Luis Andrés Sanabria Zaniboni

Berta Cáceres: aprender a escuchar el río
A diez años del asesinato de Berta Cáceres, su legado no se limita a la denuncia de un crimen ni a la resistencia frente a un proyecto extractivo. Su aporte más profundo fue abrir una forma distinta de comprender el territorio. Desde su trabajo en el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, el río dejó de ser entendido como recurso y pasó a ser reconocido como una trama de relaciones vivas.
Esa comprensión configura lo que podemos llamar una pedagogía del río: una forma de aprendizaje político que nace de la relación con el territorio. El río enseña interdependencia, comunidad y continuidad, pero también enseña límite. Cuando se le fragmenta o se le explota, no solo cambia su forma: se altera la vida que sostiene.
Maquengal: un territorio en la cuenca del Río Frío
Para comprender lo que está en juego, es necesario situar el territorio. Maquengal se ubica en el cantón de Guatuso, zona norte de Costa Rica, en la cuenca del Río Frío, un sistema hídrico que nace en el Parque Nacional Volcán Tenorio y conecta montañas, llanuras y humedales hasta desembocar en el refugio de vida silvestre Caño Negro, reconocido como sitio Ramsar por su importancia internacional para la conservación de los humedales. Se trata de una región marcada por una alta riqueza ecológica, donde el agua no es solo un elemento físico, sino el eje que articula la vida cotidiana, las economías locales y los vínculos comunitarios.
En este territorio, el río no aparece como un objeto distante ni como una línea en el mapa; es una presencia constante: en la producción agrícola, en los espacios de recreación, en la memoria familiar y en las formas de habitar. El Río Frío atraviesa la vida de las comunidades, organizando tiempos, prácticas y relaciones.
Sin embargo, esta misma riqueza ha sido objeto de múltiples presiones. La expansión de actividades extractivas, particularmente la minería no metálica, ha intensificado la intervención sobre el cauce. A esto se suman prácticas como los dragados, que alteran la dinámica natural del río, modificando su profundidad, su velocidad y su capacidad de autorregulación. Asimismo, el avance de monocultivos agroindustriales en la región introduce nuevas tensiones: el uso intensivo del suelo, la eliminación de cobertura vegetal ribereña y el uso de agroquímicos impactan directamente la calidad del agua y la estabilidad de los ecosistemas asociados.
La extracción de piedra y grava —materiales fundamentales para la industria de la construcción—, junto con estas otras intervenciones, ha transformado progresivamente la dinámica del río, generando tensiones entre el uso económico del territorio y las formas de vida que dependen de su equilibrio.
Maquengal se encuentra, así, en un punto de inflexión: por un lado, forma parte de un corredor ecológico de gran importancia; por otro, enfrenta procesos de explotación que reconfiguran su paisaje y sus condiciones de vida. En ese cruce, el río deja de ser un telón de fondo y se convierte en el centro de una disputa: sobre su uso, su significado y su futuro.
Es desde este territorio concreto —con sus ríos, sus memorias y sus conflictos— que la pedagogía del río adquiere sentido, no como una idea abstracta, sino como una forma de leer, habitar y defender la vida en medio de transformaciones profundas.
El río como entramado de vida
Hablar del río implica reconocerlo como un proceso complejo que articula múltiples escalas de la vida. Los ríos no son únicamente corrientes de agua: son sistemas que sostienen ciclos de transformación, transporte de nutrientes y reproducción de la vida. Su fluir conecta territorios, especies y formas de existencia.
Intervenir un río no es una acción puntual. Extraer sus materiales o modificar su cauce implica alterar un entramado que excede lo visible. La pedagogía del río enseña justamente eso: que la vida no está fragmentada y que cualquier intervención tiene efectos relacionales, muchas veces irreversibles.
En Maquengal, esta pedagogía se vuelve experiencia concreta. La minería no metálica ha transformado el río: cambio de cauce, erosión, sedimentación, pérdida de pozas y debilitamiento del flujo. Allí donde antes el río sostenía vida y encuentro, hoy aparecen signos de agotamiento.
Sin embargo, lo que emerge en este contexto no es solo deterioro, sino también una forma de conocimiento que nace desde el propio territorio. Personas de la comunidad se organizaron y dieron origen al Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro, desde donde han impulsado acciones de visibilización, denuncia y acompañamiento comunitario frente a lo que está ocurriendo en el río. A través de recorridos, diálogos y procesos de monitoreo comunitario, se ha ido reconstruyendo colectivamente lo que realmente está pasando en el cauce.
Caminar el río, observar sus cambios y recordar cómo era antes se convierte así en un método. El río deja de ser solo un paisaje y pasa a ser una fuente de aprendizaje.
