
Saraí García
«No pensé que en algún momento llegaría hasta acá.»
La frase parece sencilla. Incluso cotidiana.
Pero durante mucho tiempo, llegar hasta aquí no fue una certeza.
Hubo años en los que el futuro se veía lejano. Años en los que vivir y disfrutar la vida parecían conceptos distintos. Años en los que imaginar el próximo cumpleaños, terminar una carrera, construir proyectos o simplemente despertar sin angustia se sentían más como posibilidades remotas que como planes reales.
Mayo fue el mes de la salud mental.
Sin embargo, hablar de salud mental en Bolivia sigue siendo difícil.
No necesariamente porque no exista sufrimiento, sino porque durante mucho tiempo aprendimos a convivir con él en silencio. Crecimos escuchando que había que ser fuertes, que algunas cosas simplemente se superaban, que la vida era difícil para todos. En un país profundamente resiliente, a veces resulta complicado reconocer que la mente también puede agotarse, enfermarse o necesitar ayuda.
Hace seis años entendí la importancia de la salud mental y tuve que estar muy mal para comprenderla.
Hoy vivo medicada.
Y no voy a mentir: no quiero estar medicada toda mi vida.
No creo que muchas personas sueñen con depender de un tratamiento para sentirse mejor. Durante mucho tiempo pensé que aceptar ayuda significaba admitir una derrota, que en algún momento tendría que poder sola.
Pero con los años entendí algo distinto, que tengo una sola vida y no merezco que el caos en mi cabeza sea dueño de ella. No merezco que el dolor decida qué puedo hacer y qué no.
No merezco que la angustia me robe el presente, los vínculos que construyo, los recuerdos que intento guardar o los sueños que todavía quiero cumplir.
Si la medicación me permite estudiar con la curiosidad que siempre me ha acompañado, perderme tomando fotografías, disfrutar una conversación con las personas que amo o simplemente atravesar el día con menos miedo, entonces la acepto. No porque me guste necesitarla, sino porque me gusta vivir.
Porque todavía quedan libros por leer, lugares por conocer, proyectos por construir y afectos por cuidar.
Porque vivir y sobrevivir no son la misma cosa. Y esa diferencia importa.
Hablar de salud mental también implica hablar de aquello que puede ocurrir cuando el sufrimiento permanece en silencio durante demasiado tiempo. De las consecuencias que tiene ignorar, minimizar o no comprender el dolor psicológico.
Porque cuando la salud mental no encuentra espacios para ser escuchada, acompañada o tratada, el costo puede llegar a ser profundamente humano. Y las cifras nos recuerdan hasta dónde puede escalar ese silencio.
La Organización Mundial de la Salud advirtió que Bolivia llegó a registrar una de las situaciones más preocupantes de la región en materia de suicidio infantil y adolescente. En 2019, el país ocupó el tercer lugar a nivel mundial en suicidios de niñas y niños entre los 5 y 14 años y el suicidio se encontraba entre las principales causas de mortalidad en adolescentes de 15 a 19 años.
Ese mismo año, la tasa general de suicidios alcanzó los 16,2 casos por cada 100.000 habitantes, equivalente a cientos de vidas perdidas y a miles de personas afectadas por la ausencia de alguien cercano.
Las personas más afectadas fueron jóvenes entre 15 y 29 años. Geográficamente, Santa Cruz y Cochabamba concentraron la mayor cantidad de casos, seguidos por Tarija y La Paz.
Pero las cifras nunca cuentan toda la historia, detrás de cada dato existe una persona, una familia, amistades y sueños interrumpidos.
Conversaciones que quedaron pendientes y dolores que muchas veces nunca encontraron palabras para ser explicados.
Sin embargo, el problema no termina en las estadísticas. También aparece en la manera en que comprendemos el sufrimiento.
Existe una tendencia a pensar que aquello que no podemos ver es menos real. Que si alguien continúa estudiando, trabajando o sonriendo, entonces necesariamente está bien. Que la fortaleza consiste en resistir sin hablar. Que pedir ayuda es una señal de debilidad.
Quizá porque aceptar que una mente puede quebrarse resulta incómodo.
Nos obliga a reconocer algo que preferimos mantener distante: que el sufrimiento psicológico forma parte de la experiencia humana y que nadie está completamente exento de atravesarlo.
Por eso seguimos buscando explicaciones simples para experiencias complejas.
Etiquetamos, simplificamos y reducimos historias profundamente humanas a conclusiones rápidas que nos permiten sentir que entendemos lo ocurrido. Pero comprender no siempre significa tener respuestas, a veces significa escuchar, acompañar y permanecer.
Pero incluso cuando una persona reconoce que necesita ayuda, no siempre puede acceder a ella.
Hablar de salud mental también implica hablar de desigualdad.
Porque recibir atención psicológica o psiquiátrica sigue siendo difícil para una parte importante de la población boliviana. Durante años, distintos informes han señalado la escasa inversión destinada a esta área. Datos de la Organización Panamericana de la Salud indican que apenas alrededor del 0,2% del presupuesto sanitario del país estaba dirigido a salud mental, reflejando una brecha histórica en recursos, infraestructura y atención especializada.
La desigualdad se manifiesta en algo «tan simple» y tan complejo como pedir ayuda.
Las consultas, los tratamientos y la medicación pueden representar costos imposibles de asumir para muchas familias. A ello se suma la falta de profesionales y servicios especializados en distintas regiones del país, donde acceder a atención puede implicar largas esperas o incluso desplazamientos a otras ciudades.
Entonces, el problema deja de ser únicamente psicológico. También se vuelve social, económico y territorial.
Porque el sufrimiento puede atravesar cualquier hogar, pero las posibilidades de recibir ayuda no son las mismas para todos.
Y esa diferencia importa.
Mientras algunas personas logran acceder a acompañamiento profesional, otras continúan enfrentando solas aquello que les ocurre, no por elección, sino por falta de oportunidades.
La salud mental no debería convertirse en un privilegio ni depender del lugar donde una persona nació, de sus ingresos o de su capacidad para sostener un tratamiento durante meses o años.
Debería ser una posibilidad real.
Una posibilidad digna.
Una posibilidad humana.
Porque reconocer el dolor es importante, pero también lo es garantizar que existan espacios donde ese dolor pueda ser escuchado, acompañado y tratado.
Quizás por eso me cuesta pensar en la salud mental únicamente como una estadística o como un debate sobre políticas públicas. Detrás de cada cifra hay personas que intentan seguir adelante con aquello que les duele, personas que buscan respuestas.
Personas que, de una u otra forma, están intentando recuperar algo de sí mismas. Y cada vez que reflexiono sobre ello, inevitablemente vuelvo a mi propia historia.
No quiero estar medicada toda mi vida. Pero me gusta poder mirar hacia adelante y encontrar posibilidad en el futuro.
Me gusta pensar que todavía quedan fotografías por tomar, libros por leer, lugares por conocer y personas por abrazar; me gusta pensar que aún quedan versiones de mí que no conozco. Que todavía existen recuerdos que no he construido, conversaciones que no he tenido y atardeceres que aún no he visto.
Y si la medicación me permite acercarme a todo eso, la acepto. No porque me guste necesitarla, sino porque me gusta vivir. Porque después de todos estos años entendí algo que antes me parecía imposible: el dolor puede ocupar mucho espacio, pero no tiene por qué ocupar toda una vida.
Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes que me dejó la salud mental, que pedir ayuda no cambia lo que hemos vivido, pero puede cambiar profundamente la manera en que seguimos viviendo.













