Roberto Oropeza
Es dos mil tres. Hace años que la bossa nova dejó de ser una novedad. Todo el mundo ha oído alguna vez La chica de Ipanema, ya sea la versión original o convertida en Baby bossa nova o Bossa nova para ascensor.
Nada nuevo bajo el sol.
Es dos mil tres y João Gilberto está en Tokio, más precisamente en el Tokyo International Forum Hall. Es el doce de septiembre y está a minutos de subirse al escenario como ya lo ha hecho miles y miles de veces. Atrás quedaron las noches en los bares de Río, cuando cantaba con sus amigos y el público se dejaba llevar flotando por esos acordes entrecortados.
Hay algo extraño en que todo esto ocurra en Tokio.
¿Cómo puede ser que los japoneses logren apreciar a João? ¿En qué punto esos mundos logran encontrar un lenguaje común, un gesto que los haga iguales, y los lleve a ambos por un
instante al pasado, a ese que eleva, duele y está cargado de nostalgia?
—Olá. Tudo bem?
—Konnichiwa
Dos mundos imposibles de tocarse, Godzilla versus el Cristo Redentor, Ultraman versus Pelé.
Algo no encaja y precisamente por eso ocurre el milagro.
Para empezar, hay un sepulcral silencio mientras se suceden las canciones, una especie de veneración. Es tan profundo el vacío que existe entre la guitarra de João y el teatro, que da la impresión de que no hubiera gente. Como si se tratase de un ensayo solemne.
Suenan los primeros arpegios de Ligia. João suspira. Tiene más de setenta años, ha cantado esta canción tantas veces, alguna vez con Tom Jobim, otras solo con guitarra, con alguna mujer al lado mirándolo, solo, completamente solo. Entonces ese suspiro lo halla rendido. Cansado como un apostador a las seis de la mañana que mete la mano al bolsillo y se da cuenta de que las monedas que le quedan son pocas y que podría retirarse ahora con lo que le queda de dignidad, o hacer una última apuesta. Ese suspiro contiene exactamente eso.
Nunca soñé contigo
Nunca fui al cine
No me gusta la samba
No voy a Ipanema
No me gusta la lluvia
Ni el sol
Empieza a cantar, casi susurrando, y los cientos o miles de tokiotas del teatro no logran comprender que João acaba de negarse a sí mismo. Seis veces. No logran entender lo que dice, pero habrá alguno —tiene que haber uno— que esté sentado en la fila diecisiete, que haya perdido más de lo que ganó, que haya extraviado un amor entre los cerezos y que entienda que João está haciendo un ritual o más que eso. João está intentando conjurar todo su pasado en solo tres minutos.
Salir contigo de la mano
En una tarde tranquila
Una cerveza fría
En un bar de Ipanema
Caminando por la playa hasta Leblon
La bossa nova tiene la facultad de hablar de un pasado lejano, casi de ensueño. Luego un agujero negro. Luego el presente. La voz cantante habita el hoy, negando todo lo que sucedió alguna vez, pero nunca tenemos el dato de qué fue lo que hizo que ese sueño se rompiera en pedazos. Habrá sido ella la que se cansó de la indisciplina de João o de pasarse las noches sola mientras su marido cantaba en los bares. Nunca lo sabremos, solo tenemos la imagen de alguien que no tiene intenciones de transar con su pasado y le pone tres cruces una noche en Tokio. Incapaz de escapar de la nostalgia. Saudade de todos los colores. João rasga su guitarra sin muchas fuerzas, casi podemos ver a Ligia y él riendo. Los japoneses lo intuyen, le transpiran las manos, contienen el aliento y sus cuerpos se inclinan hasta el borde de sus asientos.
La canción termina y el aplauso es ensordecedor. Florecen los cerezos.