El río se convierte en interlocutor. Se le escucha cuando cambia, cuando pierde fuerza, cuando “se cansa”. Esa forma de nombrar no es una metáfora vacía: es una lectura sensible y política del territorio, sostenida por quienes hoy lo defienden.
Las piedras, las pozas y el tejido de la vida
Uno de los aprendizajes más profundos es que las piedras no son simples objetos: son estructura. Regulan la corriente, sostienen hábitats y permiten la oxigenación del agua. Su extracción desarticula el equilibrio del río.
Las pozas, por su parte, son más que formaciones físicas: son espacios de encuentro, memoria y vida comunitaria. Su desaparición implica también una ruptura social. El deterioro ambiental no puede separarse del deterioro de los vínculos.
La pedagogía del río enseña que no hay naturaleza sin cultura, y que la defensa del río es, al mismo tiempo, defensa de la vida en común.
Memoria y territorio: el río como sitio de aprendizaje
En Maquengal, la memoria se ha convertido en una herramienta central. Recordar cómo era el río permite reconocer que el deterioro no es natural, identificar responsabilidades, nombrar cambios y activar procesos de organización.
Las memorias no son estáticas: son activas, orientan la acción y sostienen la defensa. En ellas habita una forma de conocimiento que no siempre es reconocida, pero que resulta fundamental para comprender lo que está en juego.
Cuando el río no cabe en un expediente: La disputa no es solo ambiental, es también epistemológica
Los estudios técnicos reducen el río a datos, medidas y proyecciones, pero el río vivido desborda esas categorías. En este contexto, personas de la comunidad organizadas en el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro han insistido en que lo que está en juego no puede explicarse únicamente desde informes técnicos, sino también desde la experiencia directa con el territorio.
El problema no es el conocimiento técnico en sí, sino su pretensión de exclusividad. Cuando se convierte en el único lenguaje válido, invisibiliza la experiencia, la memoria y los vínculos que las comunidades mantienen con el río.
La pedagogía del río propone otra forma de conocer: una que reconoce múltiples saberes y entiende que el territorio no puede ser reducido a un expediente.
Pedagogías en movimiento: aprender, recordar, defender
Lo que ocurre en Maquengal no es solo resistencia. Es la construcción de una pedagogía en movimiento, donde el conocimiento se produce en la práctica, en la relación y en la defensa del territorio, impulsada también por el trabajo organizativo y de denuncia que el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro viene desarrollando.
Esta pedagogía tiene varias dimensiones:
- Aprender observando: el territorio como fuente de conocimiento.
- Aprender recordando: la memoria como herramienta de análisis.
- Aprender en colectivo: el diálogo como construcción de sentido.
- Aprender defendiendo: la acción como forma de conocimiento.
Estas dimensiones no operan de manera aislada: se entrelazan y se potencian. Observar sin memoria limita la comprensión; recordar sin acción puede inmovilizar; actuar sin diálogo fragmenta. Es en su articulación donde emerge una forma de conocimiento integral.
Pero además, estas dimensiones abren una capa más profunda de reflexión. Aprender observando no es solo mirar: es reconocer patrones, leer transformaciones, interpretar señales del territorio. Aprender recordando no es solo evocar el pasado: es producir criterios para evaluar el presente y proyectar el futuro. Aprender en colectivo no es únicamente compartir información: es construir legitimidad, disputar sentidos y sostener comunidad. Y aprender defendiendo no es solo reaccionar: es generar conocimiento en la acción, producir estrategias y afirmar formas de vida.
En este sentido, la pedagogía del río desborda el ámbito educativo tradicional. No se trata de una metodología aplicada desde fuera, sino de una forma de conocimiento que emerge desde la vida misma. Cuestiona la idea de que aprender ocurre únicamente en espacios formales y muestra que el territorio es también aula, archivo y laboratorio.
El río como sitio de memoria viva
Pensar el río como memoria no implica reducirlo a un recuerdo del pasado ni a una evocación nostálgica. El río es memoria en tanto presencia activa: una memoria que habla en el presente, que se expresa en sus cambios, en sus silencios, en sus desbordes y en sus ausencias.
En Maquengal, el río no solo guarda lo vivido: lo actualiza. Cada transformación en su cauce, cada piedra que desaparece, cada poza que ya no está no remite únicamente a lo que fue, sino que interpela lo que está siendo. Es una memoria que no se archiva, sino que se experimenta; que no se narra únicamente, sino que se siente y se habita.
Esta memoria viva da cuenta de los tejidos de la vida. Habla de relaciones que sostienen lo comunitario: de encuentros en el agua, de aprendizajes compartidos, de prácticas cotidianas que articulan la reproducción de la vida local. En el río se inscriben formas de cuidado, de convivencia y de pertenencia que no siempre son visibles en los lenguajes técnicos, pero que estructuran profundamente la vida colectiva.
