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Ajayu: el reencuentro como sanación

Feb 27, 2026

“Llaki” se traduce como aflicción o desasosiego y proviene del quechua, idioma nativo de la comunidad kallawaya y también el que titula este documental, cuyo propósito guarda una nobleza profunda, distinta y muy íntima. Llaki (2023) narra la historia del director, Diego Revollo, quien está perdiendo la audición, desprendiéndose poco a poco del pulso que lo rodea. Es entonces que decide ir a Lunlaya, ayllu de la comunidad Kallawaya. Ahí se dispondrá a sanar de la mano de un curandero abocado a la medicina tradicional.

Este documental está milimétricamente pensado para hacer dialogar la melodía de la naturaleza con la imagen. No solo acompaña el viaje de Revollo —atravesado por una sordera inesperada que da origen y pulso al filme—, sino que también deja oír aquello que se extravía en la ciudad: lo que queda atrapado entre edificios, adherido al pavimento, en un territorio saturado de movimiento pero escaso de vida.

Es una ventana poco convencional; un retrato de aquello que habita en los márgenes de lo clásico. Despierta una curiosidad honda hacia tradiciones que exceden la certeza de una ciencia empírica y que, aun rozando lo místico, persisten como formas de sanación atesoradas, vivas, transmitidas de generación en generación como una memoria del cuerpo y del espíritu.

Imágenes, sonidos y diálogos nos permiten transitar el documental desde otro lugar. No buscan informar, promover ni evangelizar. Solo expresar, en su forma más cruda, los deseos, los miedos, las pausas, las perspectivas y todo eso que, de manera íntima, nos interpela como especie. Afligirse ante la deriva salvaje del universo es, quizá, una forma de aceptar la condición humana.

Llaki —tristeza, aflicción— nombra y titula este documental sensible, que se abre como un recorrido interior mientras el director atraviesa esa emoción, acentuada por una sordera cada vez más presente. La pérdida del sonido no es aquí una mera circunstancia biográfica, sino un umbral: una forma de entrar en otra escucha. Una evocación al sonido de una manera única, acoplándose con naturalidad a un documental que no necesita de grandes gestas, exageraciones ni dramatismos para resaltar aquello que verdaderamente le importa. Así, Revollo nos conduce hacia una terapia en la comunidad de Lunaya, habitada por el pueblo Kallawaya. Allí, la comunidad abre sus puertas a quienes llegan enfermos, despojados de esperanza o, simplemente, ajenos a las costumbres occidentales. Acuden al yatiri en busca de una sanación que no se enuncia en términos clínicos, sino desde el alma, como él mismo la nombra.

Reencontrar el ajayu —palabra con la cual se referencia al espíritu o energía— se vuelve entonces el propósito del relato. Lo curioso de este concepto que usa la comunidad kallawaya para denominar a la energía, es que no se limita a existir solo en los humanos: también se reconoce en montañas y ríos. Esto nos da a entender una cosa bastante profunda: la conciencia se separa del espíritu y no depende entonces el ajayu de la razón. Como nos pone a disposición el chamán en este filme, el ajayu se asusta y se esfuma del cuerpo cuando sucede esto; por lo cual la lucha no se ve en sanar el cuerpo con drogas y fármacos, sino en transitar una búsqueda hacia aquello que se nos ha perdido a través de lo que nos otorga la pachamama. La sanación, entonces, se vuelve un proceso integral y no se limita a apaciguar los síntomas sino a buscar aquello que se lee entre líneas; es reaprender nuestro vínculo con la salud, no como una fórmula repetitiva y protocolar; sino como un camino de reencuentro y una sanación desde adentro para afuera.

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