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El derecho de ser nombradas

Ago 18, 2026

Por:  Stephanie Rios-Bridoux Rivera

A Abue Carmen Rosa y Lucah Saucedo.

La pregunta no era si se amaban. Antes de ser noticia, Fabiana J. Banzer y Scarlett Rocha ya eran hogar. Después de tres años y diez meses de trámites, amparos, costos, miedo y exposición pública, su matrimonio civil no inauguró una familia: le dio nombre, protección y la tranquilidad de poder cuidarse.

El día en que Fabiana J. Banzer y Scarlett Rocha se casaron, Santa Cruz parecía no decidirse por un solo clima. Llovía y salía el sol al mismo tiempo, como cuando una bruja se casa. Afuera, el cielo hacía una cosa rara. Adentro, la gente lloraba.

Lloró la hermana. Lloró la madre. Lloraron amistades, familiares, personas de la comunidad. Lloraron también ellas, varias veces, mientras leían sus votos y alguien les acercaba pañuelos para que pudieran seguir hablando. Los votos no parecían escritos para una audiencia, sino para una vida: íntimos, vulnerables, profundamente suyos. Había fiesta, baile, alegría y amor. Había esa emoción desordenada que aparece cuando algo que parecía improbable ocurre frente a todos y el cuerpo todavía no sabe dónde poner tanta historia.

Yo había sentido que algo de ese día era histórico incluso antes de llegar. Estaba en la invitación, en la forma en que ellas habían decidido contar su propia historia antes de que otros la resumieran por ellas. No era una boda improvisada alrededor de una noticia; era una boda pensada como memoria. Las invitaciones eran interactivas, cuidadas, casi narrativas. En la celebración circulaba también una especie de periódico de boda, una hoja que no solo anunciaba un matrimonio, sino que explicaba por qué ese matrimonio importaba.

Todo parecía diseñado para que nadie tuviera que separar la fiesta de la historia. En el baño había pañuelos, ligas para el cabello, toallas higiénicos, enjuague bucal; detalles pequeños, casi invisibles, pensados para que ninguna incomodidad interrumpiera la alegría. El lugar de los anillos estaba bordado por la madre de Fabiana. Incluso lo íntimo parecía decir algo colectivo, se había cuidado cada gesto porque llegar a ese momento no había sido sencillo.

Pero la pregunta no era si se amaban.

Eso ya estaba claro mucho antes de la ceremonia, antes de la libreta, antes de la firma, antes de que su historia se convirtiera en noticia nacional. La pregunta era otra, más incómoda: por qué una pareja que ya tenía casa, animales, rutina, cuidado, planes, discusiones, miedo y futuro tuvo que convertir su vida en expediente para que el Estado pudiera nombrarla.

En el periódico que compartieron el día de la boda había una idea que no debería pasar como dato decorativo: el reconocimiento legal también puede tocar la salud mental. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics encontró que la implementación de políticas de matrimonio civil de personas del mismo sexo en Estados Unidos estuvo asociada con una reducción del 7% en la proporción de estudiantes de secundaria que reportaron intentos de suicidio durante el año previo; el efecto se concentró especialmente en adolescentes de minorías sexuales.

Fabiana y Scarlett no se casaron para empezar a ser familia. Se casaron porque esa familia ya existía y necesitaba protección.

Antes de ser noticia, fueron hogar

Cuando les pregunté qué vida habían construido antes de que el Estado las reconociera como esposas, no empezaron por la ley. Empezaron por la casa.

Scarlett recordó que su relación comenzó en 2022, que formalizaron el 10 de marzo y que, poco después, la vida empezó a empujarlas hacia preguntas más concretas que el romanticismo. Hubo salida del clóset, familia, salud mental, seguridad, mudanzas y decisiones rápidas. En algún momento se preguntaron por qué no vivir juntas. Fueron a un monoambiente, casi como una prueba: ver si podían convivir, si se enojaban, si el espacio reducido y la vida diaria podían sostener lo que el amor prometía.

Después llegó una pregunta menos sentimental: si algo le pasaba a una, ¿quién podía decidir? Si una enfermaba, ¿quién podía firmar? Si una moría, ¿qué pasaba con lo construido?

La respuesta legal no coincidía con la respuesta afectiva.

