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Blasphemous: horror religioso visto desde el espejo latinoamericano

Abr 23, 2026

Freddy Avendaño

En casi cada casa latinoamericana hay un crucifijo. Un Cristo sangrante, con llagas abiertas, clavos hundidos y corona de espinas que gotean sangre. Esas imágenes nos permean desde niños: procesiones donde penitentes se azotan en Semana Santa, vírgenes que lloran sangre —como la Rosa Mística en Paraguay en 2025 o casos recurrentes en toda Latinoamérica—, recordatorios constantes de un dolor divino que no pide permiso para entrar en nuestras vidas. Esta permeación no es casual, el catolicismo llegó a nuestras tierras con sangre: iglesias erigidas sobre templos indígenas, como la Catedral de México sobre el Templo Mayor azteca o la de Cusco sobre el Coricancha inca, borrando cosmogonías para imponer una fe que glorifica el sufrimiento.

Aquí radica la diferencia visceral con España, cuna de estos conceptos. En Sevilla, el martirio y la penitencia son normalizados, venerados con orgullo: cofradías cargan pasos pesados en Semana Santa como sacrificio, herencia de mártires católicos que eligieron la fe ante romanos o moriscos. El penitente nazareno azota su espalda en público por devoción orgullosa, un ritual que une comunidad y celebra la identidad hispánica forjada en siglos de reconquista. Para ellos, es celebración. En Latinoamérica, en cambio, esos mismos símbolos aterran por tergiversación histórica: nuestros mártires no eran católicos, sino indígenas defendiendo su cultura, identidad y religión. La proliferación del cristianismo fue conquista violenta, no hubo elección; el sacrificio se impuso sobre genocidios, dejando un legado de miedo subconsciente donde la sangre divina evoca opresión

Imagina entonces un videojuego que toma esas imágenes y las eleva, convirtiéndolas en un mundo jugable de pesadilla. «Blasphemous», desarrollado por el estudio español The Game Kitchen, no inventa su horror religioso: lo exhuma de la tradición católica real y lo retuerce en gore barroco. Yo lo he jugado docenas de veces —ambos títulos—, y terminé tatuándome a “El Retorcido” en la piel, una fascinación personal que nace de cómo se captura esa estética que siempre me ha llamado la atención: la del dolor sagrado hecho arte.

En este juego encarnas a “El Penitente”, un sayo encapuchado en Cvstodia, una tierra maldita por el «Milagro» —un evento apocalíptico de sangre divina, comparable a la idea del Dios del antiguo testamento—. Plataformas en ríos de bilis, luchas contra guardianes flagelados, todo envuelto en cánticos gregorianos, guitarra flamenca y arquitectura abrumadoramente familiar.

La parte que más resalta del juego, para mí, es su estética: cada píxel grita iconografía católica deformada. Los Besadores de Llagas, monjes que lamen heridas infectadas, evocan cofradías reales donde devotos besan estatuas laceradas. La espada Mea Culpa, forjada con una espina que causa éxtasis al herir al portador, simboliza la paradoja del martirio: placer en el dolor, como en las procesiones andinas donde indígenas sincréticos cargan pesadas penitencias hasta sangrar. Pero vayamos a lo personal. El Retorcido, ese hombre contorsionado en penitencia eterna por presenciar el Milagro, es mi tatuaje —una muestra de cuánto me impactó el juego al cristalizar temas que me obsesionan—. Inspirado en penitentes reales y las pinturas negras de Goya, representa el castigo inocente bajo el fanatismo religioso y dentro del juego es la imagen que suplanta al crucifijo cristiano.

Y luego, Jocinero: mi escena favorita, un querubín grotesco nacido de un toro que se enamoró de la Luna. En su parto, destroza por la mitad a su padre, encarnando destrucción para crear —una cosmogonía retorcida que resuena con mitos indígenas latinoamericanos absorbidos por el catolicismo. Personajes como Ten Piedad (beatos consumidos y trasformados por su fe), Melquiades (Santos enroyados post-iconoclasmo), o Expósito (Una muestra directa de lo crudo de la inquisición) no son ficción: son mitos de santos reales a los que aún se le rinden culto. San Sebastián flechado, Socorro en torturas perpetuas —el juego los desentierra y los hace jugables, sorprendiendo al jugador con su veracidad histórica.

Vladimir Acosta lo resume: «La Iglesia católica fue y es un pilar fundamental del colonialismo en América Latina», destruyendo templos para imponer esta fe sangrienta que aún define nuestra psique. En Blasphemous, los creadores andaluces celebran su folclore —»inspirado en la iconografía cristiana y arquitectura del sur de España», pero, para nosotros, el impacto es mayor: ese miedo no es exótico, es familiar, heredado de conversiones forzadas y rituales que mezclan terror indígena con culpa cristiana.

En conclusión, Blasphemous usa esta estética de manera magistral, un triunfo del indie que critica el fanatismo mientras glorifica su belleza macabra. Como latinos nos hace más impresionables, sí, por nuestro contexto —la religión no celebrada, sino impuesta con sangre en nuestras raíces—.

Jueguen Blasphemous; sentirán el espejo de nuestra devoción rota. Para mí, no es solo un juego: es el horror que siempre llevamos dentro.

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Escrito por Freddy Avendaño

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