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Realistas de una realidad mayor

Oct 15, 2026

Leni Flores

Pienso en aquella frase atribuida a Lutero: “Aunque supiera que mañana el mundo se desintegraría, hoy mismo plantaría mi manzano”. Apareció impresa en boletines opuestos al régimen nazi cerca de 1944. Quiero pensar en lo que implicaría plantar ese manzano ahora, sin saber si tendrá agua para nutrir sus raíces dentro de unas décadas, sin saber si llegará a florecer.

¿Serán manzanas pequeñas o grandes? ¿Cuánto tiempo tardará en dar fruto?

Me hago estas preguntas con unas hipotéticas semillas en la mano, o incluso con un plantín de lo que sería ese árbol. Una persona optimista, según Solnit en su libro Esperanza en la oscuridad, diría “todo saldrá bien”. Una pesimista, igual de ingenua, diría “todo acabará mañana, no vale la pena”. Solnit atribuye ambas posturas a la pereza intelectual.

¿Cuál es la alternativa?

Solnit quizá nos pediría soltar las semillas en la oscuridad. Incluso nos citaría, como hace en su libro, a Virginia Woolf: “El futuro es oscuro, y eso es lo mejor que puede ser”. Esa oscuridad, como la tierra misma, está llena de posibilidades. Al sembrar de esta manera abrimos una línea de posibilidad. Quizá haya un árbol aquí dentro de dos años, quizá dentro de diez. Quizá haya un árbol mucho después de que me haya ido. Quizá ese árbol muera mañana.

Sembrarlo me ayuda a expresar mejor que las crisis que hoy vivimos no son el límite de la historia y tampoco son el límite de la realidad. Muchas veces se nos pide ser “realistas” cuando pensamos en transformaciones mayores, para nosotras mismas pero también para la sociedad. En ese punto me gusta recordar a Ursula K. Le Guin cuando nos dice que seamos realistas, pero de una realidad mayor. Para ella, el mundo que habitamos es solo una de las versiones posibles de la realidad y, por lo tanto, puede ser cambiado. Hay otras posibilidades que están pujando por emerger, por sobreponerse a esta.

“Vivimos en el capitalismo. Su poder parece ineludible. También lo parecía el derecho divino de los reyes. Cualquier poder humano puede ser resistido y cambiado por los seres humanos”, nos dice Ursula. 

Si el mundo no está acabado y es, más bien, un proceso dinámico, plantar un árbol sería un anticipo de esa realidad, una premonición de esa realidad mayor. Para Bloch, esto sería una “avanzada”: materializar hoy un poco de ese mundo del futuro. Ese mundo del “todavía no” aún no se ha concretizado, pero tiene la potencia de existir. Si queremos ser realistas de una realidad mayor, no solo actuamos desde lo que ya existe; también actuamos desde lo que “todavía no” existe. En ese “todavía no” se aloja una parte importante de nuestra realidad completa.

El peligro, entonces, es la pereza intelectual: el optimismo y el pesimismo ingenuos que garantizan un resultado, ya sea positivo o nefasto, desde la pasividad. Es el congelamiento de nuestro cuerpo y de nuestra inteligencia. El peligro es la parálisis ante la oscuridad del futuro, ante la ilusión de que los dados ya fueron tirados tiempo atrás; ante la ilusión de que no se necesita plantar un árbol porque todo se arreglará solo, o ante la ilusión de que ya todos los árboles están quemados, incluso los futuros. 

Más allá incluso de la pereza intelectual, quisiera pensar en la potencia de la imaginación. Se me vienen a la mente muy pronto las razones por las que el optimismo o el pesimismo aparecen como consuelos fáciles frente a la realidad actual. La precarización de la vida, el cansancio frente a las multi crisis que nos atraviesan, el ciclo de noticias catastróficas, el extractivismo de nuestra atención y tiempo: es fácil entrar en esa respuesta de agotamiento absoluto. Si alguien está luchando día a día, ¿puede permitirse eludir la pereza intelectual? Con suerte, encontrará algo de descanso para sus necesidades básicas. Y, más importante aún, ¿qué ganamos pidiéndole a cada individuo mayor pensamiento crítico? Parece una pregunta tramposa, orientada hacia la culpa, individualiza una responsabilidad que supera y también va más allá de las individualidades.

Si buscamos una salida al binario de optimismo y pesimismo superficiales quizá el pensamiento crítico nos ayudaría a realizar un mapeo preciso de las condiciones actuales, pero, en realidad es la imaginación la que hace un espacio para lo posible. También alejaría nuestro indagar del terreno puramente intelectual, pensaría en un imaginar encarnado y situado. Un accionar desde toda nuestra capacidad humana.

Es necesario prestar atención a aquello que “todavía no” es, pero podría ser. ¿Acaso lo que hoy existe es lo único posible? ¿Cómo sería esa “realidad mayor”?

Necesitamos imaginarlo. Necesitamos una ecología de la atención y de la imaginación colectivas. Digo ecología porque no creo que sea la atención concentrada de individuos aislados lo que ayude en este momento, necesitamos una atención e imaginación relacional. En relación con los otros en tanto humanos y también los otros en tanto plantas, elementos, animales, seres sagrados, wak’as, ajayus, territorios.

Sembremos nuestras respuestas, incluso si están inacabadas, la oscuridad de la tierra y del futuro hará su alquimia. Quizá no brote nada, quizá brote un manzano[1] o un jacarandá.


[1] Estas ideas surgieron de mi lectura de Ursula K. Le Guin, Rebecca Solnit y Ernst Bloch, pero también de mirar el manzano de la casa de mi padre, en Vinto. Un árbol que ya existe y que, al mismo tiempo, me hace pensar en todo aquello que todavía no existe y podría llegar a existir.

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Escrito por Casa de Nadie

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