En Bolivia, la familia biológica todavía tiene un peso institucional que muchas veces se impone incluso cuando no es la red más cercana. Scarlett lo dijo con claridad: si algo le pasaba, quienes aparecían primero no necesariamente eran quienes la cuidaban. Fabiana podía ser su pareja, su casa, su amor, su vida cotidiana; pero ante ciertas instituciones podría quedar reducida a alguien sin autoridad.

Ese es el punto que muchas veces se pierde cuando la conversación pública se queda en la frase “amor es amor”. El amor puede estar y, aun así, no poder actuar. Puede cuidar todos los días y no tener firma en una emergencia. Puede construir una casa y seguir siendo tratado como algo informal ante un banco, una caja de salud, una herencia o una decisión médica.

En El arte de amar, Erich Fromm escribe contra la idea del amor como puro arrebato sentimental. Amar, para él, no es solamente sentir algo por alguien; implica cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Desde ahí, la historia de Fabiana y Scarlett se aleja de la consigna fácil. Su amor aparece como una práctica diaria: convivencia, acuerdos, animales, cansancio, enfermedad, trámites, discusiones, casa. No necesitaba un certificado para existir. Lo necesitaba para defenderse cuando la vida dejara de ser amable.

Por eso, cuando pregunté qué cambió después de firmar, Fabiana fue directa: “El cotidiano no cambió absolutamente nada”.

La frase puede parecer simple, pero contiene todo. No cambió la rutina ni la convivencia. No cambió la familia que ya eran. Lo que cambió fue otra cosa.

“Sentí paz hasta de morirme”, dijo Fabiana. No lo dijo como una frase dramática, sino como quien por fin puede descansar en una verdad material… si ella moría, lo construido no quedaba suspendido en el aire.

La tranquilidad de poder cuidarse no siempre se parece a una fiesta. A veces se parece a poder dormir en paz.

Una institución que no fue hecha para ellas

El matrimonio civil no les dio amor. Les dio paz.

Y esa paz revela el lugar real del derecho. Una pareja heterosexual puede creer o no creer en el matrimonio. Puede romantizarlo, rechazarlo, aplazarlo, burlarse de él, casarse por fiesta, por herencia, por hijos, por impuestos, por amor o por presión familiar. Tiene, al menos en principio, la opción. Para una pareja del mismo sexo, la discusión empieza antes: primero tiene que demostrar que esa opción también debería existir.

Ahí está la desigualdad. No en que todas las personas deban querer casarse. No en que el matrimonio sea la única forma válida de familia. Sino que solo algunas parejas han podido decidir libremente qué hacer con esa institución, mientras otras han tenido que litigar para tocar la puerta.

El matrimonio nunca fue una institución inocente. En El contrato sexual, Carole Pateman desmonta la historia amable del contrato social moderno: esa idea de que la ciudadanía nació como un pacto entre individuos libres e iguales. Lo que esa narración deja en sombra, dice Pateman, es la organización patriarcal de la vida privada. Mientras el espacio público hablaba de libertad, el matrimonio seguía administrando cuerpos, apellidos, herencias, obediencias y jerarquías.

Por eso, el matrimonio de Fabiana y Scarlett no puede contarse como una entrada simple y feliz a una institución tradicional. Hay una contradicción, y en esa contradicción está su fuerza. Pelearon por acceder al matrimonio civil, sí, pero no entraron como “la esposa de un esposo”. Entraron como esposa y esposa. No aceptaron por completo el guion histórico de la institución; lo ocuparon desde un lugar que esa institución no había sido obligada a imaginar.

En la ceremonia ellas decidieron entrar juntas. No era necesario explicarlo en voz alta: el cuerpo también sabe escribir política. Dos mujeres entrando juntas a su matrimonio civil dicen más que un discurso entero sobre igualdad. Nadie espera desde una posición superior. Nadie ocupa el lugar obligatorio del varón.

Tal vez por eso incomoda tanto la pregunta que otros medios y comentarios repitieron como reflejo social: “¿Quién hace de hombre?”. No es una curiosidad inocente. Es una forma de devolver la escena a un molde conocido. Si hay pareja, alguien tendría que ocupar el lugar masculino. Alguien tendría que mandar, proteger, decidir, ordenar la casa simbólica. Como si el amor entre dos mujeres necesitara pedirle prestada una figura al modelo heterosexual para volverse comprensible.

