Vanessa Arguedas
Para exhumar el empoderamiento, primero hay que reconocer que su origen no fue un eslogan sexy o punchy, sino una ontología de la resistencia. En la genealogía de la liberación, el término buscaba desplazar el eje de la soberanía desde la estructura hacia el margen. Era un intento de devolverle al «otro» su capacidad de ser sujeto de su propia historia. Un concepto con peso, con calle, con cicatrices.
Sin embargo, en su tránsito hacia el trending topic verbal, el concepto ha sufrido una inversión perversa. Ya no es una herramienta para fracturar el poder, sino el disfraz perfecto para mimetizarse con él. El empoderamiento contemporáneo es la etapa superior del individualismo: una transferencia de la autoridad política hacia el narcisismo privado.
Es casi tierno, si no fuera patético: hemos pasado de la búsqueda de justicia a la acumulación de «potencia» personal, una suerte de capital vital que se exhibe en la vitrina del yo, pero que no se comparte con nadie. Es el «yo puedo» gritado al espejo mientras el mundo se cae a pedazos.
¿Qué necesidad emocional estamos tratando de llenar con este fetiche lingüístico? En un mundo donde la agencia real se disuelve en algoritmos y precariedad, el lenguaje nos ofrece un refugio compensatorio. Usamos la palabra como un talismán para simplificar problemas complejos: es mucho más cómodo «empoderarse» declarando la guerra santa al género opuesto en un tuit, que admitir que nuestro verdadero verdugo es un sistema económico que nos explota a todos por igual mientras nos invita a pelearnos por las migajas de la identidad.
Lo verdaderamente alarmante es cómo este término se ha convertido en la validación del odio. Bajo el dogma del sujeto «empoderado», la subjetividad se vuelve sagrada e incuestionable. Si mi identidad es mi fuente de poder, entonces cualquier disidencia externa es interpretada como un intento de aniquilación. Aquí, el odio no se reconoce como tal; se disfraza de «autenticidad radical».
El individuo, blindado por su supuesta soberanía, se siente con el derecho moral de ejercer la violencia verbal como un acto de «reclamación de espacio». Es la carga ideológica del siglo XXI: la crueldad validada por la narrativa de la víctima que, al fin, ha tomado el látigo. El odio ya no es un vicio; es una «conquista del yo».
En esta farsa performativa, resulta conmovedoramente irónico observar cómo el ciudadano moderno se siente «empoderado» precisamente en el momento de su mayor domesticación. Creemos que estamos desafiando al sistema mientras utilizamos su propio léxico mercantilizado para definir nuestra libertad. Al final, el término ha quedado reducido a un accesorio de moda, una corona de cristal que brilla justo antes de romperse al menor contacto con la realidad colectiva.
Porque la verdadera trampa del empoderamiento moderno es habernos convencido de que la soberanía se construye en soledad, frente al espejo o a nuestra propia imagen digital. Nos han vendido un «poder» que nos aísla, cuando la única potencia real es la que nace del reconocimiento del otro. Si el empoderamiento no es colectivo, no es poder; es simplemente un berrinche individualista decorado con retórica de vanguardia. Nuestra imperfección solo encuentra sentido en la red que tejemos con los demás. Necesitamos al otro no como un enemigo para validar nuestra «autenticidad», sino como el único espejo capaz de devolvernos una imagen humana. Es hora de dejar de pulir nuestras pequeñas coronas de plástico y volver a la urgencia de lo común, donde el poder no se acumula, sino que se comparte para, de una vez por todas, fracturar las estructuras que nos mantienen tan «empoderados» como jodidos.













