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El chaku y la sequía frente a lo que Cocapata tiene

Feb 13, 2026

En tres años Cocapata perdió cuarenta de sus cien lagunas y más de mil animales. Las mujeres que se quedaron guardan semillas, restauran bofedales y esquilan vicuñas cada agosto. La fibra que sacan es la más fina del mundo y termina en Italia.

por: Fabricio Lobaton

Paisaje después de la nevada en el camino a Carmenpampa. Imagen: Fabricio Lobatón.

Los animales se murieron de sed y de frío. Fue en Putucuni, en diciembre de 2022, y las familias que decidieron bajar a Quillacollo y a Cochabamba a trabajar de jornaleros hicieron antes una última cosa: les sacaron la lana a los camélidos muertos. La esquila de un rebaño que ya no existía.

Cocapata queda a 130 kilómetros de Cochabamba, entre los 3.200 y los 4.800 metros. Es el municipio más joven del departamento: tiene dieciséis años. Tenía cien lagunas. Le quedan sesenta.

Los Ciclos

Acá los ciclos eran una forma de saber. Las nevadas en junio, las lluvias en su mes, la esquila en agosto. Eso se rompió.

La sequía llegó primero, en 2022, y duró meses. Ese fue el año de más baja precipitación de los últimos doce en varias regiones de Bolivia: el fenómeno de La Niña, instalado desde septiembre de 2020, había estirado los meses secos y comprimido las lluvias en muy poco tiempo. La sequía prolongada afectó a 486.000 familias en siete de los nueve departamentos del país. La papa y el maíz se sembraron tarde. En Cocapata, tarde significó no sembrar.

Ese mismo diciembre se secó casi la mitad de las lagunas, la comunidad de Colorados Seque Rancho ardió durante cuatro días y después, encima, nevó fuera de temporada.

Tres años más tarde, en septiembre de 2025, nevó cinco días seguidos y el tráfico se detuvo.

El 4 de septiembre el alcalde Gabriel Rivas declaró desastre municipal. El municipio contó: veintidós comunidades afectadas en cuatro regiones —Altamachi, Icari, Calientes, Ichoro—, 672 familias, 671 camélidos muertos, 8.665 animales en riesgo. El Ministerio de Defensa hizo su propio relevamiento y contó otra cosa: más de 1.500 animales muertos, entre llamas, alpacas, cerdos y otros domésticos, y más de cien hectáreas de cultivos de papa perdidas.

Las dos cifras son oficiales. Entre una y otra hay más de ochocientos animales de diferencia.

El Senamhi, cuyo sistema de alertas fue fortalecido entre 2019 y 2022 con apoyo de la cooperación italiana, emite alertas naranja: tormentas eléctricas, olas de frío, vientos de 70 kilómetros por hora. En Huara Pucara y Altamachi, mientras tanto, organizan las esquilas.

Perú · cadena de valor de la fibra de vicuña

La fibra más fina del mundo

Del vellón a la vitrina
−36 % cayeron los pagos a las comunidades
en la última década
80 %

de la población de Lucanas declaró que no se benefició económicamente del comercio de vicuña, tras treinta años de trabajo con Loro Piana.

Todas estas cifras son peruanas. En Altamachi, 150 socios de la Asociación de Manejadores de Vicuña viven del chaku. Cuánto reciben por kilo, y quién les compra, es la cuenta que falta hacer del lado boliviano.

Fuentes: Gobierno del Perú (2018) y datos de exportación (2023). Los dos hilos están dibujados a escala entre sí.

La placa

En la Alcaldía de Cocapata hay una placa. Dice: Estado Plurinacional de Bolivia, República Bolivariana de Venezuela. Dice: Programa Bolivia Cambia Evo Cumple. Dice: Proyecto Construcción de la Alcaldía Municipal de «Cocapata». Gestión 2012.

Placa de la construcción de la Alcaldía Municipal de Cocapata en 2012. Imagen: Fabricio Lobatón.

La sede se inauguró y es funcional. Casi no la usan. Lo único que funciona ahí todo el tiempo es el nodo radial. Los trámites se hacen en Quillacollo, cuatro horas de camioneta montaña abajo, porque desde Quillacollo se llega más rápido a la Gobernación departamental.

Elizabeth Basilia bajó esas cuatro horas para que la entrevistáramos. Es parte del directorio de la Asociación de Mujeres Productoras de Altamachi y decidió no irse.

«Me quedo por mi familia», dice. «Aquí está todo: mi casa, mis animales, mi comunidad. ¿A dónde voy a ir? Queremos trabajar, trabajamos, pero no da.»

Conoce familias que se fueron y no volvieron. Conoce otras que vuelven cada temporada de esquila y bajan de nuevo.

