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En busca de la fruta perfecta

Abr 13, 2026

Leandro Soto

Cuando Alejandro Vigil era un niño, su abuelo Tristán le leía partes de la Divina Comedia. Un extenso poema de Dante Alighieri escrito en el siglo XIV que describe el viaje de Dante, uno de los personajes principales, a través del infierno, el purgatorio y el paraíso. Se podría decir una obra alegórica sobre el recorrido hacia la salvación. Casa Vigil, propiedad de Alejandro Vigil y su esposa María Sance, queda en Paraje Chachingo, departamento de Maipú, a unos 30 kilómetros de la ciudad de Mendoza en Argentina. Todo empezó con ellos dos en el año 2006, tomando mate a las 6 de la mañana antes de llevar a sus hijos a la escuela. Conversaron sobre comprar unas pocas hectáreas -para lo que alcanzaban los ahorros- con el plan de tener una huerta, tomates, algunos viñedos. La casa familiar. Algo más que uniría ese presente con otro recuerdo de la infancia, el abuelo Tristán además había sido viticultor en la provincia de San Juan.

Cachingo es una de las primeras zonas vitivinícolas de Argentina. En el pasado, por parte de esa región pasaba el río Mendoza, luego dividido por la erupción del volcán Tupungato. Es una zona particularmente fértil, arenosa y con humedad. La tierra late y tiene memoria. Lo veo a Vigil mirar la Cordillera de los Andes. Debajo de sus pies hay un suelo intenso, pedregoso, que guarda la historia de miles de años y él intenta descifrar en una uva con la que hará los vinos más premiados y con mejor puntaje del país. En la superficie hay olivos y plantas de vid, con sus podas, la quietud de las sequías, la felicidad de las vendimias. Su historia: a veces pienso que la vid es un cuerpo que recuerda, dirá Alejandro Vigil.

María Sance es bióloga, docente e investigadora. Con Alejandro están juntos hace casi 30 años y si él se obsesiona con la mejor uva, ella lo hace con el mejor tomate. Es hija de un productor agrícola de la zona y por eso también conoce la tierra, el trabajo de los productores, se interesa por saber quiénes son y cómo hacen su trabajo. Habla con entusiasmo de la región y de los frutos de su provincia. Pronuncia las palabras “Universo Vigil” para contar que le dan trabajo a muchas familias y productores locales, todo suma más de 700 personas. La marca Vigil incluye cervezas, hamburguesas, restaurantes, dulce de leche, conservas, filiales en el exterior, en Buenos Aires. Y, claro, si Vigil es un universo su centro son los vinos. En Mendoza la comida acompaña al vino, afirma. Al igual que Alejandro, y que gran parte de las personas, el presente de María está atado a un hilo que la une a su infancia.

En muchas de las zonas agrícolas de Argentina las horas de sol intenso determinan la hora de la siesta. Los productores empiezan al amanecer y buscan la sombra durante el mediodía porque es casi imposible seguir trabajando a la intemperie. Los niños suelen no dormir, pero igual deben hacer silencio. Yo, por ejemplo, solía no dormir y hacer silencio cuando mis abuelos, ex peones rurales en Entre Ríos, paraban a “hacer la siesta” cada tarde de mis vacaciones de enero en su casa. Lo mismo pasaba en cada calle, en el balneario a orillas del río, cada banco de plaza, en cada parte del pueblo. Pero en Mendoza, mientras la familia de María descansaba, ella salía a comer tomates plantados por su padre y los lavaba con el agua de la acequia, un extenso sistema de riego mediante canaletas, que pasaba por la puerta de su casa. Describe la imagen con la misma felicidad que una niña, de ahí su búsqueda de “tomates con sabor a tomate”, los de su infancia. El restaurante de Casa Vigil es estrella Michelín, explicará María. Una verde en reconocimiento a la sustentabilidad y otra por su servicio gastronómico. Esto quiere decir que los críticos se fijaron desde cómo es el baño y la recepción, pasando por la comida, la vajilla, la ambientación, los equipos, el maridaje con el vino, la calidad de los tomates. Comer es una experiencia completa. María también habla de tesis doctoral, posdoctorado, grupo de investigación, con precisión académica y la claridad de quien conoce la tierra desde todos los ángulos posibles.

