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Me animé porque nadie quería ser guardaparque (II)

Nov 29, 2025

Veinte años después, la paraba frente roja subió de 807 a 1.160 individuos y el modelo de San Carlos, Amaya y Perereta se replica en otras comunidades. Lo sostienen las mismas personas que lo empezaron, turistas que llegan en avión y un valle que se está quedando sin agua.

Fabricio Lobatón

CONTAR LO QUE IMPORTA

En 2021, equipos de la Asociación Armonía y la Fundación Natura Bolivia caminaron tres semanas por acantilados y cañones de Santa Cruz, Cochabamba, Chuquisaca y Potosí, contando las parabas asociadas a peñas rocosas, palmeras, dormideros y zonas de alimentación. El censo nacional registró 1.160.

La distribución quedó así: 482 individuos en la cuenca del Mizque, 398 en la del Grande, 181 en la del Caine y 99 en la del Pilcomayo. Frente a los 807 del censo anterior, un aumento del 43,7 %. Es la primera vez en décadas que los números suben en lugar de caer.

Guido Saldaña, coordinador del Programa Paraba Frente Roja de Armonía, no lo celebra del todo. «Ese número sigue siendo bastante pequeño para una población, para una especie que es única en el mundo», dice. «Y además, considerando que la paraba está muchas veces muy expuesta a la gente, porque a ella le gusta convivir en zonas de valle donde hay bastante agricultura».

El mismo trabajo que dio la buena noticia dejó otra que circuló menos. De las ocho áreas de nidificación registradas en el censo anterior, dos aparecieron desocupadas en 2021. Y el equipo que firmó el estudio, con Saldaña entre los autores, concluyó que la especie ya no cumple los criterios para figurar en peligro crítico y propuso bajarla a en peligro. La UICN todavía no lo ha hecho.

Del censo salió también el retrato reproductivo. La paraba anida en colonias pequeñas entre septiembre y marzo, pone de uno a tres huevos, incuba entre 24 y 28 días y cría durante 70 a 78. Cada nido saca en promedio dos pichones y la supervivencia estimada, según los registros de Armonía, es del 48 %.

Paraba Frente Roja · Ara rubrogenys

Ciclo reproductivo

~2 pichones por nido de una puesta de 1–3 huevos
Cuánto dura cada etapa
48 % supervivencia · madurez reproductiva a los 3–4 años
Factor crítico

No todas las parejas anidan cada año. La reproducción depende del alimento disponible. En años de sequía esperan 2–3 años entre ciclos.

Esos números no se cumplen todos los años. «Muchas veces está en función del alimento disponible para que su cuerpo pueda estar preparado para poder reproducir», explica Guido. En temporadas secas una pareja puede esperar dos o tres años entre una nidada y la siguiente. Y los pichones tardan tres años en madurar: «A veces al cuarto año recién entra una etapa de madurez para poder reproducir».

Entre 2008 y 2019 la reserva recibía entre 25 y 30 grupos por año, de dos a catorce personas cada uno. La pandemia lo dejó todo en cero durante 2020 y 2021. Para comunidades que ya dependían de ese dinero, fue un golpe seco.

2023 fue el mejor año de la serie. Según el desglose de Armonía, la reserva recibió 106 turistas y facturó 33.202 dólares; descontados 8.856 de costos, quedaron 24.346 de beneficio neto, unos 169.450 bolivianos repartidos entre las tres comunidades. En agosto de 2025, con bloqueos que paralizaron el turismo nacional, entraron seis grupos.

Procedencia de los turistas que visitaron la reserva en 2023. Fuente: Asociación Armonía.

De esos 106 visitantes, Estados Unidos y Bolivia aportaron 22,64 % cada uno. El resto llegó de Canadá, Reino Unido, España, Australia, Países Bajos y Bélgica. Dicho de otro modo: más de tres de cada cuatro personas que pagan el sueldo de los guardaparques entran al valle en avión.

«Claro, en tantos años ya la gente misma ha tomado conciencia», dice Simón Pedrazas. «Como los visitantes dejan un dinerito, han visto el dinerito y ahora ya lo ven como es muy importante hacer la conservación de la Paraba Frente Rojo. Y los reciben muy contentos».

El cambio que más se nota no está en la contabilidad. «Antes la gente a veces hasta para negocio capturaban», dice Marlene Rivas. «Ahora ya es prohibido. Ya nosotros mismos más bien grave cuidamos». Guido lo ve desde afuera: «Hoy en día ellos son los principales protectores de la paraba frente roja. Cuando disminuye la población, ellos se preocupan y me dicen: ¿qué hacemos? ¿Qué vamos a mostrar a los turistas?»