El Manifiesto contra-sexual de Paul B. Preciado permite leer esa incomodidad desde otro lugar: el sexo, el género y el deseo no son solamente hechos naturales que se expresan de manera espontánea; también están organizados por tecnologías, normas, contratos, repeticiones y dispositivos de poder. La heterosexualidad, entonces, no vive solo en la moral religiosa ni en la intimidad de los cuerpos. Vive también en la pregunta del periodista, en el formulario, en la libreta, en la ventanilla, en el certificado que sigue imaginando “esposo y esposa” donde hay dos esposas.

Pero el desafío continúa incluso después de la firma, no basta con que el Estado reconozca un derecho si todavía lo escribe con una gramática que no sabe nombrarlas.

El poder de una palabra autorizada

Hay palabras que no pesan igual. En ¿Qué significa hablar?, Pierre Bourdieu insiste en que el lenguaje no circula en el vacío: las palabras tienen valor según quién las pronuncia, desde qué institución, ante quién y con qué autoridad. No todo enunciado produce efectos. Algunos solo describen; otros consagran. Un registro civil pertenece a esa segunda categoría. Allí el lenguaje no se limita a nombrar una realidad: la vuelve legible para el Estado. Antes del matrimonio, Fabiana podía decir “mi pareja”, “mi amor”, “mi familia”, “mi casa”, “mi vida”. Pero esas palabras no siempre bastaban frente a un hospital, un banco o una oficina pública. Después de la firma apareció otra palabra, menos íntima pero más protegida… “esposa”.

La palabra no crea el amor, pero modifica su valor social.

Scarlett notó algo que a ambas les sorprendió: algunas personas comenzaron a tratar la relación de otra manera después de la firma. No porque su vida hubiese cambiado de pronto, sino porque el matrimonio todavía carga una autoridad cultural que la palabra “pareja” no siempre consigue. Fabiana lo resumió de una forma dura: ya no soy tu pareja que se puede ir mañana; ahora estamos casadas.

Esa diferencia habla de ellas, pero también habla del país. Habla de familias capaces de convivir durante años con una relación y, aun así, tomarla en serio recién cuando aparece una institución tradicional detrás. Habla de una sociedad que a veces necesita el sello para reconocer lo que ya estaba frente a sus ojos. El papel no formó la familia, pero obligó a otros a dejar de tratarla como algo menor.

Santa Cruz, la familia y el peso de la mirada

Bolivia no aparece en esta historia solo como marco legal. Aparece como cultura, familia extendida, religión, apellido, ciudad y mirada.

Scarlett, que nació y creció en Estados Unidos y tiene raíces bolivianas, habló de la diferencia entre una idea más nuclear de familia y la experiencia boliviana, donde la tía, la abuela, la familia ampliada, el colectivo y el “qué dirán” pesan de otra manera. Al llegar a Bolivia con el pelo muy corto, sintió miradas que antes no había sentido igual. Reconoció sus privilegios, pero también el golpe de entrar en una sociedad donde ser lesbiana podía leerse bajo sospechas absurdas: si eres lesbiana, entonces quieres ser hombre; si te sales del molde, algo debe estar “fallando”.

Fabiana habló desde Santa Cruz, una ciudad que reconoce como profundamente conservadora, marcada por familias tradicionales, apellidos, reputación y formas de corrección social que se aprenden desde muy temprano.

Ahí apareció una de las escenas más fuertes de la entrevista.

Fabiana recordó que de niña la vestían con vestidos que no le permitían correr. Si iba al parque, tenía que cuidarse de que no se le viera el calzón. Si estaba en casas ajenas, le decían que los niños inquietos no gustaban, que debía ser quietita y calladita. En las casas de sus tías, rodeada de jarrones, cuadros y cosas que una niña quería tocar, le pedían quedarse sentada. Entonces inventó un juego: dejar de respirar. Aguantaba la respiración y se quedaba quieta para pasar el tiempo.

La imagen no necesita demasiada explicación: una niña jugando a dejar de respirar para no incomodar.

Esa fue una de las respuestas que más se me quedó pegada. Tal vez porque, aunque esta no sea mi historia, esa escena toca una educación que muchas mujeres reconocemos de inmediato, la aprender a ocupar menos espacio, a no molestar, a sentarse bien, a no hablar demasiado, a no incomodar con el cuerpo ni con el deseo. Antes de que una mujer pueda nombrarse libremente, muchas veces tiene que desaprender años de entrenamiento silencioso.

