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El escritor que no piensa en el cuerpo

Mar 25, 2026

Verónica Rocío Posada Soto

Mis uñas están cansadas de seguir el flujo incesante
de unos dedos ansiosos
que escriben desde la cabeza,
desde la educación racional del “escritor bien”.

Escriben para la comodidad
de otro ilusorio que tal vez nos lea.

Entonces se van poniendo grises,
se resecan,
entran los dientes rumiando la carne,
la piel hecha polvo
vestida en la herida
que provoca la ansiedad de lo inalcanzable,
la perfección.

La garganta se cierra
y el nudo que estrangula a las palabras
es el eco de aquello que oprime las vísceras
hasta volver al deseo
una úlcera.

Una úlcera de pensamientos ácidos
que roen
las entrañas mismas del alma-corazón.

El cuerpo habla.
Intenta dialogar con la razón.

Pero hemos sido educadas
para solo sentarlo
en la hermética silla frente al escritorio.

“Cállate.
Déjame pensar.
Déjame crear”.

Y entonces aparece el demonio del ego,
la idea del escritor que no piensa en el cuerpo,
como si él no fuera
quien lo habita.

Durante años se nos enseñó a escribir como si el cuerpo fuera un estorbo.
Como si pensar ocurriera en un lugar limpio, abstracto, separado de la carne.
La escritura “seria” debía ser clara, ordenada, controlada.
Sin sudor.
Sin temblor.
Sin espasmo.

Pero el cuerpo no acepta ese exilio.

El cuerpo recuerda lo que la razón intenta pulir.
Guarda la ansiedad en el estómago,
la rabia en la mandíbula,
el miedo en la garganta.
Cuando no se le escucha, enferma.
Cuando se le obliga a producir sin sentir, protesta.

No es casual que tantas escrituras contemporáneas estén atravesadas por el cansancio, el insomnio, la inflamación, la ansiedad.
No se trata de fragilidad individual, sino de una pedagogía que nos enseñó a crear desde la disociación.
A pensar sin cuerpo.
A escribir como si no doliera.

El cuerpo, sin embargo, insiste.
Se manifiesta como bloqueo,
como nudo,
como fatiga,
como exceso.

No porque no quiera escribir,
sino porque no quiere seguir siendo ignorado.

Pensar desde el cuerpo no es escribir “desde la emoción” en un sentido banal.
Es reconocer que toda idea nace situada:
en una respiración,
en un latido,
en una historia corporal concreta.
Que no hay pensamiento sin materia.
Que no hay lenguaje sin carne.

Quizá escribir hoy implique otra ética:
escuchar al cuerpo antes que dominarlo,
dejar que la escritura respire,
permitir que el texto tiemble.

No para romantizar el dolor,
sino para no seguir reproduciendo la ficción
del escritor que crea como si no estuviera vivo.

Tal vez el cuerpo solo pide eso:
no ser silenciado cuando escribe,
no ser tratado como un soporte pasivo,
no ser castigado por pensar a su manera. Porque el cuerpo no interrumpe la escritura.
La sostiene.

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