Pensar el río como sitio de memoria viva es también reconocer que en él se juega la posibilidad —y el deseo— de seguir reproduciendo la vida en el territorio, no solo en términos biológicos o económicos, sino en su dimensión social, cultural y afectiva. La defensa del río es, en este sentido, una defensa de las condiciones que hacen posible la vida compartida.
En esa clave, el disfrute no es un elemento secundario: es parte del sostén de la vida. Las pozas, los recorridos y el tiempo compartido en el río no son simples actividades recreativas, sino prácticas que fortalecen vínculos, construyen comunidad y afirman el derecho a habitar el territorio de manera plena.
Cuando el río se transforma, no solo se altera un ecosistema: se tensionan también esas formas de vida. Por eso, la memoria que el río encarna no es pasiva: es una memoria que interpela, que convoca y que, en muchos casos, impulsa la organización y la defensa.
Así, el río como sitio de memoria viva no solo nos habla de lo que ha sido, sino de lo que está en juego. Y en esa voz —a veces tenue, a veces urgente— se inscribe una pregunta fundamental: ¿qué vidas queremos sostener y qué territorios necesitamos para hacerlas posibles?
De Berta a Maquengal: la política de la vida
La experiencia de Maquengal dialoga profundamente con el legado de Berta Cáceres. En ambos casos, la defensa del río no es únicamente ambiental: es una defensa de la vida en su sentido más amplio. En Maquengal, esta defensa también toma forma a través de personas organizadas en el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro, cuyo trabajo de visibilización, denuncia y acompañamiento comunitario pone en práctica, desde otro territorio, una lógica muy cercana a la que impulsó Berta.
La política que emerge de estas luchas no se organiza en torno a la acumulación, sino al cuidado. No se centra en la explotación del territorio, sino en su sostenimiento. Es una política que reconoce la interdependencia y que cuestiona las nociones de desarrollo que fragmentan la vida, algo que también se expresa en la forma en que el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro ha acompañado a comunidades de la cuenca del Río Frío en la defensa del río como espacio de vida y no como simple recurso.
Pero hay algo más: esta política no se formula únicamente en discursos. Se construye en la práctica cotidiana: en el acto de caminar el río, de nombrar sus cambios, de organizarse colectivamente y de defender lo que aún sostiene la vida. Esa dimensión práctica conecta directamente la experiencia de Berta con lo que hoy ocurre en Maquengal y con el trabajo territorial que impulsa el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro.
La pedagogía del río es, en este sentido, una forma de hacer política. No separa conocimiento y acción, no divide razón y sensibilidad, no jerarquiza saberes; por el contrario, los articula en función de la vida.
A diez años, el legado de Berta no es una consigna, sino una práctica que sigue fluyendo en territorios como Maquengal, donde las comunidades —junto con organizaciones como el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro— no solo resisten el despojo, sino que producen conocimiento, sostienen la memoria y defienden la vida en común.
El río sigue enseñando. Y en ese aprendizaje se juega algo más que la defensa de un cauce: se juega la posibilidad de construir otras formas de vida, formas donde el cuidado, la memoria y la comunidad no sean marginales, sino centrales.
Porque, al final, la pedagogía del río nos deja una tarea: no solo defender el río, sino aprender a pensar, sentir y actuar con él.
Sismos en la vida cotidiana: cuando el río deja de ser nuestro
Antes de que las presiones escalen hacia las nacientes del río, ya se ha producido un primer movimiento: un sismo que no aparece en los informes técnicos, pero que se siente con claridad en la vida cotidiana de Maquengal. Este cambio ha sido señalado reiteradamente por personas de la comunidad organizadas en el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro, quienes han venido alertando sobre estos impactos desde hace tiempo, muchas veces enfrentando indiferencia y ninguneo por parte de las autoridades.
La única entrada pública al río ha sido profundamente transformada por la intensidad de la actividad extractiva. El espacio que durante años funcionó como lugar de encuentro, recreación y disfrute —tanto para personas de la comunidad como para visitantes— ha sido prácticamente destruido. Donde antes había pozas, sombra y permanencia, hoy quedan huellas de intervención que dificultan la estancia, el acceso y el vínculo con el río.
Este cambio no es menor. La posibilidad de desarrollar actividades turísticas de cercanía, construidas desde lo local y en diálogo con el territorio, se ha ido desvaneciendo. El lugar al que llegaban las personas, el espacio donde se compartía el río, ya no existe como antes. Con ello, no solo se pierde un sitio físico, sino una forma de encuentro, de economía comunitaria y de relación con el agua.
A la par, el acceso al río se ha ido restringiendo. La actividad turística comienza a desplazarse hacia espacios privados, mediada por propiedades particulares, lo que transforma profundamente el carácter del río como bien común, algo que también ha sido denunciado públicamente por el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro sin que hasta ahora exista una respuesta clara por parte de las instituciones responsables.