Años después, esa misma niña se sentó frente al Estado, sostuvo amparos, dio entrevistas, escribió en redes, se casó con una mujer y se volvió parte de un precedente histórico.

En No se puede descolonizar sin despatriarcalizar, María Galindo escribe desde una Bolivia donde las opresiones no aparecen ordenadas en compartimentos separados. Clase, racismo, machismo, religión, familia, colonialidad y heterosexualidad obligatoria se trenzan en la vida diaria. Su feminismo no pide una inclusión decorativa dentro del mismo orden; exige desacato, toma de palabra, desobediencia a las formas respetables de la subordinación.

Desde ahí, la escena de Fabiana niña toma otra fuerza. No es solo el recuerdo de una niña tímida que después se volvió valiente. Es la historia de una mujer que desobedece una pedagogía entera; la de sentarse bien, callar, agradecer, no incomodar, no nombrarse demasiado, no salirse del lugar asignado.

También está el apellido. Fabiana se nombra como Fabiana J. Banzer. Contó que decide usar el apellido materno porque es el apellido que la crió, la acompañó y la cuidó. Habló, además, de la tensión de cargar un apellido que en Bolivia puede despertar lecturas fuertes. No lo negó ni lo usó como adorno. Lo pensó como una memoria que también puede reescribirse.

No se trata de hacer del apellido el centro de la historia. Sería injusto. Pero sí hay algo simbólico en que un nombre cargado de lecturas familiares, políticas y sociales aparezca ahora unido a una historia de amor entre dos mujeres y a una conquista de derechos.

Religión, espiritualidad y el derecho a no convencer

En Bolivia, muchas conversaciones sobre derechos civiles terminan arrastradas hacia la religión, como si el matrimonio civil tuviera que pedirle permiso a una moral privada.

La pregunta de Amable Serrano, miembro de la comunidad LGBTIQ+, llevó la conversación hacia una zona que en Bolivia suele aparecer como frontera moral: “En un país donde muchas veces se usan argumentos religiosos para negar derechos civiles, ¿qué relación tienen ustedes con la iglesia, la religión o la espiritualidad? ¿Esa dimensión tuvo algún lugar en su unión? ¿Crearon algún ritual propio para celebrar su matrimonio?”.

Scarlett habló de una infancia atravesada por la oración antes de dormir y la iglesia los domingos. Con el tiempo, esa relación cambió. No por una sola mala experiencia, sino por el desgaste lento de escuchar que lo que una es debe corregirse. Fabiana, en cambio, se nombró más desde la espiritualidad que desde la institución religiosa: incienso, meditación, plantas, energía, pequeñas prácticas íntimas que no necesitan convertirse en mandato para nadie.

No son “dos lesbianas contra la fe”; ellas no están contra la espiritualidad. Están contra el uso de la religión como herramienta para negar derechos civiles. En la entrevista, Fabiana fue clara: “No estamos aquí para cambiar opiniones. No estamos aquí para pedir que la gente piense distinto”. El punto era otro: derechos, respeto y dignidad.

En un momento de la entrevista, Fabiana fue tajante: “No estamos aquí para cambiar opiniones. No estamos aquí para pedir que la gente piense distinto”. El punto era otro: derechos, respeto y dignidad.

La ciudadanía no puede depender de la simpatía. Una pareja no debería tener que resultar agradable, pedagógica o perfecta para acceder a derechos. No están pidiendo permiso; están pidiendo que el Estado cumpla.

La comunidad también lloró

La entrevista no tuvo solo dos voces. Fabiana y Scarlett estaban al centro, pero alrededor de ellas entraban otras presencias: quienes salieron del clóset hace años sin imaginar una boda así en Bolivia; quienes todavía no pueden nombrar a su pareja en voz alta; quienes quieren casarse y no saben por dónde empezar; quienes celebran este avance, pero también preguntan si puede ser vulnerado; quienes miran la noticia con alegría y con miedo al mismo tiempo.

Yo llevé esas preguntas a la entrevista. Ellas no siempre conocían los nombres, pero escucharon cada una con una seriedad distinta. No eran preguntas abstractas. Venían de personas reales, de trayectorias reales, de lugares distintos de la comunidad como el activismo, el lesbofeminismo, la espiritualidad, el arte, la duda práctica, la memoria. En algún momento, la conversación dejó de sentirse como una entrevista a una pareja y empezó a parecer una mesa más amplia, una especie de diálogo entre generaciones.

