
Brenda Villalba Sánchez
Entre el sonido de las patas de los burros y el paso marcado de las llantas de una carretilla, así recuerda Verónica Villca su infancia.
“Teníamos que caminar casi cuatro horas, ida y vuelta”, dice sobre el largo trayecto que recorría junto a su familia y sus vecinos.
Cada día caminaban hasta el río más cercano de su comunidad para abastecerse de agua, dar de beber a los animales y regar sus parcelas, su principal fuente económica y de sustento alimenticio.
Verónica es pobladora de Santiago de Callapa, un municipio a las afueras de La Paz, reconocido por su tradición en la crianza de camélidos y la agricultura, base también de su soberanía alimentaria.
Desde 1950 el territorio ha registrado cambios climáticos. Según el Diagnóstico de Impactos Diferenciados del Cambio Climático impulsado por Practical Action, se estima que para 2080 el municipio se enfrentará a un aumento de 15° C a 22 °C en su temperatura, incrementando los impactos de la crisis climática.
La situación del municipio se agrava por la baja cobertura de agua, siendo solo el 18% de pobladores beneficiarios del líquido elemento. Ante esta situación los comunarios deben recurrir a otras fuentes de agua, siendo los pozos y los ríos las principales opciones. Para ello requieren sistemas de bombeo, tubos y sistemas de riego. Además de electricidad.
Según el PNUD, en Bolivia solo el 81,5% de las comunidades rurales cuentan con una red de electricidad, en el caso de Santiago de Callapa, la cobertura alcanza solo el 53%, según el documento Alternativas Tecnológicas de Mitigación y Adaptación al Cambio Climático realizado por Practical Action. Los altos costos del combustible, los riesgos para la salud y la poca posibilidad de adaptación al cambio climático afectan de manera diferenciada a las mujeres. Además de que significa una contribución a los gases de efecto invernadero.
De acuerdo con este informe, esta situación no solo se traduce en problemas para la seguridad alimentaria, sino también en una sobrecarga de las tareas de cuidado que recaen en las mujeres. El documento sugiere que ellas, generalmente responsables de la gestión energética doméstica y productiva, enfrentan mayores dificultades en su vida cotidiana.
“No había agua. La bomba, su potencia no era suficiente para que pueda distribuir a todas las casas. Entonces no les llegaba el agua directamente así. Lo que hacían las mujeres para regar era ir a traer agua en baldes, en carretillas. Algunas de ellas cargaban el agua. Incluso traían de lejos.”, cuenta Verónica.
En 2024, Verónica, quien formaba parte de la Organización de Mujeres Bartolina Sisa, recibió una llamada de la Alcaldía.
“Me informaron que iba a llegar, los paneles solares para que funcione con bomba de agua, entonces yo dije, ‘Wow, está interesante eso.’ Me asombré harto. Entonces me informé un poco más, si se podía (y dije) ‘Esto va a funcionar bien’”.
Veronica fue una de las 960 mujeres que participaron en capacitación, operación y mantenimiento del proyecto de instalación de paneles solares para bombeo de agua en tres municipios del país: Arani, Yacuiba y Santiago de Callapa; en este último, se benefició a cuatro de sus doce localidades: Guana Grande, Pichini, Huichuraya y Chulluncayani.
El proyecto fue impulsado por el proyecto Climate Promise del PNUD, Practical Action, Autoridad Plurinacional de la Madre Tierra y los gobiernos municipales, con el objetivo de promover la equidad de género desde la mitigación, adaptación y financiamiento climático.

Gobernanza tecnología: aprendiendo y desafiando
Siendo Verónica secretaria de la Organización de Mujeres Bartolina Sisa, fue a ella a quien notificaron primero sobre el nuevo proyecto que estaba por implementarse en la comunidad. Cuenta que no fue sencillo lograr que las mujeres se animaran a participar.
Primero, por la lejanía de sus hogares; segundo, por el idioma, ya que la mayoría solo habla aymara; y tercero, por la desconfianza.
Ocho años antes, la instalación de bombas de agua no había logrado su objetivo: la presión no impulsaba el recorrido del agua y las tuberías quedaron abandonadas durante ese tiempo. “No, ¿qué se va a lograr?”, decían las mujeres. “Si habíamos esperado ocho años y no llega nada”, recuerda Verónica sobre esas primeras reacciones.
Por eso, ella asumió un rol activo para enseñarles en aymara cómo funcionaban los nuevos sistemas. “Entonces, las mujeres se han acercado a mí y yo les he explicado cómo hacer el encendido, el apagado, cómo se podía manejar todo eso”, cuenta.
Con el tiempo y al ver los primeros resultados, comenzaron a agruparse y organizarse para operar los paneles solares.
Con ese proceso también surgió otro cambio. El proyecto no solo impulsó la participación técnica de las mujeres, sino su presencia en los espacios de decisión. “Antes no eran muy participativas. Ahora hay reuniones y ya están participando las mujeres”, dice Verónica.
