Mayra Rojo
Vivimos un tiempo espasmódico:
el retorno a las guerras para la reorganización geopolítica
¿deja vu histórico colonial de los siglos XVI-XIX?
O ¿el descontrol de la institución de la guerra?
I.
¿Cuál es la relación entre el volcán Popocatepeque y la guerra? Partiendo de esta pregunta, la grabación, texto e imágenes de este mes son un gesto historiográfico de mundos sonoros entretejidos con las guerras que nunca vimos antes de ser América. Este gesto está guiado por otras preguntas que no buscan respuestas, sino la hibridación sensorial para reconsiderar los procesos de phonomnesis y nuestro rol de “testigos auditivos”. Se abre así una amplia reflexión sobre la dificultad de emplazar nuestras convenciones y elegir qué sonidos merecen ser recordados de las guerras y un mundo sonoro que nunca escuchamos.
Esta brecha invita a pensar los límites y el modo en que participamos de las convenciones culturales sobre nuestros sentidos y, por tanto, de la imaginación sonora matizada por mundos y relaciones previas a los sonidos industriales y las convenciones del progreso y la modernidad colonial normalizada.
Más que imaginar una suerte de devenir a “Paraísos perdidos”, lo que propongo es, acaso, un ejercicio de la historia de los sentidos y la reconstrucción imaginativa de un pasado sonoro para desorganizar/descomponer/deconstruir el estereotipo de la guerra y las bases epistemológicas racionalistas, porque las referencias a los sonidos van más allá de la demostración y la certeza.
Como primer ejemplo, son los acontecimientos de las guerras y negociaciones de paz en septiembre de 1519 entre españoles y tlaxcaltecas, y el relato biográfico del volcán en cuestión y sus rugidos en octubre del mismo año. En el Lienzo de Tlaxcala, el Códice Florentino, las Cartas de relación de Hernán Cortés, la crónica de Bernal Díaz del Castillo —entre otros documentos— registran la erupción de “Don Popo” en 1519.
Las fuentes que tenemos para este ejercicio de reconstrucción creativa son las crónicas de los soldados europeos, los códices y sus respectivas descripciones e interpretaciones desde parámetros euroccidentales; así como las actuales investigaciones de la historia de los sentidos.
El volcán que está cabe Guaxocingo echaba en aquella sazón que estábamos en Tlascala mucho fuego, más que otras veces solía echar; […] un capitán de los nuestros, […] tomole codicia de ir a ver qué cosa era, llevó consigo dos de nuestros soldados y ciertos indios principales de Guaxocingo, […] y los principales que consigo llevaba poníanle temor con decirle que cuando estuviese camino de Popocatepeque, que así se llamaba aquel volcán, no podría sufrir el temblor de la tierra ni llamas y piedras y ceniza que de él sale o que ellos no se atreverían a subir más de hasta donde tienen unos cues de ídolos, que llaman los teules de Popocatepeque; […] (Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 1632).
También en Guaxocingo se suscitaban las negociaciones de paz entre mensajeros españoles, “caciques” y “capitanes” tlaxcaltecas:
Xicotenga el moço no lo quiſo eſcuchar los quatre principales, y moſtró tener enojo, y los tratò mal de palabra, y que no eſtaua por las pazes, y dixo que ya auia muerto muchos Teules, y la yegua; y que él queria dar otra noche ſobre noſotros, y acabarnos de vencer, y matar […] (Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 1632).
Ambas citas, al mismo tiempo, dan cuenta de la sonoridad de la transformación de la lengua ajena, convertida en la lengua madre de los mestizos. Es decir, ¿Qué tipo de relato histórico tendrían las lenguas, si consideramos que su sonoridad subyace a las interrelaciones más-que-humanas?
II.
Palabra, imagen y sonido se mezclan en una suerte de reconstrucción sinestésica en los relatos pictográficos de los códices, que genera una “experiencia intermodal” entre signos, glifos e imágenes que señalan la presencia de sonidos, olores y sabores (Sandra Amelia Cruz Rivera, La imagen del sonido en códices prehispánicos del centro de México: una propuesta metodológica, 2019).
Si bien en las láminas del Lienzo de Tlaxcala (1550-1564) —copias reelaboradas entre el siglo XVIII-XIX dado que las primeras se perdieron—, originalmente solicitadas por el cabildo de Tlaxcala; están enfocadas a la historia de la alianza entre españoles-tlaxcaltecas y a las guerras contra mexicas. En la lámina 3 se narra el encuentro con guerreros de Tecoac, región otomí, perteneciente a Tlaxcalla, de gente fiera y belicosa y ejercitada en las cosas de la guerra.
[…] se encontró con unos quince otomíes: trabóse la lucha; mataron de un tajo de macana un caballo, cortándole a cercén el cuello; desjarretaron a otro, que murió también; e hirieron a otros tres y a dos caballeros. De los otomíes quedaron cinco en el campo. Un caballero corrió a rienda suelta a avisar que avanzase el grueso. En ese momento salieron de una emboscada tres mil guerreros, y Cortés les hizo rostro con ocho caballeros, mientras llegaron la artillería y la infantería; con lo cual dio cuenta de los contrarios, haciéndoles diez y siete muertos y gran número de heridos.
(Lienzo de Tlaxcala, edición Luis Manuel Vázquez Morales, 2019).
¿Cómo sería el sonido del tajo de la macana al matar el caballo? ¿Qué sonido se produjo cuando los tres mil guerreros salieron? En contraste con la llegada de los sonidos de la artillería e infantería españolas.
