A mano propia: “Ama suwa, ama llulla, ama quella”

por | Nov 10, 2025 | Cine, Cultura, La Galería, Okupas, Planos desde altiplanos

No robarás, no mentirás, no matarás.

Tres mandatos antiguos que nacen del quechua y se expanden más allá de la lengua, como un eco que atraviesa los siglos y nos recuerda que la moral es parte de una memoria colectiva, un lazo entre los de ayer y los de hoy. Pero, ¿qué pasa cuando por robar se mata y por matar se miente? ¿Cuál de todos esos actos pesa más, y cuál se disipa ante nuestra vocación ciega de justicia?

La película A mano propia, de Rodrigo (Gory) Patiño, se adentra en esa herida abierta que es la justicia humana. Basada en la célebre crónica Tribus de la Inquisición de Roberto Navia y en hechos reales, su verdad va mucho más allá de lo ocurrido: se desliza hacia lo simbólico, hacia ese territorio donde la violencia se disfraza de justicia.

El film sigue la historia del fiscal Mario Vega, interpretado por Alejandro Marañón, quien se ve entre la espada y la pared cuando es destinado a Villa Nogales. Allí se enfrenta a una realidad casi distópica: cinco jóvenes son acusados del robo de un camión cuyo dueño es miembro activo de la comunidad. Perseguidos y excomulgados de su propio pueblo, los muchachos se vuelven el blanco del enojo colectivo. El fiscal, en su intento por garantizar un proceso justo, se pregunta si la ley escrita tiene algún valor en un lugar donde la justicia se ejerce “a mano propia”. La película atraviesa la batalla del fiscal por proteger a esos seres despojados no solo de su libertad, sino también de su humanidad. El enojo se vuelve evangelio; el castigo se confunde con venganza, y ya no hay pausa capaz de entrometerse entre el pueblo y su resentimiento

Lo particular de esta obra es que no hay villanos claros: solo personas que se hunden en la ambigüedad de sus decisiones. La injusticia y la moral se entrelazan, el delirio del pecado toma forma violenta, cruda e impenetrable. El film es descarnado. No se refugia en la estética del dolor, sino que lo deja respirar. Cada escena, cada silencio, late al ritmo de una conciencia que no encuentra redención. Los personajes son perfectamente humanos, perseguidos por el odio no encuentran un camino fuera de la violencia.

A mano propia es, ante todo, un retrato de la incoherencia humana: la pulsión de tirar la primera piedra con el pecado enredado en la garganta, de imponer justicia con las manos manchadas, de confundir el bien con la vindicación. Es la carnalidad del ser humano expuesta sin pudor: la necesidad primitiva de no dejar expuesta nuestra vulnerabilidad, de encarnar en el otro nuestro propio dolor y hacerlo culpable del mal y sus formas. La película nos recuerda que no hay moral sin cuerpo, ni justicia sin deseo. Que en la lucha por el bien, a veces terminamos siendo el mal que queríamos evitar.
 Y que, al final, lo más humano de todo no es la culpa ni el castigo, sino ese impulso visceral de causar dolor cuando estamos dolidos, de matar por miedo a morir.

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