En Santiago de Callapa, las mujeres no solo enfrentan el riesgo sobre su soberanía alimentaria, el aumento de las horas de trabajo y los impactos en su salud. Además, una de cada cinco mujeres no sabe escribir ni leer.
Según el PNUD, esto se traduce en que “tienen menor acceso a recursos, educación y oportunidades para tomar decisiones”.
En ese contexto, la capacitación y asistencia técnica en el uso de paneles solares no solo significó acceso a energía. Les permitió adquirir conocimientos sobre instalación y mantenimiento de los sistemas, desarrollar habilidades de gestión y administración, resolver problemas operativos e incluso formular proyectos vinculados a energías renovables.
El diagnóstico del proyecto señala que cuando las mujeres se capacitan en el uso y mantenimiento de tecnologías, se fortalecen sus capacidades sociales y su participación en decisiones relacionadas con la mitigación y adaptación al cambio climático. Esto contribuye a transformar normas, actitudes y comportamientos que históricamente han perpetuado desigualdades de género.
Para Mónica Cuba, esta experiencia fue clave porque permitió un cambio en la estructura organizativa de la comunidad.
A partir del proceso, se conformó un nuevo Comité de Agua liderado por una mujer y un hombre. Antes, el control dependía únicamente de un varón. Este cambio marcó un paso decisivo en la participación femenina y en la gobernanza local.
Verónica cuenta con entusiasmo que el proyecto también ayudó a que las mujeres se organizaran a través de WhatsApp, colaboraran entre ellas y generaran nuevas iniciativas. Esa articulación fue la que impulsó la instalación de paneles fotovoltaicos en zonas a las que inicialmente el proyecto no había llegado.
“Faltaba una zona, entonces esa zona la hemos sacado con la POA, aparte. Le hemos colocado otro panel solar. Se han encargado las mujeres. Se han organizado desde el mismo grupo para que traigan más paneles”, relata Verónica, “las mujeres se han puesto a hablar con la comunidad. ‘Esa comunidad no se puede quedar así porque nos pertenece’, así decíamos. Entonces trabajaron todos en grupo, trabajaron sus esposos, trabajaron ellas”.

Recuperando la soberanía alimentaria y económica
“Cuando no había lluvia, entonces migraban. Se iban a otros lugares. No se quedaban ahí porque ya no había nada para los animales. Entonces lo que cargaban les cansaba, y no había otra manera que irse a un lugar donde sí hubiera agua”, dice Verónica con peso en su voz, como si al hablar sus pensamientos regresaran a los cientos de anécdotas de la comunidad. Historias que se repiten en cada chacra, en cada paso de sus compañeras, en cada despedida.
En 2019 el municipio fue identificado como uno de los seis territorios en tierras altas prioritarios en investigación y acción, según el documento Migración y Cambio Climático: Múltiples vías para una relación esquiva en el altiplano boliviano. La crisis climática ha impulsado un marcado flujo migratorio en los últimos años, posicionando al municipio entre los tres con mayor decremento poblacional en tierras altas, señala el texto.
El impacto del cambio climático y la falta de condiciones para la producción se traducen en consecuencias concretas: en lo económico, disminución de la producción agrícola y ganadera, desempleo y empleo precario; en lo social, migración de jóvenes y cambios en las prácticas agrícolas comunitarias; en lo ambiental, mayor variabilidad climática, transformación del uso de la tierra y amenazas cada vez más extremas.
En Santiago de Callapa existe una leve prevalencia de mujeres jóvenes y económicamente activas (2.500 frente a 2.300 hombres). Su sustento se basa principalmente en el cultivo de maíz y papa, la crianza de ganado variado y, en algunos casos, actividades vinculadas a la minería.
Si bien no existen datos estadísticos consolidados sobre el aumento de la producción tras la implementación del proyecto, sí se tiene registro de que los costos de bombeo oscilan entre 50 y 100 bolivianos
Para Verónica, sin embargo, la comparación entre el antes y el después no necesita cifras.
Algunas de sus vecinas ahora pueden jalar el tubo y regar sus siembras sin salir de casa, y zonas antes improductivas empezaron a volverse verdes. “A partir del proyecto, un poquito más ha aumentado. Antes lo hacían, no es que no lo hacían, pero poco”, dice mientras observa los cambios en su comunidad.
Dentro de la comunidad, los productos cultivados no solo se comercializan en Patacamaya, el mercado donde suelen llevar su producción. También sostienen su soberanía alimentaria de manera colectiva: realizan trueques y organizan comisiones de alimentos entre familias.
Para Mónica, el proyecto responde directamente a la necesidad de riego y a la protección de la seguridad alimentaria. Lo que se ha logrado —explica— es encaminar acciones concretas dentro del municipio y ampliar los ciclos productivos: “Donde había uno al año, ahora hay dos”.
El impulso de la electricidad, además, ha abierto camino hacia otras actividades productivas.
