I.
¿Cómo aproximarnos a esta peculiar sonoridad? ¿A qué le llamamos guerra y qué sonidos e imaginaciones desencadena? ¿Cuántos tipos de guerras conocemos? De principio merece la pena una breve y, quizá, desordenada revisión personal de lo que me impulsa a pensar su sonido. Porque no siempre las guerras se han escuchado como hoy las conocemos, y nuestras ideas, memorias y afectos se configuran con distintos orígenes sobre ellas.
Basta saber que los modos de concebir y hacer guerras son muy opacos y confusos como el sentido de la palabra misma —el origen germánico de guerra proviene de werza: “confusión” que luego pasó a werran: “crear confusión” (Rodríguez 2020)—. Algo inapelable es que el impulso de crear guerras responde a los cambios de intereses de los gobiernos y sus expectativas políticas y económicas en relación con la apropiación y explotación de territorios. En ese marco de construcción y distribución geopolítico se desarrollan tecnologías bélicas y, paralelamente, lo que supone su control: acuerdos mundiales y regionales sostenidos en burocracias y discursos de los tratados de desarme del mundo.
En esa desorientación y ambigüedad ¿para qué sirven las guerras? ¿contra quiénes se hacen? ¿quiénes las viven? ¿dónde se localizan?… Estos tratados dentro del propio caos bélico se han implementado inversamente para iniciar guerras, como es el caso de la resiente agresión militar de Estados Unidos e Israel contra Irán por la supuesta existencia de armas nucleares en Teherán (Aljazeera 04/03/26). Recordemos que previamente, en 2018 Donald Trump anunció que USA se retiraba del acuerdo nuclear firmado con Irán en 2015, que limitaba el programa atómico de Irán a cambio de sanciones internacionales (DW o8/05/2018). Y para el 21 de junio de 2025, Trump implementó la “Operación Martillo de Medianoche”, un despliegue de siete bombardeos B-2 y más de dos docenas de misiles de crucero Tomahawk. USA usó por primera vez la bomba antibúnker GBU-57 Massive Ordinance Penetrator (MOP) en un conflicto operacional, según informa el Center for Strategic and International Studies de Washington (23/06/25).
El tratado más antiguo en torno al control de armamento, es decir, las reglas de ¿con qué hacer guerras? data de 1899 con la Primera Conferencia de Paz de la Haya que define una serie de prohibiciones de uso de armas múltiples; después la I Guerra mundial dio pauta a prohibir las armas químicas y biológicas con la firma del tratado de Ginebra en 1925. Sin embargo, en guerras posteriores se ha constatado que siguieron y siguen implementándose, como fue el gas Zyklon B que libera cianuro y comenzó a experimentarse en las cámaras de gas del campo de Auschwitz entre el 3 y 5 de septiembre de 1941. En lo sucesivo se empleó durante la II Guerra Mundial por los regimientos nazis como método eficaz de exterminio (Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau). En Vietnam estaba aprobado que las milicias estadounidenses usaran NAPALM o bombas de fósforo y el Agente Naranja que es una mezcla de dos herbicidas y dioxina. En la guerra entre Irán e Irak (1980-1988) se registró el usó de gas mostaza y sarín, un agente nervioso, contra la localidad kurda de Halabja (Aljazeera 16/03/16).
En relación con las armas nucleares, existen tratados mundiales desde 1959 con el Tratado del Antártico, hasta 2017 con el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. Resaltando en 1968, El Tratado de No Proliferación Nuclear que firmaron algunos de los países que poseen armamento nuclear: China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia. Los países que están fuera del Tratado pero que poseen armamento son Corea del Norte (renuncia en 2003), India, Israel, Pakistán y Sudán del Sur. En 2005 surge el Convenio Internacional para la Represión de los Actos de Terrorismo Nuclear y en 2017 el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, que prevé negociaciones para su eliminación verificada e irreversible (Aljazeera 28/10/17). Este tratado entró en vigor en 2021 aunque, un día después de la firma, “los embajadores de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia ante la ONU dijeron que sus países no tienen intención de integrarse nunca como partes del tratado” (La Jornada 08/07/17). Finalmente, en febrero de 2026 expiró el New Start (Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas), creado en el periodo final de la Guerra Fría entre Rusia y USA, tratado que limitaba a ambos países a 1.550 el número de ojivas nucleares (El País 04/02/26).
Este tipo de convenciones diplomáticas que asumen un sistema de orden y negociación mundiales ¿se han debilitado, o, más bien, hoy expresan radicalmente su ineficacia global? ¿Quiénes firman viven directamente las guerras? ¿Para quiénes o con quiénes son los compromisos firmados? Más allá de un sistema diplomático, ¿de qué manera esos acuerdos se ejercen de facto con y por las poblaciones y territorios afectados y destruidos?
148 países de los 193 miembros de la ONU reconocen al Estado de Palestina (ONU 22/09/25), gesto diplomático, simbólico sobre el acontecer de un genocidio. Las guerras también están hechas de los sonidos de las palabras en los discursos, en las declaratorias, en los tratados. Los idiomas, los tonos, el sonido de teclas registrando, los traductores/as, los aplausos. Cuando imagino los sonidos de la guerra ,aparecen los discursos como sonidos que administran la destrucción bélica.