Paola Valdiviezo Torri, artivista lesbofeminista, les escribió desde otro tramo del camino: “Yo salí del clóset hace unos 16 años y cuando vi la noticia de ustedes lloré. Lloré de emoción, pero también por todas las personas que durante años tuvimos que imaginar un país donde nuestro amor pudiera ser reconocido y celebrado. Quizás ustedes no dimensionen todavía todo lo que significa para quienes recorrimos parte de ese camino antes. ¿Qué sienten al saber que, mientras ustedes celebraban su amor, muchas personas de nuestra comunidad también llorábamos con ustedes, sintiendo que una parte de nuestra propia historia llegaba a este momento?”.

Esa pregunta cambió el aire. Fue ahí cuando ambas se quebraron. Porque ya tenían entendido la importancia de lo que hicieron, y la pregunta les devolvía algo más grande que ellas… la emoción de quienes no estaban sentadas en esa entrevista, pero también habían llegado hasta ese momento.

Este matrimonio no fue vivido solo por ellas. También fue vivido por quienes durante años tuvieron que imaginar un país donde su amor pudiera ser reconocido sin pedir disculpas. Por parejas que se fueron del país, por quienes escondieron su amor, por quienes tuvieron que decir “mi amiga” cuando querían decir “mi pareja”, por quienes no llegaron a ver este día.

Ellas contaron que muchas personas les escribieron después de la noticia. Parejas que querían intentarlo. Personas que se fueron de Bolivia ya que habían asumido que casarse aquí no era una posibilidad. Gente que no veía en su historia una solución inmediata, pero sí una puerta. Eso no significa que el camino esté resuelto. Significa que algo se volvió imaginable. Y lo imaginable también es político.

Pero ninguna posibilidad nace sola. El caso no se sostuvo únicamente en el amor de una pareja ni en la insistencia individual. Hubo una red de acompañamiento que no siempre aparece en la foto final, pero sin la cual la foto probablemente no existiría.

IGUAL, organización no gubernamental que trabaja por los derechos de la población con diversa orientación sexual e identidad de género en el Estado Plurinacional de Bolivia, fue una pieza central de ese acompañamiento. Allí estuvieron Carla Guardia Pastrana, directora ejecutiva y representante legal de IGUAL, y Mateo Rodrigo Solares, responsable de Incidencia Política de la organización, licenciado en Derecho y Psicología. Su trabajo no fue solo técnico: articuló estrategia jurídica, incidencia institucional y una forma de contención que entendía que el proceso no se agotaba en expedientes.

También estuvo la Red LB Bol, red nacional lesbofeminista que se moviliza por la vida de mujeres lesbianas y bisexuales en Bolivia. Su presencia no fue simbólica. En la boda estaban activas, sacando fotos, acompañando, habitando el momento como parte de una memoria que también les pertenece. Desde esa red aparecen nombres como Silene S. Huarita, activista lesbofeminista y quechua, cofundadora de la Red LB Bol en 2008 e impulsora de la visibilidad de mujeres de la diversidad sexual en el área rural; y Elan del Castillo, investigadora, abogada e integrante de la Red LB Bol, cuyo trabajo cruza violencia, discriminación, migración y acompañamiento a mujeres lesbianas y bisexuales indígenas.

La historia de la Dra. Lisset Gutierrez también dice mucho sobre el país en el que ocurrió este matrimonio. Fabiana y Scarlett buscaron durante mucho tiempo una notaría o un notario que estuviera dispuesto a asumir el registro. Varias puertas se cerraron antes de llegar a ella. Al final, como suele pasar cuando las instituciones no alcanzan, apareció una cadena de contactos: la amiga de la mamá de una amiga, alguien que conocía a alguien, una red larga y casi doméstica antes de llegar al escritorio donde el derecho finalmente pudo firmarse.

Ninguna puerta se abre sola. A veces se abre porque alguien pregunta, alguien acompaña, alguien firma, alguien sostiene la cámara, alguien cose un detalle, alguien consigue un contacto, alguien recuerda a quienes no llegaron.

Cuánto cuesta un derecho

Hay una forma cómoda de contar esta historia: solicitud, rechazo, amparo, resolución, boda. La cronología es correcta, pero se queda corta. Tres años y diez meses no son solo una secuencia legal; son una forma de desgaste.

