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Donde brota la memoria: El renacer de los manantiales en Ascensión de Guarayos

Mar 13, 2026

Cortesía de MAPEKO

Brenda Villalba Sanchez

El trayecto del bus entre la ciudad y su pueblo parecía intensificar el sonido del agua en sus recuerdos. Rolando cerraba los ojos y volvía a verse de niño, jugando con sus vecinos cerca de la vertiente; esa imagen era lo primero que buscaba al bajar del bus. Sin embargo, cuando llegó a su destino en 2022, la nostalgia chocó con la realidad: el paúro de su infancia, ese manantial sagrado del vecindario, estaba completamente seco. No era solo el cambio climático; Rolando intuyó que algo más profundo estaba matando su origen.

Rolando Agreda es un joven de 20 años originario de Ascensión de Guarayos, la capital más poblada de la provincia de Guarayos. Su compromiso con el medioambiente fue su guía cuando el municipio atravesaba la peor crisis hídrica de su historia.

Entre noviembre y diciembre de 2022, el único embalse que alimentaba la planta potabilizadora se vació por completo. Este fenómeno no es aislado; la región experimenta cambios drásticos de temperatura desde hace años. Según un estudio del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), para el 2050 se proyecta un aumento de más de 3,4°C y una reducción del 34% en las lluvias.

Esta crisis se agrava con los constantes incendios forestales. De hecho, ese mismo año se registraron alrededor de 400,000 focos de calor, según una entrevista realizada a Jackmina Mustafá, directora de Desarrollo Productivo y Medio Ambiente del Gobierno Autónomo Municipal de Ascensión de Guarayos.

Las consecuencias de estos desastres ambientales quedan marcadas en la memoria de los habitantes. Para Micaela Iriapi, profesora y pobladora local, la desesperación se sentía en cada barrio mientras los vecinos transportaban baldes de un lugar a otro intentando conseguir agua. “Era un tiempo de angustia. Recuerdo bien que esperábamos la cisterna en la esquina de nuestra casa; estábamos desesperados por agua y, mire, a veces no llegaba. No sabíamos de dónde sacar. Imagínese, esperábamos hasta las 4 de la mañana”.

Micaela y cientos de vecinos recurrieron a las viejas fuentes de agua abandonadas: norias y los paúros (+gwami en lengua Guarayú). Pero estos manantiales, olvidados tras la llegada de la red de agua potable, estaban agonizando. El cambio de uso de suelo, el descuido, la falta de protección estatal y la ausencia de alcantarillado los habían convertido en focos de contaminación. Aunque las cisternas contratadas por la alcaldía transportaban el agua desde un río a 12 kilómetros del centro, el esfuerzo fue insuficiente para cubrir la demanda de 50 mil habitantes. El suministro se evaporaba en horas.

Ante la magnitud del desastre, el Concejo Municipal emitió la Ley N° 20/2022 para declarar al municipio en emergencia por sequía. La respuesta oficial se vio desbordada y los fondos preventivos se agotaron, afectando directamente el sustento de 29 barrios y 7 urbanizaciones. Paradójicamente, Ascensión de Guarayos es una zona amazónica rica en humedales, arroyos y lagunas. Sin embargo, la expansión urbana descontrolada y el «olvido estatal» han asfixiado estas fuentes naturales. Cuando Rolando encontró su paúro seco, entendió que no solo era el cambio climático: era un olvido sistemático que había obstruido una de las fuentes de vida más sagradas de su cultura.

Recuperando la memoria a través de las manos jóvenes

Antes de quedar en el olvido, los paúros no eran solo vertientes de agua; constituían lugares de encuentro y reunión para la cultura Guaraya. Su carga social, histórica y cultural construyó una memoria colectiva mucho antes de la llegada de la red de agua potable, logrando ser reconocidos como “fuentes de vida ancestrales”.

Aquel 2022 después de regresar de sus vacaciones en la ciudad, Rolando, empezó a descubrir la importancia de los paúros a través de las voces de su madre y su abuela. Ambas son conocedoras de la cultura guaraya y le contaron cómo se cuidaban antes los paúros y cuál era su función. En ese momento nació la idea y, con el apoyo de su madre, quien es profesora, decidió solicitar ayuda a través de su unidad educativa.

La iniciativa se originó en la Unidad Educativa Madre María Weber, donde los estudiantes participaron en la limpieza de uno de los paúros que se encontraba en los alrededores. Tras esa experiencia, otras 10 unidades educativas lograron limpiar y recuperar ocho paúros más. Para Rolando, el apoyo interinstitucional entre el Distrito Educativo, la cooperativa COSPAS y las direcciones de Medio Ambiente fue fundamental para que el proyecto escolar se transformara en un proyecto ambiental integral.