El Dinero

«Nosotros, como municipio, no tenemos recursos suficientes», dijo el alcalde en 2022. No era una queja: era una descripción. Cuando llegó la nevada de 2025, Cocapata ya se había gastado su presupuesto de desastres en los desastres de los años anteriores.

El Viceministerio de Autonomías calcula los factores de distribución de la coparticipación tributaria para los 339 municipios del país. Los municipios jóvenes como este dependen de transferencias que nunca alcanzan. La pérdida de infraestructura productiva no solo interrumpe la actividad económica: anula la posibilidad de mejorarla.

En 2024, el presupuesto del sector de medio ambiente y agua fue el 0,79 por ciento del Presupuesto General consolidado de Bolivia. El menor de todos los sectores, según un análisis de la Fundación Solón sobre cifras oficiales del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas. Hidrocarburos y energía se llevan el 38 por ciento.

Existe un Sistema Nacional de Reducción de Riesgos y Atención de Desastres, el Sisrade, que coordina desde el nivel central hasta los comités municipales. La respuesta es lenta por los trámites. Y hay un obstáculo más terrestre: según la secretaria de Hacienda de la Asociación de Mujeres Productoras de Altamachi, los vehículos de alto tonelaje provocan deslizamientos en los caminos de tierra. La ayuda que llega pesada no llega.

Las que se quedaron

Cocapata tiene 19.608 habitantes según el censo de 2024, repartidos en 120 comunidades rurales, de acuerdo con Itaka-Escolapios, la organización escolapia que trabaja en el territorio desde hace años.

En Bolivia, siete de cada diez personas viven ahora en áreas urbanas. La población urbana pasó de 708.000 habitantes en 1950 a 7,8 millones en 2024; la rural se estabilizó en torno a los 3,5 millones. No es que el campo se vacíe. Es que el peso de sostener la producción agrícola en zonas de montaña recae cada vez en menos manos.

Se van, sobre todo, por lo que no hay: servicios públicos, caminos vecinales, energía eléctrica, agua potable, educación, salud. Y por lo que sí hay: heladas, sequías. Los jóvenes se van a estudiar porque en su municipio no se puede.

Los que se van son, sobre todo, hombres. Simona Montecinos preside la Organización de Mujeres de Cocapata, una asociación de agricultoras que se ocupa de temas de género en el municipio y que creció al ritmo de las crisis: los hombres migraron a Cochabamba y a La Paz, y las mujeres quedaron a cargo de los animales, los cultivos y la tierra.

Reunirse cuesta. Entre Cocapata, Carmenpampa, Altamachi y Huara Pucara no hay carreteras en buen estado, cada comunidad tiene su directiva, y juntarse como Asociación de Mujeres Productoras requiere horas de camino en condiciones difíciles.

Comunarios de Altamachi reciben la personería jurídica de su Asociación de Esquiladores. Imagen: Fabricio Lobatón.

Sandra Mamani, secretaria de Hacienda de la Asociación de Mujeres Productoras de Altamachi, cuenta que en 2024, con apoyo de la Fundación Kurmi-Adsi, pudieron probar otras cosas: tejido, y pan en hornos que financió la fundación. «No es sustento todavía, pero ayuda», dice.

Antes se sembraban cincuenta variedades de papa en Cocapata. Quedaron tres, las que se venden. Ahora están rescatando las que aguantan la helada: yana qoyllu, puka qoyllu, kallpa runa, malcacho. Las intercambian en ferias. Las guardan en despensas.

Y están recuperando los bofedales —humedales de altura que funcionan como esponja: regulan, almacenan y filtran el agua— con una técnica que llaman champeo, que consiste en cortar el césped para que rebrote con más fuerza. Kurmi-Adsi trabaja con 480 familias dispersas en los tres pisos ecológicos del municipio; sus proyectos se centran en la participación femenina, desde asociaciones contra la violencia de género hasta agroforestería y asesoramiento en el manejo de vicuñas. El trabajo incluye canalizar agua y reconstruir qochas, las depresiones que los antiguos excavaban para juntar agua de lluvia. Las qochas no solo guardan agua: arman microclimas que protegen los cultivos de la helada.

Porque Cocapata no es un solo lugar. Romer Payti, director de Desarrollo Productivo del municipio, lo explica así: «Está conformado por tres grandes pisos ecológicos: altura o puna, valles y zonas subtropicales». En la altura, papa y camélidos. En los valles, tres cosechas al año. En el trópico, plátano, palta, chirimoya, café, cacao.

La vicuña

Cocapata concentra el 40 por ciento de todos los camélidos del departamento de Cochabamba y es el primer productor del valle. Y tiene algo que no tiene nadie más en el departamento: la vicuña silvestre de Altamachi.

Vicuñas silvestres en los bofedales de Altamachi, Cocapata. Imagen: Fabricio Lobatón.