Según el diagnóstico, en los tres municipios intervenidos los negocios y emprendimientos se han adaptado a las necesidades locales: torno eléctrico, horno eléctrico, caladora eléctrica y cuatro hiladoras eléctricas, beneficiando a 125 trabajadores, entre hombres y mujeres.
Si bien estos resultados están vinculados al uso de energías renovables, no todos estaban contemplados inicialmente en el proyecto. Sin embargo, al identificar sus propias necesidades, los pobladores comenzaron a incorporar herramientas que fortalecen su actividad económica y productiva, recalca Jhonny.
Un ejemplo es la comunidad de Guana Grande, perteneciente al municipio, donde la Asociación de Productores en Cerámica y Artesanía (APCA) producía con leña a un costo aproximado de 2.970 bolivianos. Con la incorporación de energía eléctrica, el gasto se redujo a 800 bolivianos, mejorando además la calidad del acabado.
“Hemos ido a Colquecha, y también a Micaya, donde está este centro artesanal. Ha sido como un intercambio de experiencias”, cuenta Jhonny. “Ahí han visto la tecnología y, a partir de eso, vimos que era necesario dotarles de un horno eléctrico para lograr un mejor acabado en sus cerámicas”.

Territorialización: género, electricidad y agua
Santiago de Callapa es un municipio de clima frío y terreno árido, con suelos degradados y escasa vegetación.
Según el diagnóstico impulsado por la organización Practical Action, el aumento de la temperatura, la evapotranspiración también incrementará entre un 4% y un 10%. Es decir, la previsión es más calor y menos agua disponible.
En el altiplano, la capacidad de adaptación de las comunidades se ha sostenido históricamente en actividades agrícolas vinculadas al conocimiento local. Bajo estas características climáticas, sociales y culturales, la instalación de tecnologías fotovoltaicas no es solo una alternativa técnica, sino una respuesta pensada desde el territorio. El objetivo es que la solución climática responda al sistema de riego ya existente, permitiendo reducir en los tres municipios: costos, optimizar el uso del agua y evitar, en promedio, la emisión anual de 120 toneladas de dióxido de carbono, lo que equivaldría aproximadamente al consumo de energía convencional anual de 179 casas bolivianas.
Jhonny Canqui, jefe técnico del proyecto, explica que uno de los aspectos fundamentales para impulsar este tipo de acciones climáticas es su adaptación a los conocimientos y dinámicas propias del contexto. En ese sentido, la instalación de los paneles solares responde a un sistema mixto que combina energía solar con la convencional.
“No es que nosotros queramos reemplazar su tecnología; al contrario, nos acoplamos a ella. Sigue funcionando sin perjudicarla. Más bien le damos a la familia la oportunidad de, en el día, bombear con energía solar y, en la noche, si es necesario, con la otra tecnología, que sería el grupo electrógeno”, señala.
El diagnóstico realizado en los tres municipios también detalla que Santiago de Callapa necesita reforzar su resiliencia en la gestión del agua, la seguridad alimentaria y el uso de la energía eléctrica, tanto en el ámbito doméstico como productivo. Este punto fue fundamental para comprender el impacto del cambio climático en la vida cotidiana de las mujeres. De esta manera, el proyecto se alineó a estrategias de adaptación y mitigación enfatizando el eje de género.
Para Verónica, recordar los días en los que acompañaba a su mamá a recoger agua también implica pensar en los riesgos del trayecto, riesgos que —menciona— varias de sus vecinas llegaron a enfrentar.
“Ahora que ha llegado el proyecto, eso les ha disminuido harto. Las mujeres ya no van tan lejos, se quedan en la casa porque ya tienen agua. Entonces ya están con lo que es para la cocina, para sus quehaceres, siempre con el agua. Y también para los animalitos, porque antes cargaban desde muy lejos”, cuenta Verónica.
Bajo esta lógica, el proyecto cuenta con una metodología enfocada en las mujeres como agentes ante el cambio climático y recupera las experiencias del Fondo de Energía de Mujer.
Esta metodología, según el informe de Practical Action, cuestiona las relaciones de poder en lo económico-productivo a nivel local y considera la interseccionalidad para entender cómo factores políticos, sociales, culturales y etarios profundizan las brechas de género.
Para Mónica Cuba, jefa de comunicación y responsable del análisis de género del proyecto, incluir este enfoque no solo apunta a cerrar brechas en necesidades prácticas o en el acceso a recursos. También implica promover un cambio más profundo, que las mujeres participen en la toma de decisiones y en el manejo de la tecnología, no solo como beneficiarias, sino como actoras del proceso.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de su autora u autor y no reflejan necesariamente la posición institucional de la Cooperación Alemana, implementada por la GIZ, ni de la DW Akademie.
Este contenido fue elaborado en el marco del proceso de capacitación y mentoría “Narrativas Diversas 2.0”, orientado a promover la igualdad de género y la inclusión a través del periodismo constructivo, con el apoyo de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ) GmbH, en articulación con la DW Akademie y en el contexto del proyecto ProIgualdad.