En gran parte de la zona vitivinícola de Mendoza confluye un clima desértico. La región está en emergencia hídrica hace más de una década. Cada vez que converso con alguien relacionado a la industria del vino también me habla del valor del dólar, de los pocos gigantes de la industria y, sobre todo, de la falta de agua. Eso llevó a buscar otras zonas del país donde plantar viñedos, como en las afueras de Mar del Plata, con los vientos del océano, a más de mil kilómetros de Cachingo. En Mendoza el sol hace doler la piel, en verano supera los 40 grados y seca los labios. En el invierno puede haber nieve y temperaturas bajo cero. También hay una gran diferencia entre el clima del día y la noche, amplitud térmica lo llaman quienes saben. El cielo y el infierno del que habló Dante, pienso. En ese terreno cubierto de plantas que estallan y resisten, que dan frutos enormes, semillas y además flores, de raíces que se aferran a la tierra y se abren paso con fuerza entre piedras, todo es intenso, dramático, inmensamente vivo.

Ahora Alejandro Vigil le da un sorbo a la bombilla del mate y le pide a su perro Albondiga, tirado patas arriba para que le acaricien el pecho, que no moleste a los turistas que llegan en micros, autos, remises, combis, coches alquilados. Van en hordas como si llegar a Casa Vigil se tratara de la llegada a un festival de rock. Alejandro Vigil, el rockstar del vino. Actualmente es uno de los 50 enólogos más influyentes del mundo. Creador de más de una decena de vinos con puntaje perfecto por los críticos más prestigiosos. Suele dedicarle sus reconocimientos a la provincia, a la región del vino.

Casa Vigil es, literalmente, el patio de la casa. Para María al principio no fue una buena idea, llegaban del colegio con los chicos y el patio estaba repleto de turistas sacándose selfies. Para Alejandro fue mala idea, pero un poco después. Con el tiempo se acostumbraron, hoy esa es su vida. Los domingos el lugar está cerrado porque se reúne la familia a comer pastas, pero hoy es sábado de una mañana de octubre, y Alejandro va y viene por todo el predio de varias hectáreas. Se mete en la cocina, recorre la huerta, se saca una foto con un comensal haciendo un gesto de cuernos con su mano derecha, responde mensajes a los grupos de WhatsApp que lo mantienen conectado con sus equipos. Le consulto a una sommelier del lugar si se hablan con Alejandro a diario, me dice que sí pero después me dirá que él últimamente viaja mucho. Ferias, premios, exposiciones, zonas vitivinícolas en Estados Unidos, Italia y otras no tan obvias. De un lugar a otro de la región, de la provincia, del país, del mundo.

Para evitar la exaltación de los turistas y no salir como un intruso de fondo en sus fotos, me aparto y camino por una calle de tierra algunos metros. Arriba hay un cielo celeste limpio, sol, a lo lejos se ve una parte de la Cordillera de los Andes, la cadena montañosa más larga del mundo que atraviesa siete países de Sudamérica. En este caso detrás está Chile. Esta mañana los picos de la Cordillera amanecieron muy nevados, cuando los mendocinos vemos la Cordillera nevada nos emocionamos, me dirá después una enóloga que me acompaña. Esa nieve, será agua de deshielo que conducirán por un sistema de acequias -herencia de los Huarpes- para riego y consumo. La misma acequia donde María lavaba los tomates en la siesta. El agua y el desierto. El presente y la infancia. Continúo caminando y llego a la zona donde plantan el varietal Cabernet Franc, una insignia de Vigil. Miro las plantas de vid, verdes, exultantes. Hay silencio. Pienso que quizás elegí la profesión equivocada.

No viajo sin un libro. En realidad, no voy a ningún lugar sin un libro, pero en un viaje que incluya un aeropuerto, reprogramaciones, extraños en asientos pegados y horas de ruta, mucho menos. Para este viaje traje a José Watanabe, el gran poeta peruano, porque creo, estoy seguro, que algunos versos resumen toda esa parte de Mendoza, una provincia a la que viajé muchas veces por la calidez de quienes viven en ella – quizás el vino y la buena gastronomía impregnan todo de un aire familiar que a veces es necesario-. Los versos son de los poemas “Animal de Invierno” y “El Guardián del Hielo”. En el primero dice: Otra vez es tiempo de ir a la montaña/ a buscar una cueva para hibernar / Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas/ son como huevos vacíos donde recojo mi carne/ y olvido. En el segundo: No se puede amar lo que tan rápido fuga/ Ama rápido, me dijo el sol/ Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino/ a cumplir con la vida: / yo soy el guardián del hielo. Si Watanabe pudo contar todo el inmenso paisaje en un poema, Alejandro Vigil intenta poner todo el paisaje en una botella. Esto último lo repite cada vez que le preguntan qué busca con sus vinos: meter el paisaje en una botella, responde.

