Roberto Oropeza
Un documental para rockeritos, de esos que empiezan a perder el pelo y se resisten a cortarse al ras. De esos que aún llevan poleras negras con el logo de su banda favorita y cantan las canciones con un inglés dudoso, por no decir vergonzoso. Alienados a más no poder, no saben a dónde pertenecen y siempre miran con altanería a los demás. Yo tengo la edición del Definitely Maybe del 94, y tú no. Manchester queda muy lejos.
“Para que algo te importe, tiene que dejar de importarte”. Llegá tarde a la cita, dormite el día de tu entrevista de trabajo. Fumar para no comer. Maldecir para no conversar. Los Gallagher llevan toda la vida arrojándose cosas como deporte nacional.
Hasta que un día dejaron de hablarse durante quince años.
Había un perverso narcisismo en quedarse pegado a la radio, un sábado a la tarde, para grabar con cassette el (What’s the Story) Morning Glory?, en lugar de ir a la fiesta bailable. O en saber en qué tienda de discos piratas se podía encontrar el Unplugged fallido de la banda a solo quince bolivianos. O en leer breves entrevistas y reseñas en el periódico local, y luego recitarlas de memoria el lunes en la escuela. Un cúmulo de datos y anotaciones que nunca servirían para nada. Ni para tener amigos, menos para conocer chicas. Inservible.
Rockerito. Podías ver la forma que adoptaban los labios para pronunciar esa palabra, en cámara lenta, acompañada de una mueca de asco, siempre salpicando saliva al hacerlo.
Es por eso que hoy el cine estaba vacío. Es casi de noche. Oasis: Don’t Look Back in Anger se proyecta en las salas de la ciudad. Es el testimonio del regreso triunfal de la banda a los escenarios, la frágil tregua de los hermanos. Caín y Abel dándose un abrazo y mostrándole el dedo medio a dios.
El hombre de la pandereta luce más seguro. No estaba listo para estas demostraciones de afecto, dice. No se sabe si lo dice por Noel o por los fans.
Al cine acuden tres personas. Están sentadas en lugares distantes. Sin pipocas, sin Coca-cola. Hace frío cuando empiezan los avances.
Oasis ensaya. Primero llega Noel; Liam días después. Viene tarde y se va temprano sin despedirse de nadie.
Oasis cae contigo, dicen a la cámara.
Liam no sabe por qué la gente aún los sigue, los aplaude y todavía llenan estadios. Multitud de fanáticos de todos los credos y razas cantando en un idioma que no es suyo, vistiendo poleras truchas, con el nombre de la banda mal escrito. Apropiándose de las canciones, acorde por acorde.
Hay algo, dice Liam.
Una manera de no enfrentarse a la realidad. Creer —durante los tres minutos que dura la canción— que un estribillo puede arreglarlo todo. Después el encendedor no funciona y los cigarrillos están partidos a la mitad.
El documental termina, aparecen los créditos, pero nadie enciende las luces. Los tres rockeritos se quedan tarareando un par de minutos más.













