Roberto Oropeza
La idea de una espiral que va creciendo en cada vuelta, como un vinilo. Una serpiente que se desenrosca. El secreto está en no repetirse: que el nuevo giro traiga un destello distinto, una esperanza de estar avanzando hacia algún lugar, aunque no sea cierto. Si resulta bien, puede ser un loop hipnótico; si resulta mal, puede hacerse predecible.
Lo construido y lo que se derrumba (Ed. 3600, 2026) es el segundo libro de Isabel Antelo, escritora tarijeña que había logrado destacarse con Memorabilia hace tres años. Sin embargo, existe un salto cuántico del primero a este. Antes asomaban pinceladas; ahora hay un gran despliegue de recursos del lenguaje, con voces que se funden en una amalgama de cursivas y guiones para ser parte orgánica del párrafo, y un gran manejo de las velocidades a la hora de cambiar de tiempos y espacios, a ratos acelerado, otros lento, con delicadeza y atención al detalle para construir una narración fragmentada y circular, la de Eulalia y la familia que queda a su cargo tras el fallecimiento de su madre.
Obligada a asumir el rol materno, se hace responsable de sus medios hermanos Celia y Santino. Entonces, los que antes eran hermanos, ahora son hijos. Eulalia intenta crear un hogar con remiendos y a las apuradas, como quien junta a un par de extraños en un cuarto y les pide que sean amables y logren convivir en armonía. Vano afán. Encontrará en Santino, su hermano, el obstáculo mayor; mientras ella quiere reconfigurar y ordenar, él es caos y destrucción. Su sola presencia desestabiliza esa débil estructura familiar que Eulalia está decidida a llevar adelante, en su empeño por ser la madre que nunca tuvo. Contará con el apoyo de Julio, su marido, incondicional en los peores momentos. No alcanzará.
Hay referencias musicales, sutiles, pero indispensables para dar matiz a la trama, cuando los personajes viajan o están en problemas. Hay muertes. Muchas. La del primer amor, la de la madre, la de la abuela. La novela va entregando a cuentagotas los motivos y significados, a veces para saldar cuentas con el pasado, otras para entender decisiones del presente. Una convivencia con los muertos en busca de entenderlos. Hay también sexo. El deseo es una herencia. En fiestas, en playas, en el baño de la oficina, sexo hasta consumirse, porque el dolor es insoportable y tiene que transformarse en algo, en un placer intenso que logre eclipsar todo por un instante.
El pasado regresa por el cuerpo.
Vivimos en la cabeza de Eulalia, el centro donde sucede todo: las presencias de los muertos, lo extraordinario de lo cotidiano y el hastío que la lleva a la infidelidad. Los recuerdos están por todas partes, aparecen de tanto en tanto, como fotogramas, con cambios de escala, se amplían, se reducen; cada fragmento se junta con el otro para armar la gran estructura que el lector tendrá que arrastrar hasta el final. Sobrevuela una intención de gritar en la almohada, hasta romperse las cuerdas vocales; llegar al borde sin saltar, luego la calma.
Lo construido y lo que se derrumba es lo mejor que se ha escrito en narrativa este año, sin ninguna duda. No es una novela que apunta a la superación ante la adversidad, sino que muestra a los que quedan en pie después de un vendaval que no necesariamente puede ser el último. Vendrán nuevas derrotas, nuevos consuelos. Lo destruido servirá de cimiento para el futuro y, aunque los lazos con el origen se vuelvan cada vez más delgados y frágiles, nunca se romperán. El tiempo vuelve, pero no vuelve exactamente al mismo lugar.












