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Chatdÿe Tsimane: Vistas de una especie que cautiva

Mar 17, 2026

La naturaleza y el ser humano. El humano en su naturaleza. La humanidad natural y la naturaleza humana. Conceptos que, aunque parecen distintos, se entrelazan con una familiaridad tan antigua que a menudo se diluyen en la comprensión cotidiana. Los pronunciamos sin advertir que, en el fondo, contienen una de las preguntas más persistentes de nuestra especie: ¿es nuestra materia suspendida, manchada de racionalidad distinta a la que la materia que nos rodea?

Quizás la respuesta se encuentre en aquello que parece más simple. En una mano que se pierde entre las hojas que teje, como si el gesto de trabajar la tierra fuera también una forma de diálogo con ella. En una gallina que se pasea con absoluta naturalidad entre los comensales de un hogar sin paredes, recordándonos que las fronteras entre lo doméstico no se limita a nuestra ilusión urbana. En los plátanos colgados en el cuello de mujeres que caminan trechos extensos para alimentarse de este fruto.

El documental Chatdÿe Tsimane (Pariente Chimán) de Manuel Seoane (2022) rehúye deliberadamente los caminos convencionales del género. No se presenta como una narración distante ni como una mirada externa que pretende explicar un mundo ajeno. Por el contrario, se permite algo más raro y más valioso: ceder la palabra, o en este caso, el lente. Aquí, los personajes dejan de ser simples objetos de observación y se convierten también en autores de su propio relato. La cámara deja de ser un instrumento que mira desde afuera y se transforma en una extensión de la vida, en una herramienta que permite registrar aquello que ya existe, aquello que sucede sin necesidad de un protocolo o planificación, como la vida misma.

La deforestación, tema que podría dominar el discurso con la fuerza de una denuncia explícita, aparece de una forma más subliminal, casi insinuada. No se impone como una abstracción política ni como un concepto distante. Se filtra lentamente en la vida cotidiana, en los gestos más pequeños, en las historias que se cuentan entre las hojas de un bosque que, poco a poco, se vuelve más pequeño. Es asi que el documental transmite esa preocupación de lo que puede suceder en esa tierra que forma parte de la vida comunitaria y donde cada vez deben desplazarse mas por la codicia de las madereras.

Entre tanto, la vida continúa. Animales y plantas no aparecen como elementos exóticos, sino como presencias familiares que forman parte de la vida colectiva de este pueblo. La fauna y la flora son aquí parte del tejido cultural tanto como los relatos, las costumbres o los silencios. La convivencia con la naturaleza no se presenta como una hazaña ni como una elección consciente; es, simplemente, la única forma en la que saben vivir. En esa austeridad cotidiana se revela algo profundamente humano. La vida de la comunidad, lejos de la acumulación y del ruido del mundo moderno, parece recordarnos que las necesidades fundamentales de nuestra especie son, en realidad, pocas y sencillas. En esa simplicidad hay una sabiduría silenciosa: la de una existencia que no busca dominar la naturaleza, sino habitarla y que nos habite.

El trabajo de Manuel Seoane, fotoperiodista de mirada inquieta y sensibilidad persistente, vuelve a sorprender con una propuesta que desafía las convenciones del documental clásico. Su apuesta es preciosa: permitir que quienes son filmados se
conviertan también en quienes filman. Que la historia no sea narrada desde la distancia, sino desde la intimidad de quienes la viven.

Así, el documental se convierte en una ventana abierta al día a día de la comunidad Maraca’tunsi, una de las pocas comunidades indígenas que aún subsisten en la Amazonía boliviana. Su existencia al dia de hoy parece casi irreal y llama la atención de medios como la BBC quien los denomina en un documental como “el pueblo boliviano que envejece lento”, un fenómeno que ha despertado el interés del mundo por la notable salud cardiovascular de sus habitantes y por la relación íntima que mantienen con su entorno.

Pero este documental no se limita a registrar una realidad. Tampoco se conforma con advertir sobre las consecuencias de una deforestación feroz que amenaza al hogar de las personas que no se saben por fuera de la naturaleza. Busca otra cosa, proyectar un retrato vivo. Un retrato de los Chatdye Tsimané —parientes tsimane—, pero también, de algún modo, un retrato de nosotros mismos. Porque al observar esa vida que transcurre entre el bosque, los animales y el silencio, surge inevitablemente una pregunta que atraviesa la pantalla y se instala en quien mira.

¿Quiénes somos cuando el concreto termina?

¿Y qué sucede en aquellas realidades donde la naturaleza, con su voracidad indómita y su presencia inevitable, deja de ser paisaje para convertirse en una parte inseparable de lo que somos?

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Escrito por Olivia Fischer

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