La percepción sonora del soldado que llegó a América en el siglo XVI experimentó una transformación de su patrón de escucha por procesos de habituación en un territorio distinto: “Cosa nunca vista ni oída” —repite Bernal Díaz del Castillo— frase que, si bien apela a la melancolía de la sorpresa —escasa en nuestra cultura de hiperinformación e hipervisibilidad— también nos acerca a interrogar sobre la pertinencia de reconfigurarnos como “testigos auditivos”: ¿Cuál es el mundo sonoro del cuerpo del consumidor digital? ¿Acaso el rugido del Popocatépetl sigue asociado a nuestro mundo sonoro? O como le pasó al propio Díaz del Castillo la presencia del volcán desapareció del relato y de la sensación de sorpresa, porque después de 1539 ya sabían qué era y también ya habían visto los de Guatemala y Nicaragua.
Entretejida a los rugidos del volcán había una cultura todavía encarnada en la oralidad. El mundo sonoro se constituye de imaginación y recuerdos más que de la verdad del relato (Saúl Martínez Bermejo, Imaginar y recordar sonido. Colón, Díaz del Castillo y la percepción de la naturaleza Americana, 2024). De esta manera, nos encontramos en procesos de interrelación unitaria entre lo viviente, donde “lo humano” desarrolló mecanismos sonoros corporales y materiales para interrelacionarse y comunicarse con ese universo y su mundo espiritual.
“En ese sentido, las expresiones sonoras de los pueblos pre-occidentales incluyen la comunicación interpersonal (lenguaje oral), y la comunicación extra personal o metafísica, con el apoyo de artefactos sonoros antropomorfos y zoomorfos, que imitan los sonidos de animales o de fenómenos naturales (onomatopeya), para la comunicación con dicha espiritualidad.” (Lester H. Godínez, Aproximación al estudio de las expresiones sonoras preoccidentales de Mesoamérica, reflexiones y criterios arqueo-fonológicos, 2003).
Por la cita anterior sabemos entonces que la sonoridad de la que hablamos no forma parte de la categoría y estética de la música ni artes occidentales, sino del sensorio —la percepción de uno mismo y el entorno— que deviene de la interrelación entre cuerpos y territorios. Pero, además, de un tercer elemento constitutivo: los sonidos que todavía hoy somos incapaces de imaginar y provienen de las configuraciones simbólicas y míticas del mundo prehispánico.
En el proceso de análisis de la representación del sonido en los códices se encuentran símbolos característicos de emisión sonora identificables como cantos, palabras, sonidos de animales y de la naturaleza, así como referencias a artefactos de percusión y viento. La codificación de estos sonidos está centrado en volutas —que podían representar aire, viento, aliento, palabra—y las vírgulas —que si se asocian a la palabra también a otro tipo de sonidos como los gruñidos, los susurros, las vibraciones, etc.—. Sandra Amelia Cruz Rivera, La imagen del sonido en códices prehispánicos del centro de México: una propuesta metodológica, 2019).

1. Palabra de Xólotl, 2. Palabra de Quetzalcoatl, 3. Palabra de un personaje, 4. Palabra, 5. Rayo o golpe grande. Sale de Cipactli, o de Tláloc, 6. Canto de ave (Cruz Rivera identifica la deferencia entre vírgula y voluta por la delgadez o grosor del trazo, este símbolo refiere al canto de un ave y la describe como vírgula —pero debido a la síntesis gráfica realizada en este cuadro no se consideró esa especificación iconográfica), 7. Ladrar del perro, 8. La palabra de un personaje muerto, 9. La palabra de un personaje sentado sobre un templo, 10. Palabra de un personaje en acto de ofrenda, 11. Grito con llanto, 12. Canto o canción, 13. Sonido de trompetas, 14. Sonar algo rebotando, 15. Murmullo, 16. Sale del dios de la muerte, 17. Sale del pico de un colibrí. (Referencias originales en Sandra Amelia Cruz Rivera, La imagen del sonido en códices prehispánicos del centro de México: una propuesta metodológica, 2019).
Del cuadro anterior observemos que hay representaciones que en nuestra imaginación todavía no se pueden asociar a un sonido o conjunto de sonidos conocidos, sino todo lo contrario, como es el sonido 16 que refiere al símbolo que sale del dios de la muerte. En este caso es una imagen del códice Fejérvary-Mayer y la leyenda completa es que este símbolo tiene elementos desconocidos. ¿Cómo suena la muerte?
III.
Para cerrar este gesto historiográfico, voy a referirme a Huehuecóyotl, “el viejo coyote”, representado en el códice Borgia como dios de la guerra, también conocido como el “músico trasgresor”, el guerrero que siembra la discordia y el ladrón del fuego. Personaje asociado a la comunidad Otomí (Guilhem Oliver, Huehuecóyotl, “Coyote viejo”, el músico transgresor ¿Dios de los otomies o avatar de Tezcatlipoca, 1998).
En el facsimilar del códice Borgia esta imagen se considera ambigua por la función simbólica que representa la relación entre la lengua del ave, que usualmente sugiere serenidad, entrelazada con lo que se ha identificado como el cuerpo de una serpiente —coralillo— que se fusiona con la lengua del coyote. Más allá de la lectura iconográfica, pensemos que entre el sonido híbrido de Huehuecóyotl: el graznar del ave mientras repta la serpiente vibrante en el aullar del coyote surge el gesto de fabular de la caracola que guarda el sonido del mar antes de que Tomás Alva Edison grabara y pudiera reproducir una voz humana en un fonógrafo.