“Esto nace por una idea de jóvenes que ven en este tema algo ambiental ligado a lo cultural, porque los paúros son parte de la cultura misma del pueblo Guarayo”, cuenta Robert Schock, presidente del Concejo de Ascensión de Guarayos. “Hasta antes de la instalación de las pilas de agua, los paúros eran los proveedores; eran lugares de reuniones, principalmente de mujeres que iban a hacer el lavado de ropa y ahí intercambiaban experiencias”. Un año antes de obtener el primer financiamiento, los comités estudiantiles a la cabeza de Rolando reunieron a diversas instituciones para presentarles la propuesta. De esta manera, el proyecto tomó el nombre Conservemos Nuestros Paúros, liderado por jóvenes y la fundación MAPEKO. Con este compromiso lograron convertirse en un brazo operativo de la Dirección de Desarrollo Productivo y Medio Ambiente de Ascensión de Guarayos.

En 2024, con el aval de la Fundación Hábitat Verde, participaron en la convocatoria de Soluciones Basadas en la Naturaleza, lanzada por la Fundación Socioambiental Semilla en alianza con Voces para la Acción Climática Justa (VAC) y WWF Bolivia, donde accedieron a financiamiento para desarrollar el proyecto de recuperación y conservación.

Rolando menciona que, aunque el proyecto empezó con un objetivo ambiental, en el proceso fueron aprendiendo su importancia cultural e histórica. Es así que el proyecto hoy comprende tres fases: la recuperación de los paúros enfocada en jóvenes, la consolidación de un cordón ecológico y, sobre todo, la recuperación de la memoria y las prácticas ancestrales junto a 24 de los 31 barrios del municipio.

El impacto del proyecto fue tan profundo que, en marzo de 2025, el Concejo Municipal de Ascensión de Guarayos promulgó la Ley 02/2025: «Ley de Protección, Conservación y Restauración de Paúros». Esta normativa no solo formaliza el cuidado de estos manantiales, sino que establece sanciones claras para quienes atenten contra estas fuentes de vida, blindando legalmente el esfuerzo que nació de la memoria de los jóvenes y su comunidad. “Ellos han dado vida y corazón a los jóvenes. Me gustó bastante que ahí también los papás participaron”, comenta Micaela Iriapi. Actualmente, para Rolando el reto es que otros líderes jóvenes se encarguen del proyecto, pero en Ascensión ya se está formando este liderazgo, llegando incluso a conformar el primer Consejo Municipal de la Juventud.

Cortesía de MAPEKO

El manantial único, colectivo y la práctica ancestral

La conformación geológica de los paúros surge de la erosión del suelo causada por la presión constante del agua durante las riadas. La colisión del agua del río genera huecos en la tierra que, finalmente, logran conectarse con las aguas subterráneas para brotar constantemente hacia la superficie. Científicamente, el proceso de formación de un paúro constituye un largo recorrido de varios años.

De esta manera, los paúros responden a una interconexión vital dentro de los ecosistemas. El ingeniero ambiental José Mora Rocabado explica que estos no solo se ven afectados por el cambio climático debido a su conexión con todos los afluentes, sino que poseen una importancia ecológica clave por su valor para la biodiversidad. “En todo cuerpo de agua que se alimente de aguas subterráneas existe una biodiversidad única; es endémica de estas aguas”, explica.

Los informes municipales otorgan una característica única a los paúros por su relevancia ecológica con la cultural. A la fecha, se han logrado recuperar y conservar 14 de ellos, identificando un total de 21 con sus nombres originales en guarayú. Los paúros adquieren el nombre y la identidad de los vecinos que se encuentran cerca, reafirmando que son, ante todo, fuentes comunitarias.

Este rescate se apoya en una práctica ancestral: la Minga. Esta tradición descarta la lógica de que el trabajo colaborativo es una simple limpieza; más bien, transforma la acción en un acto solidario que busca el bienestar social. Durante estas jornadas, los vecinos trabajan de manera voluntaria y comparten comida y bebidas, reforzando sus lazos, según explica el experto en esta práctica ancestral, Juan Salvador Girapoiva Arimentano.

Recuperando la importancia de estos elementos, la ingeniera medioambiental del municipio, Jackmina, recuerda: “Los paúros eran la fuente principal de abastecimiento. Las abuelitas recuerdan cómo todo se concentraba ahí. En las mañanitas se recogía agua para lavar y cocinar, y al final del día toda la familia iba a bañarse”. En ese tiempo, la población los usaba no solo como suministro, sino como puntos de encuentro y organización, principalmente de las mujeres. Allí se transmitían saberes orales y se mantenía viva la memoria de quienes ya no están, creando puentes entre generaciones.

