Alejandra Góngora Valdivia
Hay cuerpos que cruzan fronteras para sobrevivir. Otros, para descansar. En ese cruce desigual, el viaje revela su dimensión política.
Hoy habitamos el cuerpo de una forma particular. Cuerpos que trascienden fronteras de manera literal y política. ¿Cuándo viajar se percibe como legítimo? ¿Quién define esa legitimidad? Mientras unos intentan sobrevivir en medio de la violencia extrema, otros se desplazan con libertad por el mundo.
Durante una conversación con M, un joven turista en Bolivia que recientemente concluyó su servicio militar en Israel, emergen elementos que permiten leer este fenómeno más allá de lo anecdótico. M cumplió funciones de comunicación en una unidad naval durante aproximadamente tres años. Al terminar, inició un viaje por Sudamérica, siguiendo una práctica ampliamente extendida entre jóvenes israelíes.
Relata que el viaje posterior al servicio es casi una etapa esperada. Se organiza en grupo, frecuentemente con amistades de la infancia que terminan el servicio en simultáneo. Existe, además, una red de destinos ya consolidada: Asia y Sudamérica aparecen como circuitos habituales.
Sobre el financiamiento, M señala que reciben un apoyo económico al finalizar el servicio, complementado con ahorros personales. Este elemento resulta clave para comprender la escala y duración de estos viajes, que pueden extenderse entre seis meses y un año.
También enfatiza algo que atraviesa toda la conversación: una fuerte conexión con su país. Incluso en tránsito, el vínculo con Israel permanece activo, tanto en lo afectivo como en lo identitario.
Entonces surge la pregunta:
¿por qué Bolivia?
La elección de destinos en el Sur Global responde, en parte, a condiciones materiales: menor costo de vida, redes previas de viajeros, accesibilidad. Sin embargo, también se inscribe en dinámicas más amplias de movilidad global desigual, donde ciertos cuerpos tienen mayor capacidad de desplazamiento que otros.
Tras la eliminación del requisito de visa para ciudadanos israelíes el 1 de diciembre de 2025 y la reanudación de relaciones diplomáticas, se proyecta un incremento en estos flujos hacia Bolivia. Según el Ministerio de Desarrollo Productivo y Economía Plural, en 2019 ingresaron 3.666 visitantes israelíes al país, mientras que en 2024 la cifra descendió a 599, evidenciando el impacto de la ruptura diplomática previa.
La experiencia de M también permite observar cómo estos viajes se insertan en una lógica de “descompresión” posterior a una etapa altamente disciplinaria. Desde una perspectiva sociológica, esto puede leerse en diálogo con el concepto de habitus de Pierre Bourdieu: disposiciones incorporadas que orientan prácticas, incluso en contextos de aparente libertad. El viaje no aparece como ruptura total, sino como una extensión de trayectorias sociales y culturales.
En el plano regional, emergen diferencias en la recepción. M percibe que en Argentina hay mayor aceptación, mientras que en Chile encuentra más distancia. Estas percepciones dialogan con posicionamientos políticos: el gobierno de Javier Milei ha expresado apoyo explícito a Israel, mientras que Chile ha sostenido posturas críticas en relación con la situación del pueblo palestino.
En territorios como la Patagonia, estas tensiones adquieren otra dimensión. Incendios en áreas protegidas, como el Parque Nacional Torres del Paine, han sido asociados en algunos casos a turistas extranjeros. En 2011, un ciudadano israelí fue detenido por provocar un incendio en la zona. En 2026, se reportó un caso sancionado por uso de fuego en áreas protegidas. Al ser consultado, M atribuye estos hechos a comportamientos individuales irresponsables, señalando accidentes como causa probable.
La conversación también abre interrogantes sobre la construcción de realidad. M describe una visión del conflicto alineada con narrativas ampliamente difundidas en su país, lo que invita a examinar los sistemas de información y socialización política. Estudios en sociología de los medios y del conflicto muestran cómo los marcos interpretativos nacionales configuran percepciones duraderas, incluso en contextos de movilidad internacional.
Mientras tanto, la distancia entre realidades se vuelve evidente. Jóvenes de veintitantos años recorren Sudamérica en busca de descanso y experiencia, mientras en Gaza la vida cotidiana está marcada por la violencia, el bloqueo y la precariedad extrema, documentados por organismos internacionales como Naciones Unidas y Amnistía Internacional.
El turismo, en este contexto, se inscribe en una trama más amplia de desigualdades globales. La capacidad de desplazarse, de elegir destinos, de habitar temporalmente otros territorios, está profundamente condicionada por estructuras económicas, políticas y geográficas.
Según la Agencia de Noticias Fides, expertos señalan que el acercamiento entre Bolivia e Israel no representa beneficios económicos significativos y advierten posibles riesgos, lo que complejiza aún más el debate sobre la apertura de estos flujos.
En este escenario, los cuerpos en tránsito no son neutros. Portan historias, instituciones, memorias. Se desplazan sobre territorios también atravesados por conflictos, desigualdades y disputas.
Mientras viajan, en Palestina, desde octubre del 2023 han muerto 72 mil personas, según organismos internacionales.
Hay cuerpos que pueden moverse porque otros han sido detenidos por la historia. En ese tránsito desigual, el viaje deja huellas que el territorio no olvida.













