que no se encuentran en ningún otro lugar del planeta.

50 hectáreascreada en 2006 218 especies3 endémicas

El punto relleno señala la especie con censo poblacional; los puntos de contorno, las especies sin censo oficial, cuyo estado de conservación proviene de la apreciación del biólogo de la reserva.

De las tres, solo la paraba fue contada. De la cotorra de los acantilados no existe censo alguno; del tordo boliviano hay una estimación de unos diez mil individuos que ningún conteo respalda. Las dos figuran como especies de preocupación menor en la lista de la UICN, una categoría que aquí significa sobre todo que nadie fue a contarlas.

Ninguna institución estatal hace seguimiento de la paraba frente roja en el terreno. El monitoreo quedó en manos de Armonía y de la gente de San Carlos, Amaya y Perereta.

Cuando Armonia llegó

Sonido de la paraba frente roja.

Armonía llegó a San Carlos en 2004 con una propuesta que no sonaba seria: que extranjeros pagaran por ver al loro que ellos espantaban a petardazos.

«Era difícil de creer», dice Marlene. «Decíamos: aquí la gente más se ocupa del trabajo de agricultura. ¿Quién puede desear trabajar ahí? Hay gente capacitada que no se encuentra aquí. ¿Quién puede desear trabajar ahí? Todos estamos trabajando aquí en los potreros, ocupándonos de la agricultura. Lo veíamos como algo imposible».

La organización se había fundado en 1996 como entidad boliviana sin fines de lucro afiliada a BirdLife International, y para entonces trabajaba con una convicción: sin presupuesto estatal, la conservación en Bolivia dependía de que las comunidades que comparten territorio con una especie amenazada tuvieran algo que ganar con ella.

Extracto de entrevista a Guido Saldaña, 2025.

En 2006 y 2007, cuando se formalizó la reserva, mirar aves seguía siendo una rareza. «La gente decía observar aves: estás perdiendo el tiempo. ¿Qué estás haciendo? O sea, no tienes nada que hacer. O sea, estás ocioso. Eso nos decían incluso los comunarios a nosotros cuando empezábamos con esta idea».

Armonía no llegó solo con el aviturismo. «Lo que hacíamos era acompañar con otros proyectos relacionados al tema agrícola, porque la agricultura es la base fundamental de estas comunidades. Pero también son compatibles con el medio ambiente», explica Guido. Sistemas de agua potable, talleres de producción orgánica de maní y maíz que bajaban el gasto en agroquímicos.

La condición de todo el acuerdo fue la propiedad. «La Reserva Frente Roja en realidad es un territorio netamente de las comunidades y que ellos han sido quienes han dispuesto parte de su territorio para poder destinar como una Reserva Natural Comunitaria», explica Guido. «Ellos son dueños del territorio, el albergue turístico también es parte de ellos, entonces todo el proyecto en sí es de las comunidades. Nosotros como proyecto y Armonía somos un soporte técnico de apoyo».

Hubo meses de reuniones. Armonía mostraba fotografías de Costa Rica y Ecuador: turistas con binoculares, cifras en dólares. Las comunidades sacaron cuentas, destinaron una parte de su territorio y levantaron el albergue.

Faltaba el guardaparque. «Al principio nadie quería ser guardaparque», dice Simón. «Era tan importante que haya un guardaparque, pero nadie se animaba». El trabajo consistía en caminar los cañones buscando nidos, contar parabas, sacar a los cazadores furtivos y llenar formularios de monitoreo. El sueldo, dice, era de 1.400 bolivianos al mes.

Marlene entró por otra puerta. «Me pidieron si podía preparar un almuerzo para unos visitantes. Les hice pique macho. Les gustó. Me dijeron si podía volver mañana». Tenía hijos chicos y no se veía capaz, así que hizo un año entero de voluntaria antes de aceptar el puesto. «Yo tenía miedo, pero después cuando venía, veía cómo hacían y me interesaba. Luego, así nomás, entré también a trabajar. Me ha gustado y dije, ay, no, aquí yo me puedo quedar a trabajar en vez de estar trabajando en el campo, en el sol».