Armin Vargas, guardaparque, creció con el proyecto. «Desde el 2006 hemos emprendido esta actividad y como del lugar nosotros ya crecemos con esa voluntad de preservar. Anteriormente no lo veíamos con esa visión. La institución Armonía ha venido, ha abierto los ojos». Armonía sigue sumando frentes: apicultura para vender miel ecológica y la idea de abrir al turismo las zonas arqueológicas de la zona.

CÓMO SE CONSTRUYE DESDE ABAJO

Comunarios y trabajadores de Armonía luego de la recepción de dinero recaudado por turismo. 

Entre la primera reunión y el aumento del 43,7 % pasaron veinte años. «Llegar a eso es lo que nos costó mucho», dice Guido. «Tú verás desde donde con 20 años, imagínate, no es poco, pero creo que no hemos claudicado en ningún momento y hemos seguido junto con ellas».

Es franco sobre por qué las comunidades escucharon: «Creo que el nivel de pobreza, la necesidad, también les hace pensar un poco en buscar otras alternativas». La sequía y el deterioro de la agricultura habían dejado a San Carlos sin muchas salidas cuando Armonía llegó con la propuesta. Y la propuesta no vino sola: antes del primer turista hubo proyectos de miel para diversificar ingresos y ensayos con cultivos que redujeran la dependencia del maíz.

El albergue hospeda hasta catorce personas en siete habitaciones con cuatro baños de agua caliente. Los comederos del patio permiten ver parabas durante el desayuno. Los observadores de aves especializados valoran esa austeridad.

La base legal de todo fue la Ley INRA de 1996, que habilitó a las comunidades campesinas a obtener títulos colectivos sobre su territorio. Bolivia lleva tituladas 24,8 millones de hectáreas bajo modalidades de propiedad colectiva, cerca de una cuarta parte del país. San Carlos, Amaya y Perereta destinaron 50 de esas hectáreas a la reserva en 2006. Como el título es comunal, la autoridad que decide sobre el uso del suelo es la asamblea.

Ese detalle jurídico explica el resto. El Comité de Administración Local, con representantes electos de las tres comunidades, define desde el diseño del albergue hasta el reparto del dinero, y Armonía entra como apoyo técnico dentro de ese esquema. Simón rotó por varias carteras del comité: «Más antes estaba dentro del comité, porque allá tenemos un comité organizado, y ahí dentro del comité he estado trabajando muchos años, de diferentes carteras».

El comité se diseñó para que el proyecto no dependiera de nadie en particular. En la práctica todavía depende: los que sostienen la reserva son casi los mismos que la empezaron.

También hubo que discutir el reparto. «A un inicio las comunidades siempre decían que todo lo que se generaba era para beneficio de ellos y no distribuían una parte para la sostenibilidad. Eso nos costó un poco hacer entender». Convencerlos de reinvertir una parte en mantenimiento llevó años, y es lo que hoy permite que el albergue se arregle con plata propia.

El modelo empezó a circular. Hace poco llegaron comunidades de Torotoro a ver cómo funciona. «Cómo funciona esto, dicen, para que esto funcione. Yo quiero hacer lo mismo allá», cuenta Guido. Lo que se llevan son protocolos de monitoreo participativo, formas de capacitación, la estructura de propiedad comunal y el reparto transparente del dinero.

En Tarija, después de que en febrero de 2021 aparecieran 34 cóndores andinos envenenados, la comunidad de Laderas Norte impulsó la Reserva Natural del Quebracho y Cóndor; la ley municipal salió en agosto de 2023, con Omereque como referencia. Y entre 2019 y 2022 se elaboró un Plan de Acción para la Conservación de la Paraba Frente Roja con el Ministerio de Medio Ambiente y Agua, gobernaciones, doce municipios, Armonía, Natura Bolivia y quince comunidades campesinas. Fija estrategias hasta 2030. El financiamiento sigue siendo insuficiente.

LOS LÍMITES DE LO COMUNITARIO

Una pareja de Parabas frente roja en pleno vuelo. Fabricio Lobaton, 2025.

Los que quedan

Simón fue el primer guardaparque. Marlene lleva casi veinte años en la cocina. Nadie los está reemplazando. «Aún todavía no hay esa participación de los jóvenes», admite Simón. «Pese a que esto ha funcionado muchos años, pero aún todavía no se ve de los jóvenes que se animen a trabajar como guardaparques o como guías».

La razón es aritmética. Un guardaparque gana entre 1.500 y 2.000 bolivianos al mes, menos de 300 dólares. Un albañil en Cochabamba puede ganar el doble. «Mucha gente sigue yéndose a las ciudades, a diferentes ciudades a buscar la vida», dice Simón. Su lista de deseos es concreta: que trabajen los del lugar, de guardaparques, de guías, en la cocina, en la limpieza. «Y la gente que no migre, pues, a otros lados».