Son dinero, taxis, fotocopias, certificados, viajes, abogados, pausas laborales, cansancio, salud mental y espera. Son días en los que el amor no desaparece, pero empieza a convivir con palabras que no deberían ocupar tanto espacio dentro de una pareja: plazos, papeles, juzgados, notificaciones, costos, pruebas.

La pregunta de Wara Serrano, miembro de la comunidad LGBTIQ+, llevó esa experiencia hacia el futuro: “Si una pareja de la comunidad quisiera casarse en Bolivia después de ustedes, ¿qué debería saber antes de empezar? No como asesoría legal cerrada, sino desde su experiencia: ¿cuáles fueron los pasos generales, los obstáculos más importantes y las redes que recomendarían buscar desde el inicio?”.

La respuesta fue clara: no hacerlo solas.

Buscar redes. Buscar acompañamiento especializado. Buscar personas que no solo conozcan el derecho, sino que entiendan la violencia específica que atraviesa a la población LGBTIQ+ cuando el derecho se vuelve ventanilla, requisito, sospecha o demora.

El proceso dejó ver una desigualdad material que no siempre aparece en la foto de la boda. Ellas reconocen sus privilegios como redes, familia, amistades, apoyo legal y comunitario. Esa honestidad es importante porque impide convertir su historia en una receta meritocrática.

No todas las parejas pueden sostener casi cuatro años de lucha legal. No todas tienen tiempo, dinero, salud mental, una familia que acompañe, contacto con una organización o condiciones de seguridad para exponerse. Cuando un derecho exige tanto para ser reconocido, deja de sentirse como garantía y empieza a parecer una prueba de resistencia.

Que hayan tenido que encontrar “quién quisiera” registrar el matrimonio dice mucho sobre la distancia entre una resolución y su aplicación real. El derecho podía estar reconocido en el papel, pero todavía necesitaba un cuerpo concreto que se animara a sostenerlo desde una oficina. Ahí la burocracia muestra su parte más tajante… no es solo sistema, norma o procedimiento. También son personas que abren o cierran puertas.

La parte más dura apareció cuando hablaron de los informes psicológicos y sociales. Contaron que se hicieron pruebas psicológicas para demostrar que eran una pareja estable y que incluso se planteó un informe de trabajo social para probar que su casa estaba en condiciones de formar una familia.

Esto no se trata aquí de afirmar sin matices que el Estado les exigió formalmente cada una de esas pruebas como requisito obligatorio. Lo importante es mirar lo que significa que una pareja del mismo sexo sienta que debe anticiparse, blindarse y demostrar estabilidad psicológica y doméstica para que el sistema no la trate como amenaza.

“Nos hicieron pruebas psicológicas para saber si éramos una pareja estable”, dijeron. Y la pregunta apareció sola: “Una pareja heterosexual no tiene que demostrar eso”.

Esta fue, quizás, la parte de la entrevista que más me desarmó. No por sorpresa absoluta, sino por la hipocresía que deja al descubierto. Bolivia admite todos los días matrimonios heterosexuales sin pedirles pruebas de estabilidad emocional, informes psicológicos ni demostraciones de que su casa es apta para formar una familia. Parejas violentas, parejas rotas, parejas que se casan por presión o por costumbre pueden entrar al registro civil sin tener que probar que no están “locas”.

En Calibán y la bruja, Silvia Federici reconstruye cómo el orden moderno sostuvo su economía sobre una zona que fingió menor: el trabajo doméstico, el cuidado, la reproducción de la vida, el cuerpo de las mujeres, la casa.  El Estado no llegó a una casa vacía; llegó tarde a una casa que ya tenía horarios, animales, cansancio, acuerdos, comida, cuidado y futuro.

Unión libre, matrimonio y el peso de una palabra

Ernesto Prado, activista LGBTIQ+, planteó una pregunta que muchas parejas probablemente se están haciendo ahora: “Si la unión libre ya era una vía posible, ¿qué encontraron ustedes en el matrimonio civil que la unión libre no les daba? ¿Era una necesidad legal, una necesidad simbólica, una necesidad emocional o una mezcla de todo eso?”.

La respuesta fue: una mezcla de todo.

La unión libre podía ofrecer ciertos efectos en teoría, pero en la práctica las instituciones no siempre la entienden ni la aplican sin revictimización. Scarlett tiene doble nacionalidad y su proyecto de vida también necesitaba una figura con reconocimiento más amplio fuera de Bolivia. Además, la unión libre no tenía el mismo peso social ni el mismo nivel de comprensión inmediata ante bancos, cajas de salud, hospitales o trámites.