Lo más difícil no fue el turno largo sino los vegetarianos. «Eso grave nos ha costado. A veces piden comidas variadas, vegetarianas, que son alérgicos a muchas cositas que no saben comer. Aquí la gente está acostumbrada a trabajar en el campo. Y en el campo se trabaja con la comida que nos dan. No estar preparando una cosa, otra cosa. La gente extranjera se atiende muy delicadamente». No pidió cursos. «Solo pedía hojitas así de los menús para que yo pueda hacer, para que pueda aprender. Me ha costado aprender, pero he aprendido poco a poco y me ha gustado».

Las cuentas de la reserva

El primer grupo llegó en 2008. Ese año entraron diez visitantes. En 2023 fueron 106.

Cifras económicas del turismo en la Reserva Natural Comunitaria Frente Roja, 2011-2023. Fuente: Asociación Armonía.

La curva tardó una década en despegar. En 2011 la reserva facturó 2.986 dólares y gastó 2.954: el saldo del año fue de treinta y dos dólares. Entre 2012 y 2019 los ingresos oscilaron entre seis mil y catorce mil dólares anuales y los costos se llevaron casi siempre más de la mitad; en 2016, el mejor año de facturación de esa etapa, quedaron 3.928 dólares para repartir entre tres comunidades.

Después vino la pandemia. En 2020 y 2021 las barras casi desaparecen del gráfico: sin turistas extranjeros, el modelo entero se quedó sin sustento. La recuperación fue abrupta. En 2022 el beneficio neto llegó a 15.315 dólares y en 2023 a 24.346, el mejor dato de la serie: alrededor de 170.000 bolivianos al cambio oficial, generados por 106 turistas.

Ese dinero se reparte en asamblea cada tres meses. Un Comité de Administración Local, con representantes de las tres comunidades, decide cuánto va al mantenimiento del albergue y de la reserva, cuánto a los sueldos de los guardaparques y cuánto a lo que se vote en asamblea: sistemas de agua, arreglos en la escuela, apoyo a familias en situación de pobreza.

Ese último reparto costó años. «A un inicio las comunidades siempre decían que todo lo que se generaba era para beneficio de ellos y no distribuían una parte para la sostenibilidad», recuerda Guido. «Eso nos costó un poco hacer entender a las comunidades. Ha sido un trabajo muy fuerte entre el proyecto con el comité de administración, de hacerle entender que esos recursos también tienen que ser parte para poder seguir mejorando la reserva y el albergue turístico para tener mejores condiciones para poder atender a los visitantes». Hoy, dice, el comité destina fondos propios a las mejoras.

Sembrar para los loros

Lo que más cambió la relación con la paraba no fue el albergue sino una parcela. Las comunidades siembran maíz y maní para las aves y en esa área nadie las espanta durante la época seca. «Ahora aquí se han dado buenas ideas también de producir maní y eso damos de comer. Nosotros producimos maní igual», dice Marlene. «Les damos el producto de maní, en lo cual los mismos comunarios lo producimos», completa Armin.

Alrededor de eso se ordenó el resto del trabajo: censos periódicos con metodología estandarizada, vigilancia de los dormideros comunales y de los paredones de anidación, charlas en las escuelas de las tres comunidades.

Dos décadas después de que Simón levantara la mano, el censo de 2021 fue el primero en muchos años que dio una cifra más alta que el anterior. Pero se hizo en un valle donde los ríos ya no corren todo el año, donde las cabras siguen comiéndose los rebrotes y donde dos de las ocho zonas en que la paraba solía anidar aparecieron vacías. Nada de eso se resuelve con un formulario de monitoreo.

Segunda parte: Me animé porque nadie quería ser guardaparque (II)

Este reportaje se realizó con el apoyo de Earth Journalism Network, a través del Fondo para el Periodismo de Soluciones en Latinoamérica, una iniciativa de El Colectivo 506. El reportaje se publicó en colaboración entre Casa de nadie y El Colectivo 506 en noviembre del 2025.

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