Un día salió sangre por mi vagina, era de noche y hacía frio y yo sentía que me metían cuchillos al rojo vivo por la espalda, el vientre bajo y los costados. Al llegar a casa y contarle a mi mamá, me presentó por primera vez las toallas sanitarias, me indicó cada cuánto tenía que cambiarme, cómo tenía que desecharlas y que tenerlas era un lujo que incluso ella misma no pudo experimentar a mi edad, entonces se agradecían. Unas semanas antes ya lo habíamos hablado más a profundidad por un falso positivo en este asunto. Ya sabía qué involucraba el que tu útero sangre.
O eso pensaba.
Ahora mi cuerpo desechaba lo que no fue y ese cambio involucraba mucho más que expulsar sangre.
El cambio siempre fue una constante, el flujo de acontecimientos, cosas, lugares y emociones que pasaban hasta esa edad era el día a día. Crecer se sentía precipitado y todo parecía converger en las mismas 24 horas. Pero este flujo espeso tenía sus propias reglas en el espacio y tiempo; era diferente, iba más lento y por ende tardaba en llegar a cualquier lugar, llenaba de manchas todo lo que tocaba, manchas imborrables que permanecían ahí por mucho que quisieras deshacerte de ellas.
A las toallas les acompañaron los corpiños, otro privilegio al que se le debe. Infinidad de modelos, colores y texturas que te abrazan por las costillas, agarrándote los inexistentes pechos y colgándose de tus hombros, que tenías que usar hasta para dormir si no querías tener esos pedazos de carne colgándote hasta la barriga. Entonces tenías una tela que te picaba los pezones, pretinas y ligas aferrándose a tu piel y una almohadita de algodón en la entrepierna que si te movías equivocadamente la marea roja se desbordaba. Quietita te ves más… ¿incómoda? Y ay de ti si se te notan por algún lado cualquiera de estos dos nuevos accesorios, así que nada de cortos y calzas apretadas y arreglarse el tirante cada que sentías la mirada de reproche de tu mamá con un susurro de “arréglate” y la vergüenza en su rostro. Y agradece, porque no todas pueden acceder a lo que tienes.
Entonces ya no se podía corretear como antes. Todo te jalaba y lo ponía “en su lugar”. Y así era mejor, porque “las señoritas son más quietas y calmadas”. Una señorita era una especie de ser entre el humano, el maniquí y el robot; con movimientos predeterminadamente coreografiados: “parate erguida”, “come como señorita”, “juega civilizadamente”, “sentate como señorita”, “portate bien”. Pucha, ¿cómo es todo eso? Hay que aprender a hacer todo de nuevo, desde caminar hasta pensar.
De repente todo me parecía horrible y lo odiaba. Empecé a odiar mi cuerpo por sangrar, por doler, por estar defectuoso y ni saber controlarse. Odié odiarlos porque tenía que agradecerlos. Odié cada mirada de mi madre observando cada movimiento que hacía y que no. Odié la palabra “señorita” pronunciada por cuanta persona adulta, seguido de qué debería hacer y cómo debería comportarme. Y no podía parar de llorar, todo el día quería solo tirarme a la cama y llorar. Llorar de rabia, llorar de impotencia, llorar de tristeza y llorar y morirme ahí llorando. Y llorar se volvió refugio.
Y si no estaba puteando o llorando, me la pasaba observando a los chicos.
No me había dado cuenta de que mis compañeros varones existían como entes ajenos a nosotras las mujeres. Formábamos en filas diferenciadas y teníamos baños diferentes, pero hasta ahí las diferencias. De repente mi atención se dirigía hacia ellos y me la pasaba horas de horas viéndolos. Cómo interactuaban entre ellos, cómo se hablaban, cómo se comportaban, cómo jugaban.
Y también los odié.
Ellos podían seguir siendo ellos, podían seguir siendo “libres”. Parecía que nadie les controlaba de manera minuciosa y todo lo que eran de «niños» se incrementó de manera exponencial. Golpearse era lo cotidiano porque las luchas estaban de moda y era divertido, tirarse al suelo y revolcarse sin razón aparente, jugar fútbol, gritarse, correr a sus anchas. Yo no podía hacer eso. Estaba muy ocupada arreglándome el corpiño que se había subido por quinta vez en el recreo o que la sangre no traspasara hasta mi uniforme blanco. Lo intentaba, emulaba esos comportamientos cuando sí podía, pero como que algo no cuadraba, esos comportamientos en una niña se veían descontextualizados. Y aparecían adjetivos como “hombre”, “chola” o “marimacho”.
Por mucho que los odiara, quería ser ellos y hacer todo lo que ellos hacían. Porque el odio a mí misma y en especial a mi cuerpo superaba al odio que podía tenerle a cualquier otra cosa en el mundo.
Una tarde, un compañero me pidió ser su novia, yo lo rechacé. No recuerdo qué le dije. Lo que se me quedó fue que al terminar la interacción él empezó a llorar. Hubo todo tipo de opiniones, pero las que más se repetían eran adjetivos como “mujer”, “maricón” o “niñita”.
Llorar era cotidiano, sentirse mal y expulsar agua por tus ojos era normal… ¿no? Muchas compañeras lo hacían, y lo que usualmente pasaba era que tus amigas cercanas te abracen, te consuelen y sean soporte, porque de cierta manera estábamos todas juntas en esto. ¿O no?
Nunca me marginaron como lo hicieron con él.
Lo cambiaron de colegio.
Seguimos llorando entre y por todas.
Dejé de odiarme un poco.