Un ingreso que llega de afuera

La pandemia dejó dos años en cero y los bloqueos de 2024 volvieron a bajar las visitas. «Hay muchos problemas con la situación del país, de la gasolina, bloqueos, y eso tal vez un poquito debilita para que no nos lleguen los turistas», dice Simón.

Guido lo dice sin rodeos: «Uno de los mayores problemas que hemos enfrentado ha sido la inestabilidad de nuestro país por las condiciones que no se le da al turista visitante extranjero sobre todo y también los conflictos sociales que hay en nuestro país. Yo sé que todo esto no depende de nosotros, de las comunidades, pero sí de un carácter nacional».

Un valle que se degrada más rápido de lo que la reserva puede proteger

«Ha habido una sobreexplotación de la vegetación por la cantidad de ganado, tal vez descontrolado y extensivo, que ha hecho que el hábitat cada vez sea más empobrecido. Y a eso le añadimos el tema del cambio climático, que golpea más a esta zona», dice Guido. Cincuenta hectáreas no alcanzan para un ave que se mueve por cuatro departamentos.

«El hábitat ahora sigue siendo muy crítico para esta especie y hay que trabajar mucho en proteger ciertas zonas donde son claves para esta especie pero por qué no decir también de pensar en restaurar ciertas zonas. Porque va a costar mucho pero hay que hacerlo porque si no hacemos eso y seguimos al ritmo que se está destruyendo hábitat va a ser muy complicado de aquí a unos cinco o diez años».

Armonía trabaja tres puntos clave: el río Caine, en Torotoro, con acantilados de arenisca; el Mizque, en Omereque, con peñas de hasta 80 metros; y El Palmar, en Chuquisaca, donde las parabas anidan en la Parajubaea torallyi, una palmera endémica que crece más alto que ninguna otra del mundo, por encima de los 3.000 metros. Una especie única que anida en otra especie única: si desaparece una, la otra pierde su sitio.

El conflicto de fondo sigue sin resolverse. «Al no tener alimento, muchas especies de aves, incluido la paraba, afectan a cultivos de los productores, al maíz, a frutales», dice Guido. «Y también tenemos que estar del lado del agricultor y también por otro lado de la fauna silvestre. No podemos mirar solo a un lado». Sembrar maíz y maní para las aves funciona, pero es un parche sobre un monte que dejó de dar de comer.

Lo que no se puede probar

El censo de 2021 midió la población en todo el rango de distribución, no solo alrededor de la reserva. Nadie puede aislar cuánto del aumento se debe al modelo de Omereque y cuánto a la caída del tráfico ilegal, a trabajos de conservación en otras zonas o a variaciones naturales en la reproducción. Lo que sí está documentado es que la cuenca del Mizque, donde está la reserva, concentra el 41,6 % de la población mundial de la especie y el 53 % de su población reproductiva.

Hay además una condición que rara vez se menciona: el modelo exige comunidades capaces de ponerse de acuerdo. «Nosotros nos componemos como subcentral tres comunidades, en lo cual son San Carlos, Amaya y Perereta», explica Armin. Cada decisión importante pasa por tres asambleas. No todas las comunidades pueden hacer eso.

LO QUE QUEDA POR HACER

Bandada de parabas rojas posadas en un árbol seco. Fabricio Lobaton, 2025.

Son las tres de la tarde. El sendero entre acantilados de arenisca lo han recorrido los guardaparques miles de veces en veinte años. Este 2025 el río Mizque baja con fuerza, arrastra piedras, come orilla. Una roca grande en medio del cauce marca el nivel del agua y los comunarios señalan marcas más altas en su superficie: «Antes llegaba hasta ahí todos los años. Después se secaba meses enteros. Ahora ya no sabemos qué esperar».

Arriba, en las grietas, entran y salen parejas de parabas. Son las mismas peñas donde hace treinta años subían con hondas. «Antes las matábamos con flecha», dice uno de los más viejos. «Ahora las cuidamos».

«Voy a seguir apoyándoles de cualquier forma», dice Simón antes de volver a San Carlos.

En la cocina del albergue, Marlene revuelve una olla. «A veces queremos que crezca más, que entre a trabajar más gente», dice. «Antes muy poco entraba. Ahora en los últimos años bastante gente está entrando».

Afuera cruza una bandada. El modelo funciona, y funciona porque estas personas siguen ahí, porque alguien en Ohio o en Ámsterdam compra un pasaje, porque el río todavía baja. Nada de eso se decide en la asamblea.

Primera parte: Me animé porque nadie quería ser guardaparque (I)

Este reportaje se realizó con el apoyo de Earth Journalism Network, a través del Fondo para el Periodismo de Soluciones en Latinoamérica, una iniciativa de El Colectivo 506. El reportaje se publicó en colaboración entre Casa de nadie y El Colectivo 506 en noviembre del 2025.

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