A diferencia de las vicuñas domesticadas o en semicautiverio de otros departamentos andinos, las de Altamachi viven completamente libres. Se mueven por lomas y serranías entre los 3.800 y los 4.200 metros, siguiendo los ciclos naturales del pasto y el agua. Una vez al año, entre agosto y septiembre, las comunidades hacen la captura ritual: control sanitario, esquila, y las sueltan. A eso le dicen chaku.

Según el censo de la Gobernación de Cochabamba de 2017, hay al menos 1.200 cabezas. El aprovechamiento de la fibra beneficia a 200 familias de seis comunidades del municipio. La Asociación de Manejadores de Vicuña reúne a 150 socios que viven del chaku.

Ser silvestre las hace más vulnerables. En 2013 una nevada mató 200 vicuñas. Cuando las lagunas se secan o la nieve llega fuera de temporada, no hay corral donde meterlas.

María René Pinto, bióloga de la Universidad Mayor de San Andrés y coordinadora en Bolivia del proyecto Andes Resilientes al Cambio Climático, lo dice sin rodeos: «Lo que vemos en Cocapata no es un caso aislado. Es lo que está pasando en toda la cordillera andina». Y sobre las vicuñas: «Son animales de altura sorprendente, la princesa de los Andes, donde están los bofedales».

En abril de 2022, cerca de cien mujeres indígenas y campesinas de distintos municipios de Bolivia se juntaron en La Paz en un encuentro llamado «Construyendo caminos para la vida. Mujeres frente al cambio climático», convocado por la Autoridad Plurinacional de la Madre Tierra con apoyo del proyecto regional Andes Resilientes y la Cooperación Suiza. Pinto facilitó el diálogo. Dijo que las mujeres son agentes centrales porque permanecen en los territorios, conservan saberes ancestrales y producen alimentos.

Permanecen. Eso es lo que hacen.

Doce Micrones

La fibra de la vicuña mide doce micrones. Un pelo humano mide cincuenta. Es la fibra animal más fina del mundo, y por eso, a mediados del siglo XX, la vicuña casi desapareció. En 1969, con la población al borde de la extinción, se prohibió el comercio de la lana. Un tratado internacional posterior reabrió un mercado legal con una condición escrita: los ingresos derivados de las vicuñas debían beneficiar a los pueblos indígenas andinos. Bolivia y Perú firmaron primero. Después se sumaron Chile, Ecuador y Argentina.

Eso dice el tratado. Esto es lo que pasa del otro lado de la frontera.

En Perú, una comunidad recibe alrededor de 350 dólares por kilo de fibra. El 97 por ciento de esa fibra se exporta a Italia. Loro Piana, del grupo LVMH, controla el 56 por ciento de las exportaciones. Un suéter cuesta 9.000 dólares. En Lucanas, después de treinta años de trabajo con la empresa, el 80 por ciento de la población declaró que no se benefició económicamente del comercio de vicuña. Los pagos a las comunidades cayeron 36 por ciento en una década.

Cocapata, Bolivia · 2022–2025

Costo del colapso climático

Los datos son peruanos. La cuenta boliviana —cuánto reciben por kilo los 150 socios de Altamachi, quién les compra, adónde va esa fibra— es la que falta.

Las montañas

En julio de 2017, durante la Semana de la Montaña en Bogotá, los gobiernos de Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Venezuela aprobaron una Agenda Estratégica con diez objetivos para la adaptación de las montañas andinas. Lo reportó el medio boliviano La Región en agosto de ese año.

María Argüello, directora ejecutiva del Consorcio para el Desarrollo Sostenible de la Ecorregión Andina, Condesan, explica por qué hizo falta: «Las montañas han estado fuera del radar de la política pública por muchos años. Quizás porque siempre se pensó que la región privilegiada de conservación era la Amazonía. Nada menos cierto».

Los glaciares andinos tropicales se redujeron 42 por ciento entre 1990 y 2020. El Chacaltaya desapareció en 2009. De esas masas de hielo viene el 15 por ciento del agua de La Paz y El Alto, donde viven 2,3 millones de personas.

El modelo climático PRECIS proyecta para el territorio boliviano un aumento promedio de temperatura de 4,4 grados, con los máximos en el Altiplano Sur y mayor riesgo de inundaciones en las tierras bajas amazónicas.

Cocapata está en la transición entre ambas zonas. Experimenta lo peor de ambos mundos. Pero las soluciones desde arriba llegan despacio. Mientras tanto, las redes de semillas siguen circulando yana qoyllu y malcacho, la Asociación de Manejadores de Vicuña sigue gestionando las vicuñas de Altamachi y las esquiladoras realizan el chaku cada agosto y septiembre.

Reportaje ganador de beca de la iniciativa Get Ready for the COP 2025, de DW Akademie.

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Escrito por Fabricio Lobaton

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