No hay demasiadas entrevistas, buenas, sobre Alejandro. Probablemente donde su historia, y la de María Sance, está mejor contada es en el libro sobre Casa Vigil, editado por Editorial Catapulta en el año 2024. En gran parte de las notas que están disponibles, los entrevistadores preguntan casi siempre lo mismo y Alejandro responde, como corresponde, casi siempre lo mismo. En otras, los entrevistadores, muchos de ellos varones, están más preocupados por mostrar lo que ellos saben de vino, incluso más que Vigil, pero él conserva la calma de quien creció mirando la Cordillera de los Andes. Extrañamente se habla poco sobre su obsesión por conocer y estudiar la tierra, las plantas, lo que hay bajo la superficie, de sus inicios como becario en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, de que golpeó la puerta y el ingeniero Milton González le dijo que pase. De su curiosidad por entender el suelo para hacer el vino perfecto, que a su entender no siempre es el más caro, ni el mejor contado, y por eso probablemente su vino perfecto todavía no exista. También reconoce que a veces le pone soda, y que si alguien toma el vino con hielo – pronuncia yelos con cierta tonada- no le importa.

Se suele decir que, al probar un poco de vino Malbec (o el varietal que sea) de la copa, en la boca surgen sabores que el vino no tiene como agregados, pero están en la memoria y en los hábitos alimenticios de la persona. Por eso, están quienes sienten especias, manteca, madera o tabaco. Otros con el mismo vino y al mismo tiempo pueden sentir maracuyá o cerezas. Alejandro Vigil siente las tardes con su abuelo en la quinta de San Juan, el olor a los malvones de su abuela, a los damascos calientes que sacaba de los árboles con sus amigos de la infancia, pero dice frutas rojas, pimienta. También, describe la temperatura, el año de cosecha, la región de dónde viene ese vino, la cantidad de sol que recibió la uva, si el suelo era arcilloso, si la montaña estaba cerca o lejos. El hombre que manejó la camioneta que me llevó hasta Cachingo es pequeño, sonríe todo el tiempo, habla hacia adentro. Ve a Alejandro Vigil caminando entre la gente.

Me dirá por lo bajo que es un tipo simple, que anda con bermudas que él mismo corta con una tijera. Ahí anda, me dice, ni parece un millonario. No me animo a preguntarle cómo se ven para él los millonarios, pero le consultó qué es eso que se ve en el fondo. Una construcción con aberturas abovedadas, parecida a una catedral. Me cuenta que están construyendo un nuevo edificio donde producir y colocar los toneles. En el lugar hay huertas, viñedos, olivos, árboles frutales, tomates, pero -por ahora- no se produce el vino, eso sucede en otro lado. Nos quedamos en silencio. Le pregunto si alguna vez fue a una bodega como turista local, me responde que no, que solo va para llevar gente, pero espera afuera y que algunas, las más exclusivas, ofrecen menús por pasos que llegan a los tres mil dólares. Nos quedamos, otra vez, en silencio. Se acerca un poco más a mí como trayendo un secreto inmenso, para verme a los ojos tiene que mirar ligeramente hacia arriba y yo me encorvo un poco. Me cuenta que hace unos días llevó al dueño de una clínica de Brasil a visitar bodegas. El hombre custodiaba la temperatura de su cava personal con más de 500 botellas desde su celular. Él tipo se enojó porque le han cobrado más caro que comer debajo de la Torre Eiffel, me susurra. Nos volvimos a quedar en silencio. Sigo sin saber cómo se tiene que ver para él un millonario.

