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Si yo fuera Mark Arm

Ago 23, 2026

Roberto Oropeza

Si yo fuera Mark Arm, el veterano líder de Mudhoney, me levantaría tarde. Alrededor de las 9:30 o 9:45 de la mañana. Mi dormitorio estaría ubicado de tal forma que el sol empezaría a asomarse desde el extremo de la cama. No habría nada mejor en el mundo que alternar entre sacar un pie o meterlo dentro de las sábanas. Uno al frío, otro al calor. Podría estar un buen rato así, hasta que finalmente fuera hora de levantarse e ir al trabajo.

Caminaría descalzo por mi casa, que tendría alfombra o piso de machimbre. Si pudiera elegir la alfombra, elegiría esa que tiene textura de pasto artificial. Sería de lo más chabacano y todos mis amigos se reirían al verla y se preguntarían por qué la compré.

Iría a la cocina y vería la nota que me dejó mi esposa: una lista de cosas para comprar para la cena y un dibujo obsceno.

Estaría suscrito a algún periódico, de los de antes, de tinta y papel. Uno con muchos crucigramas y pequeñas historietas. Me gustaría leerlo mientras tomo café.

No pondría música. Todo el desayuno sería en silencio. Solo yo leyendo el periódico con los pies descalzos.

A eso de las 11 u 11:30 iría a mi trabajo en Sub Pop como jefe de almacén. Me conectaría a internet y empezaría a organizar los pedidos. Superfuzz Bigmuff para ti, Bleach para este otro y Screaming Life para ti. A esta sucursal se le acabaron las novedades, esta otra aún tiene afiches, esta otra quiere los logos de la disquera.

Y así.

No me pondría a ver las portadas de esos discos. Las he visto un millón de veces y ya no pueden sorprenderme.

Tal vez volvería a quitarme los zapatos mientras doy vueltas por la oficina. Hablaría con un periodista de Japón que, en un inglés muy precario, intentaría consultarme qué se siente haber visto pasar el tren de la fama a solo unos centímetros de mí.

—No lo sé. Así pasaron las cosas.

Comería unas galletas de agua con yogurt a la una. En el celular me llegaría un mensaje de Steve Turner sobre algo que vio en el cine y le pareció gracioso. Me reiría un rato de su comentario.

Ninguno de los dos hablaría de salir de gira ni de los treinta y cinco años de Every Good Boy Deserves Fudge. “¿Cómo está tu familia?” “¿Y ese dolor que tenías en el tobillo mejoró?”.

Almorzaría en algún restaurante cerca del trabajo. Saludaría a algunos conocidos que se acerquen a conversar. Capaz ninguno se acerque.

Puré con carne y un vaso de vino.

Si fuera Mark Arm trabajaría toda la tarde atendiendo pedidos. Me concentraría tanto en mi trabajo que no me daría cuenta de que son las seis. Ni de que el cielo se había puesto oscuro.

Me acordaría de la lista de mi esposa. Cerraría la oficina y me dirigiría rápido al supermercado más cercano. Empezaría una lluvia torrencial.

Pisaría el acelerador y activaría los limpiaparabrisas, pero cada vez sería más difícil ver. Me aparcaría a un lado del camino. De este camino que es Seattle.

Y cuando estacionara resignado, pensaría en Kurt. En sus jeans, que tenían varios parches en las piernas y uno de flores en el botapié. Recordaría los veinte dólares que alguna vez le presté y no me devolvió. Me acordaría de su sonrisa, que tenía la facilidad de convertirse en una mueca. Seguro a él le parecería gracioso este escenario. Un auto varado con las luces prendidas mientras el agua va colándose por las puertas, mojando mis pies.

Mi tobillo lastimado.

Si yo fuera Mark Arm, primero abriría la ventanilla y extendería la mano, saldría del auto y me pondría a caminar descalzo una vez más.

Hasta olvidarme de mí.

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Roberto Oropeza Es dos mil tres. Hace años que la bossa nova dejó de ser una novedad. Todo el mundo ha oído alguna vez...

Escrito por Roberto Oropeza

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