Verónica Posada
Diseccioné la cutícula de mis dedos
para tratar de entender
por qué la manía de arrancarme los padrastros con mis dientes.
Y descubrí
que es un patrón silencioso y visible
de distraer mis pensamientos intrusivos con dolor.
Cómo no haber adivinado antes
que la piel guarda profundos secretos,
que el cuerpo hace un performance
para llamar nuestra atención
y nosotros lo llamamos hábito de conducta.
Lo supe
cuando arranqué aquella fina capa que me protege
y brotó una gota de sangre.
Me dije: no lo volveré a hacer.
Y seguí con el siguiente,
casi de una forma inconsciente,
pero continua.
Y así fue aquello:
una metáfora abrupta de mi vida,
una geometría sagrada pervertida
por un apando establecido en mi piel.
Elegir el dolor como forma de vida
no es una condición natural humana,
pero sí un artificio del sistema en el que crecimos.
No soy ansiosa por herencia,
ni por decisión propia.
Me hicieron creer
que era una palabra adecuada
para describir un malestar cultural,
y colgué la etiqueta
porque era más fácil asumir una enfermedad
que un diálogo crítico sobre mí misma.
El cuerpo es un lienzo blanco y puro
que atiborramos de mercadotecnia
y lo llamamos símbolo, lenguaje… verdad.
¿Por qué llamamos padrastros
a esa piel cercenada por la herida?
¿Por qué a todo lo que hiere profundamente
lo nombramos con palabras absurdas,
sin sentido?
¿Por qué la trampa en la sintaxis,
en la gramática,
en el lenguaje mismo?
Desde entonces dejé de abrir mi boca para castigarme,
y posé sobre mis dedos sangrantes
un beso profundo de amor en tregua.
Desde entonces,
antes de dormir,
beso mis manos.
Olvidé el Padre Nuestro que rezaba mi madre
para que Dios me protegiera de mí misma,
y opté
por la responsabilidad afectiva
de autoproclamar
mi propia autodivinidad
en nombre del amor.