Me reúno al resto de los turistas. Ahora, yo también soy un turista que compró una visita para probar alguno de los vinos más premiados de Alejandro Vigil. No somos muchos y estamos en una parte subterránea de la casa, un salón fresco, de color rojo y con muebles robustos. Tomaremos los vinos comparando en un mapa las zonas donde fueron cosechados, distinguen nombre, altitud y tipo de suelo. Previamente bajamos unas escaleras y pasamos por una sala con obras de artistas locales. El recorrido se inspira en el viaje de Dante en la Divina Comedia. Para toda la construcción del lugar, los arquitectos tomaron ideas que Alejandro vio en distintos viajes, principalmente por Italia, y de la influencia del abuelo Tristán. Durante la construcción, Vigil alteraba los planes con la seguridad de un capitán naviero experto en medio de una gran tormenta. Una torre, una nueva ventana más a la izquierda, las escaleras, la escultura de un Minotauro. Todo el proyecto de la casa parecía una locura, pero él nunca dejó de estar seguro hacia dónde se dirigía. En las primeras visitas, cuando solo estaban los cimientos, a los turistas les mostraban las excavaciones, avances de las obras, un trabajo de imaginación. En ese momento eran 5 personas y maridaban los vinos con picadas de quesos, tomates y algunos productos locales. Luego todo fue en ascenso y no paró.

El huracán Vigil. El nombre de su vino más premiado es “El enemigo”. Entre los muchos mitos, se dice que se llama así por un consejo de Nicolás Catena. Sin la familia de Nicolás la historia del vino en Mendoza, y en el país, sería totalmente distinta. Todavía hoy Vigil es enólogo y agrónomo de la emblemática Bodega Catena Zapata. El nombre de Alejandro Vigil está junto a las raíces del vino y de una, de las pocas, familias más influyentes de la industria. También trabaja junto a Laura y Adrianna Catena con quien crearon la bodega Aleanna donde surgió El Enemigo.

La anécdota del nombre “El enemigo” es esta: fue una tarde del año 2001 cuando Nicolás Catena junto a otros expertos se reunieron para crear un blend, una mezcla de distintos varietales. Ahí también estaba Alejandro Vigil que hizo su blend y resultó el ganador. Le consultaron cómo lo había hecho y él respondió jugando como un niño. Quiso decir despojado, sin el miedo y la presión del mundo adulto. El peor enemigo del hombre es el miedo que lleva adentro. Eso le recordó Catena a Vigil, ponele El Enemigo, le dijo.  La lucha contra el miedo también se refleja en las etiquetas de sus vinos donde dos seres mitológicos luchan, se enfrentan cuerpo a cuerpo.

En la mitología griega Dionisio es hijo de Zeus, rey de dioses, y de la mortal Sémele, luego asesinada por Heda. Dionisio, o Baco según la tradición latina, es el rey del vino, la cosecha, el cultivo de la vid y sus conocimientos. El vino está en la larga historia del tiempo, de las culturas y de las religiones. También se asocia a Dionisio a la celebración, la locura, y se le reconoce una gran ira vengativa contra quienes quisieran traicionarlo. Porque los dioses también pueden, y de hecho son, vengativos. El paraíso y el infierno que todos llevamos dentro.

Alejandro afirma que rechaza el culto a la personalidad, prefiere hablar de la región vitivinícola antes que de él como un enólogo elegido, premiado, endiosado. Primero la tierra y después los enólogos. Tiene en los brazos tatuado el nombre de sus hijos y un varietal para cada uno. Su hija es Cabernet Franc y su hijo es Malbec. Reconoce rasgos parecidos entre las uvas y la personalidad de sus hijos.

Él y María suelen recordar el trabajo que les costó crear su universo Vigil. De cuidar dónde empieza y termina el tiempo de cada cosa. De apostar por Argentina. De ser conscientes de su condición privilegiada por poder vivir de lo que les gusta. En sus vidas, y en la de muchos productores, el vino no es una mera recreación, sino una forma de vida, una cultura, una parte de la historia. El vino es un alimento, comenta Alejandro. También lo es para el Código Alimentario Argentino. Vigil dice que su impulso es la curiosidad, su familia, los amigos de la infancia. Muchos de ellos forman parte de su universo y eso se ve en el trato que mantiene cuando trabaja. Aunque en Alejandro Vigil cueste ver la diferencia entre cuando está trabajando, pensando una idea, o solo está con la vista perdida en su viña para ver si al fin creció la uva perfecta.

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