A pesar de estar a través de una pantalla, Micaela logra expresar su alegría cuando me cuenta sobre las tardes que pasa en su escuela. Para ella el proyecto está logrando recuperar ese sentido de identidad. “Hay un paúro cerca del colegio donde trabajo. Siempre que salgo veo a las mujeres lavando bajo su techito; siempre están conversando. Ese paúro está cerquita y se ve desde el colegio”.

Sin embargo, la modernidad trae sus propios riesgos. Para proteger la calidad del agua, la Ley de Protección de los Paúros prohíbe el uso de detergentes fuertes, una norma que se refuerza con campañas de concientización casa por casa. Aun así, el control es difícil: “No podemos estar el cien por ciento del tiempo sobre el paúro”, admite Jackmina.

La urgencia de estas medidas quedó demostrada en 2024, cuando la primera investigación microbiológica basada en la Norma Boliviana NB 512 confirmó la presencia de contaminación fecal y bacteriana en los manantiales. Aunque la mayoría no se usan para beber, el hallazgo es preocupante, pues esta agua alimenta los huertos comuniarios del proyecto y mantiene a la población expuesta. El origen de esta contaminación es estructural: en el municipio, apenas el 1,6% de la población cuenta con red de alcantarillado, mientras que el 77,4% depende de pozos sépticos que filtran desechos a las aguas subterráneas. “Mientras no tengamos alcantarillado, los paúros serán susceptibles”, concluye Jackmina, señalando que, aunque el proyecto técnico ya existe, la salud de estos manantiales ancestrales depende hoy de la ejecución del proyecto de saneamiento.

Cortesía de MAPEKO

Completar el ciclo: el nacimiento del cordón ecológico

Al finalizar la segunda fase del proyecto, una idea estratégica comenzó a cobrar fuerza en la mente de Rolando. El trabajo había logrado rescatar la memoria y conectar a la comunidad con sus prácticas ancestrales, pero faltaba un eje central para cerrar el ciclo hídrico: entender hacia dónde fluía el agua.

“Eva, en su estudio, nos explicaba que los 24 paúros detectados no están estáticos; tienen un desemboque. Hay un flujo que corre y se conecta para formar un canal natural más grande que recorre varios barrios”, explica Rolando.

Ante este hallazgo, el equipo trabajó junto a la Dirección de Desarrollo Productivo y Medio Ambiente del municipio para identificar las áreas críticas, estableciendo la zona de Virgen de Cotoca como prioridad. El plan consistió en intervenir tres kilómetros de área boscosa urbana para consolidar el primer Cordón Ecológico Urbano de Ascensión de Guarayos. En este espacio se establecieron dos grandes pulmones verdes: el parque Yande I Yar, con una superficie de 280,023 m², y una segunda área verde de 850,936 m² que terminó de definir el perímetro protegido.

Este hito para la biodiversidad no nació solo en oficinas; se realizaron estudios de diagnóstico junto a los comunarios para entender qué protegían. Los resultados revelaron un ecosistema vibrante que alberga 28 especies de vertebrados (incluyendo aves, peces, reptiles, mamíferos y anfibios), además de 46 especies de artrópodos y 48 especies de plantas. El cordón no era solo un parque, era un corredor biológico vital para la conectividad de las especies en pleno radio urbano.

Aunque el proyecto responde a una necesidad ecosistémica, sus acciones se volcaron hacia la cohesión social. Al ser el único tramo de bosque dentro del área urbana, el objetivo fue embellecer estas zonas para crear entornos escolares saludables y fomentar una cultura ambiental crítica en los estudiantes. Se transformaron espacios abandonados en jardines ecológicos y se formó un comité encargado de la limpieza y sensibilización. Como resultado de este sentido de pertenencia, se logró crear la primera Red de Guías Turísticos del Cordón Ecológico.

Sin embargo, el aspecto más crítico fue la defensa del territorio. El proyecto se enfocó en frenar los asentamientos ilegales, la expansión urbana descontrolada, las talas y los incendios. Esta protección se formalizó a través de la Ley Municipal de Creación y Protección del Cordón Ecológico Yande i Yar, otorgando una herramienta legal para fiscalizar y conservar el área.

La evolución del proyecto de los paúros terminó convirtiéndose en una estrategia integral que abraza tanto la protección del agua como la de los espacios verdes. Mientras explica estos logros, la voz de Rolando sube de tono y una risa de satisfacción asoma con cada detalle: “Lo logramos. Instalamos el parque, construimos cabañas, hamacas y columpios. Delimitamos los 12 metros de separación con los terrenos colindantes e impedimos la apertura de una calle que habría destruido el ecosistema. No dejamos que se interrumpiera el hábitat de las especies que viven ahí”.

Cortesía de MAPEKO

Este reportaje fue financiado por el Fondo para el Periodismo de Soluciones en Latinoamérica, gracias a una donación del Fondo Burgess.

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Escrito por Brenda Villalba

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