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Padrastros del cuerpo

Abr 22, 2026

Verónica Posada

Diseccioné la cutícula de mis dedos

para tratar de entender

por qué la manía de arrancarme los padrastros con mis dientes.

Y descubrí

que es un patrón silencioso y visible

de distraer mis pensamientos intrusivos con dolor.

Cómo no haber adivinado antes

que la piel guarda profundos secretos,

que el cuerpo hace un performance

para llamar nuestra atención

y nosotros lo llamamos hábito de conducta.

Lo supe

cuando arranqué aquella fina capa que me protege

y brotó una gota de sangre.

Me dije: no lo volveré a hacer.

Y seguí con el siguiente,

casi de una forma inconsciente,

pero continua.

Y así fue aquello:

una metáfora abrupta de mi vida,

una geometría sagrada pervertida

por un apando establecido en mi piel.

Elegir el dolor como forma de vida

no es una condición natural humana,

pero sí un artificio del sistema en el que crecimos.

No soy ansiosa por herencia,

ni por decisión propia.

Me hicieron creer

que era una palabra adecuada

para describir un malestar cultural,

y colgué la etiqueta

porque era más fácil asumir una enfermedad

que un diálogo crítico sobre mí misma.

El cuerpo es un lienzo blanco y puro

que atiborramos de mercadotecnia

y lo llamamos símbolo, lenguaje… verdad.

¿Por qué llamamos padrastros

a esa piel cercenada por la herida?

¿Por qué a todo lo que hiere profundamente

lo nombramos con palabras absurdas,

sin sentido?

¿Por qué la trampa en la sintaxis,

en la gramática,

en el lenguaje mismo?

Desde entonces dejé de abrir mi boca para castigarme,

y posé sobre mis dedos sangrantes

un beso profundo de amor en tregua.

Desde entonces,

antes de dormir,

beso mis manos.

Olvidé el Padre Nuestro que rezaba mi madre

para que Dios me protegiera de mí misma,

y opté

por la responsabilidad afectiva

de autoproclamar

mi propia autodivinidad

en nombre del amor.

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Escrito por Verónica Posada

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