La diferencia entre unión libre y matrimonio no era solamente jurídica. También era cultural. “Pareja”, “conviviente”, “unión libre”, “esposa”: ninguna de esas palabras circula igual. No producen el mismo efecto ni son recibidas de la misma manera por una funcionaria, una familia, una institución médica o un banco.

El matrimonio, nos guste o no, sigue siendo una palabra con autoridad social.

Eso no lo vuelve moralmente superior. Lo vuelve institucionalmente más legible. Y, en un sistema que todavía obliga a las personas LGBTIQ+ a explicar demasiado, esa legibilidad puede ser la diferencia entre ser escuchada o tener que justificar tu vida en una ventanilla.

La fragilidad de una puerta abierta

Naimath, desde la presidencia nacional del Colectivo TLGB Bolivia, preguntó por la fragilidad de este avance: “En un contexto donde los discursos conservadores siguen teniendo mucha fuerza, ¿sienten que este matrimonio está realmente protegido o todavía podría ser vulnerado? ¿Qué falta para que este reconocimiento no dependa solo de una resolución individual, sino de un derecho garantizado para todas las familias diversas?”.

La pregunta obliga a no vender una fantasía. El matrimonio de Fabiana y Scarlett abre una puerta, pero una puerta abierta por un caso concreto todavía no es una casa para todas. Es precedente, posibilidad, grieta, herramienta. No reemplaza la necesidad de una transformación legal, administrativa y cultural más amplia.

Decir que ya todo está resuelto sería irresponsable. Decir que nada cambió también sería injusto. Cambió algo enorme: ahora hay una historia concreta que otras parejas pueden mirar y decir “tal vez nosotras también”. Hay un expediente, una resolución, una firma, una ceremonia, una fotografía, una pareja que lo hizo. Pero sigue existiendo el riesgo de que cada nueva pareja tenga que volver a explicar, litigar, gastar, esperar y medir su propia seguridad.

Un derecho que depende de casos excepcionales sigue siendo frágil.

La victoria colectiva sería que otra pareja pueda casarse sin convertirse en noticia, sin necesitar casi cuatro años, sin demostrar que no está loca, sin convertir su casa en prueba y sin buscar quién se anime a registrar.

Que una puerta se haya abierto no significa que el edificio sea habitable.

Ser públicas también es una forma de seguridad

La visibilidad fue una elección, pero no una elección ingenua.

La pregunta anónima de una persona de la comunidad llevó la conversación hacia una zona menos celebratoria: el miedo. “En un país donde todavía hay violencia contra las diversidades sexuales, ¿cómo decidieron hacer público su matrimonio? ¿Qué riesgos midieron, qué miedos aparecieron y qué límites tuvieron que poner para protegerse?”.

“Ser públicas también es una forma de seguridad”, dijeron.

En un contexto violento, la visibilidad expone. Pero también puede impedir que una agresión ocurra en silencio. Si algo les pasa, hay más ojos mirando. Si alguien intenta desconocer su derecho, hay una comunidad atenta. Si la historia circula, el caso no queda encerrado en una oficina.

De esta manera, la visibilidad también es un escudo. Pero todo escudo pesa.

ORKID, artista performáticx, preguntó: “¿Alguna vez sintieron miedo de que su relación se convirtiera en un símbolo público y dejara de ser solamente algo íntimo entre ustedes?”.

La pregunta abrió una respuesta transparente. Sí, hubo miedo. Hubo terapia, conversaciones y conciencia de que ninguna pareja debería sostenerse solo por presión pública. Ellas no quieren quedar atrapadas en la obligación de ser un símbolo perfecto. Saben que las relaciones cambian, que las personas cambian, que el amor puede transformarse y que el “para siempre” no debería convertirse en una cárcel mediática.

Eso humaniza el precedente. Fabiana y Scarlett no necesitan ser una pareja perfecta para que su derecho sea válido. No necesitan durar toda la vida para que su lucha haya tenido sentido. Su matrimonio no vale porque promete eternidad. Vale porque, en el momento en que lo pelearon, su amor era real, su proyecto era real, su familia era real y su derecho también debía serlo.

“Cultivar nuestro amor en lo privado para que lo público se sienta menos complicado”, dijeron.