DRMNews, Presidente de Portugal Marcelo Rebelo de Sousa, 22/09/25 y Le Monde, Presidente de Francia Emmanuel Macron, 22/09/25)
La propia noción de guerra posee un carácter elusivo, es decir, que quienes la usan la convierten en un motor discursivo y conceptual que desarrolla actitudes, acciones y afectos. Nunca es una sola acción, sino al contrario: se multiplican sus metáforas, sus experiencias, sus objetivos y su propia definición; lo que crea una intensa valoración moral según los fines que se les atribuyen: contra la pobreza, contra el narcoterrorismo, contra los virus, contra el desarrollo de armas nucleares, etc. (Ortiz Jiménez 2011: 46-47). La idea de una guerra contra algo se consolida en el desarrollo de un humanismo a veces “reconfortante” bajo el ideario de “guerras justas”.
II.
“Controlar las imágenes que transmitían
Tatiana Millán Paredes, Las guerras que nunca vimos. 2005
las cámaras después de Vietnam fue posible,
controlar la Red [Internet] resulta, hoy por hoy, imposible.
¿Qué ocurrirá en la próxima guerra?”
Un acontecimiento central que modificó nuestra percepción de la imagen y los sonidos bélicos fue la transmisión en tiempo real de la Guerra del Golfo en 1991, a pesar de que el internet estaba en su implementación inicial. La experiencia de fotografiar y difundir la guerra de Vietnam dio pauta a pensar la importancia de cómo contar una guerra, y desde entonces somos consumidores de escenificaciones bélicas cada vez más sofisticadas, un producto para audiencias acostumbradas a contenidos más violentos.
El filósofo Jean Braudillard llamó a los espectadores “rehenes de la intoxicación de los medios de comunicación.” Desde la óptica de la simulación radical con la IA y las fake news vivimos en el estado más degradante de esos rehenes, que hoy se (nos) enfrentan (-mos) con la paradoja de un autoarresto domiciliario. Después de 35 años, la construcción estética de la noticia cumplió parte de sus objetivos: disuadir de la acción. De esta manera, hoy existimos como usuarios que, en la inacción del clic, reproducimos y viralizamos infinitamente las guerrascomo parte de un sistema de entretenimiento scrolleable.El planteamiento de Baudrillard es que lo virtual supera lo actual, este estado de virtualidad permanente disuade de pasar a la acción.
En el contexto en que los que accedemos al internet opinamos sin restricciones, se produce información que desborda a las/los usuarios/as y circula fácilmente, sin un sistema de selección crítica y sensible que contrarreste esta sobrexposición informativa. Estamos en tiempos en los que, a partir de la construcción estética de la noticia, el público puede hacer de una guerra un crimen de lesa humanidad o legitimar su operación destructiva: un estado excesivo del fin justifica a los medios. Esta dimensión estética facilita un modelo de lo “real” que los medios reproducen para construir la habituación y los estándares culturales de los sentidos, ya que implica la reconfiguración de la imagination sonora. Por eso, al abordar el sonido de la guerra en la dimensión humana, este apela a la memoria sensorial e imaginación sonora, que muchas veces son apabulladas por los emblemas de los soldados, bombas, tanques, misiles, aviones, drones y balas.
Los mecanismos de codificación y mediación de la experiencia que hoy están a nuestro alcance —archivos y tecnologías de automatización—, particularmente, las tecnologías de automatización disminuyen nuestra exposición a los efectos sonoros, los eventos sonoros y los modos de escucha.
Cuando recurrimos a nuestra imaginación sonora de la guerra, podríamos decir que es un acto de “phonomnesis, el acto voluntario de imaginar un sonido que no se está escuchando realmente” (Martínez Bermejo 2024: 204). Además, esa reminiscencia está moldeada por la habituación del sonido mediante la exposición constante a los contenidos de videos y películas de guerras que, falsos o reales, son códigos culturales que influyen en la estereotipación de los sonidos, sus referentes y sus afectos.
También podemos considerar que nuestra memoria sensorial de la guerra, quienes no la hemos vivido frontalmente en un formato tradicional —se podría considerar que después de la declaratoria de Guerra del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en 1994 y de la declaración de guerra contra el narco realizada por el Presidente Felipe Calderón, oficialmente en 2006, México es un país entre guerras— está sometida, igual que las lenguas bajo la tendencia a los monolingüismos o lenguas hegemónicas, a centros de dominación que crean un efecto de igualación técnico-comercial, sostenida por los poderes económicos y las políticas de competencia que refuerzan su sentido (Glissant 2017:144).
Cuando fue transmitido el momento en que la estatua de Sadam Hussein estaba siendo derrumbada en 2003, mientras infantes de la Marina (Los Ángeles Times, 10/04/2023) le ponían una cadena en el cuello y una bandera norteamericana en el rostro, durante los primeros 33 segundos se escuchan más murmullos, un sonido opaco, casi inaudible, una voz lejana, presumiblemente en árabe, algunos silbidos, el viento; pero no se escuchan los mazazos que Kadhim Al Jabbouri que le está propinando al pedestal de concreto (ABC, 07/07/2016). No se escucha el tanque que entra a la Plaza Al Fardus, en el centro de Bagdad. Se escucha una explosión, no estridente, como si el alcance del micrófono fuera menor o quizá estuviera cubierto. En pantalla se mira un edificio derrumbarse. Al segundo 34’21’’ el sonido es fuerte y nítido. Aplausos —otra vez aplausos—, coros en árabe que alientan festivamente, silbidos, gritos, vítores. Se muestra la bandera estadounidense y aumentan los silbidos y aplausos. Cantan. Un motor y un crick metálico, un crack seco y áspero del pedestal de concreto. Crujidos y un chirrido. La estatua cae y los silbidos y el uhhhhhhh aumenta. Los fotógrafos corren para dar el clic. Plaff, plaaafff piedras y objetos rebotan en la estatua caída, lo cual supuso ¿el fin de la guerra?