Poco a poco, deja de ser un espacio compartido para convertirse en un espacio fragmentado, condicionado por lógicas de exclusión: el río es, cada vez más, menos nuestro.
Este proceso también ha tenido impactos directos sobre iniciativas comunitarias que buscaban construir alternativas. Un esfuerzo de turismo local, impulsado desde la comunidad, ha desaparecido en este contexto de transformación del territorio. Lo que estaba en juego no era solo una actividad económica, sino una forma de habitar el río desde el cuidado, el encuentro y la autonomía.
A ello se suman riesgos crecientes para las actividades agropecuarias. La transformación del cauce, la profundización del río y la formación de paredones más pronunciados dificultan el acceso de los animales al agua, poniendo en riesgo su integridad. Lo que antes era un acceso relativamente seguro para beber se convierte ahora en un punto de peligro. Esta alteración no solo impacta la producción, sino también prácticas tradicionales de relación con el río que han sostenido la vida en el territorio.
Así, este primer sismo no se expresa únicamente en términos ecológicos. Se manifiesta en la pérdida de espacios de disfrute, en la privatización del acceso, en la desaparición de iniciativas comunitarias y en el aumento de riesgos para la vida cotidiana. Es un movimiento que revela que el impacto del extractivismo no empieza cuando el río colapsa, sino mucho antes: cuando se erosionan las condiciones que hacen posible habitarlo.
Cuando la presión sube río arriba: la amenaza alcanza el origen
Si algo nos enseña la pedagogía del río es a leer señales antes de que se vuelvan irreversibles. En Maquengal, esas señales hoy son claras: la actividad minera no solo persiste, sino que muestra intenciones de expandirse río arriba, siguiendo el cauce del Río Frío hacia sus nacientes. Estas preocupaciones no surgen únicamente desde la observación individual, sino también desde el trabajo sostenido de personas organizadas en el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro, que han venido alertando públicamente sobre esta posible expansión.
Este desplazamiento no es menor. Implica una presión creciente sobre zonas de alta fragilidad ecológica, acercándose progresivamente a áreas vinculadas al Parque Nacional Volcán Tenorio, donde nacen los sistemas hídricos que sostienen toda la cuenca. Lo que ocurre aguas abajo comienza a proyectarse hacia el origen mismo del río, tensionando no solo el equilibrio ecológico, sino también los marcos de protección que, en teoría, deberían resguardarlo.
Sin embargo, frente a estas dinámicas, la respuesta institucional parece insuficiente, fragmentada o, en muchos casos, ausente. La expansión de la actividad extractiva avanza en medio de vacíos de control, debilidades en la fiscalización y una preocupante falta de atención a las advertencias que emergen desde el territorio, advertencias que el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro ha venido sosteniendo de forma persistente.
Desde la lógica del sismógrafo socioambiental, esto no puede leerse como un hecho aislado. Es un indicador: un movimiento que revela tensiones más profundas entre protección y explotación, entre conocimiento técnico y saber comunitario, entre discursos de sostenibilidad y prácticas que erosionan las bases mismas de la vida.
El río ya está hablando, y lo que dice no es ambiguo. Y quienes hoy lo escuchan —entre ellos el Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío-Caño Negro y las comunidades de la cuenca— han venido intentando convertir esas señales en advertencia pública.
La pregunta, entonces, no es solo qué está ocurriendo, sino quién está dispuesto a escuchar. Porque cuando las señales se ignoran, el costo no es únicamente ambiental: es también social, cultural y político. Es la posibilidad misma de sostener la vida en el territorio la que se pone en juego.
En ese sentido, este artículo no busca cerrar una reflexión, sino dejar una alerta abierta. Como todo sismógrafo, no anuncia el desastre: registra las vibraciones. Y hoy, en el Río Frío, esas vibraciones son cada vez más intensas.
Referencias:
Carvajal, V. (2026). A diez años de Berta Cáceres: la lideresa que defendió el río y despertó al mundo. Greenpeace. https://es.greenpeace.org/es/noticias/a-diez- anos-de-berta-caceres-la-lideresa-que-defendio-el-rio-y-desperto-al-mundo/
Izquierdas. (2018). El asesinato de Berta Cáceres y las tramas del poder en Honduras. Izquierdas, (40), 254–273.
VV. AA. (2022). Defensoras: la vida en el centro (Entrevista a Berta Cáceres).
Observatorio de Bienes Comunes. (2025). Buscando las semillas de las piedras: cuando el río habla desde la comunidad. Monitoreo comunitario del grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío–Caño Negro (Informe).
Comunidad de Maquengal. (2023). Memorias del Río Frío ante la minería no metálica: Maquengal recuerda al río para defender su presente (Memoria comunitaria elaborada con apoyo del Observatorio de Bienes Comunes).