Guardar algo, proteger algo, no entregarlo todo al titular, al comentario, al clip, al aplauso o al odio puede ser una ética de supervivencia para cualquier vínculo expuesto al público.

Una familia con siete animales

Cuando pregunté qué les hubiera gustado que los medios les preguntaran, Fabiana habló de sus wawitas: cuatro gatos y tres perros.

La respuesta puede parecer menor al lado de amparos, resoluciones y debates constitucionales. No lo es. Devuelve la palabra familia a su lugar más concreto.

La familia no es solo sangre, apellido o libreta. Puede ser una pareja de mujeres con siete animales, horarios, patio, cansancio y cuidado diario. Fabiana contó que la noche antes de la boda llegaron tarde, agotadas, después de correr todo el día. Los gatos, que suelen despertarlas a las cinco de la mañana para comer, esa vez no molestaron. Se quedaron quietos. Las dejaron dormir un poco más.

Quien ha vivido con animales sabe que no hace falta exagerar esa escena para entenderla.

El Estado llegó tarde a esa familia.

Los gatos no.

Que algún día no sea noticia

Fabiana y Scarlett empezaron con una carta el 12 de octubre de 2022. La resolución favorable llegó el 13 de marzo de 2026, cumpleaños número 29 de Fabiana. Se casaron el 7 de agosto de 2026 en Santa Cruz de la Sierra. Tres años y diez meses después del primer paso, pudieron firmar.

Entre una fecha y otra hubo rechazo, silencio, amparos, acompañamiento legal, desgaste emocional, costos, redes, miedo, exposición y una pregunta insistente: ¿por qué no nosotras?

No preguntaron por qué ellas eran especiales. Preguntaron por qué estaban excluidas de algo que a otras parejas se les ofrecía como posibilidad común. No pidieron privilegios. Pidieron igualdad. No pidieron que todo el país celebrara su amor. Pidieron que el Estado no lo discriminara.

La frase de Fabiana vuelve al centro: “No estamos aquí para cambiar opiniones, estamos aquí para pedir derechos, respeto y dignidad”.

En tiempos donde los derechos LGBTIQ+ son obligados una y otra vez a defenderse ante el tribunal informal de la opinión pública, esa frase importa. La democracia no puede esperar a que el prejuicio madure.

Al final de la entrevista, les pregunté qué tendría que pasar para que una pareja del mismo sexo pueda casarse sin convertirse en noticia. La respuesta volvió a la cultura, a la normalización y a la esperanza de que algún día esto no sorprenda.

No porque deje de importar. Sino porque ya no tenga que ser excepcional.

Ese es quizá el deseo más profundo detrás de toda esta historia: que lo que hoy es histórico mañana sea cotidiano. Que otra pareja no tenga que llorar de agotamiento antes de llorar de alegría. Que no necesite amparos para casarse. Que no tenga que medir si mostrarse la pone en peligro. Que no tenga que explicar si una de las dos “hace de hombre”. Que no tenga que demostrar estabilidad psicológica. Que no tenga que convertir su casa en prueba. Que no tenga que ser perfecta para merecer derechos.

Ellas no se casaron para empezar una familia. Se casaron porque esa familia ya existía: en el monoambiente, en las mudanzas, en los siete animales, en los hospitales, en las discusiones, en los votos, en la fiesta, en los pañuelos, en las redes que sostuvieron el proceso, en las personas que lloraron con ellas y en quienes ahora escriben preguntando si también pueden intentarlo.

El papel no hizo la familia. La protegió.

Tal vez por eso esta historia no termina únicamente en ellas. Termina, o más bien continúa, en las parejas que ahora preguntan por dónde empezar; en las lesbianas que lloraron recordando lo que no pudieron tener; en quienes acompañaron desde una organización, desde una red, desde una cámara, desde un pañuelo, desde una firma; en quienes todavía no pueden salir del clóset, pero leyeron la noticia como quien mira una ventana.

No todas las personas que hicieron posible este momento aparecen en la foto. Algunas sostuvieron desde antes. Otras llegaron a preguntar después. Otras ya no están. Pero todas forman parte de esa puerta que, por un instante, dejó de parecer imposible.

Y quizás esa sea la incomodidad más grande para quienes todavía discuten estos derechos como si fueran una concesión moral; el amor no estaba esperando permiso para existir. Ya estaba. Lo que faltaba era que Bolivia dejara de tratarlo como una excepción.

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Escrito por Casa de Nadie

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