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Circulen, no hay nada que ver: La democracia no quiere decir nada, y eso le viene bien a todos

Jun 4, 2026

Fabricio Lobaton

“La policía dice: circulen, no hay nada que ver.” 
Jacques Rancière, El desacuerdo

Hacía calor, un calor espeso y fuera de lugar para Quito, de los que pegan la camisa a la espalda mucho antes del mediodía. Llevaba dos horas de pie y no tenía un centavo encima. Le pedí dos dólares a una compañera de la maestría. Ella también había marchado, caminaba a mi lado desde el principio, y me los pasó sin preguntar. Me compré una Pepsi y una funda de papas fritas y seguí caminando. Salimos en bloque, los de la universidad, una columna donde casi todos éramos extranjeros, detrás de una sola pancarta que habían pintado otros la noche anterior. La cargábamos por turnos. Adelante marchaban los de la pública, con megáfonos y cascos amarillos de obrero. Ninguno había bajado jamás a una mina. El casco era una manera de decir de qué lado de la historia querían pararse, una palabra puesta sobre la cabeza, una cita. Y yo los miraba avanzar mientras lamía la sal de mis dedos y pensaba que quizá funcionaba al revés de lo que creíamos, que no marchábamos porque tuviéramos algo adentro sino que algo se iba a meter adentro por marchar, como el que se arrodilla sin fe y termina rezando de verdad. 

Esa mañana me rondaba una palabra que vale la pena decir despacio. Domesticación. No habla solo de domar. Viene de domus, la casa, y nombra el acto de traer algo desde la intemperie hacia adentro, de volverlo habitable, manso, parte del mobiliario. Un animal domesticado no es un animal vencido. Es un animal que olvidó que alguna vez vivió afuera. Hay, en esa raíz, una herida vieja y muy boliviana. Doméstico es el que sirve en la casa, y en mi país la casa fue durante siglos la hacienda, y el que servía en ella sin paga ni descanso, el pongo, vivía amarrado a la puerta como un perro, sin más derecho que el de obedecer. Pongueaje se llamó esa servidumbre, abolida apenas en 1945. Cuando Felipe Quispe, el Mallku, explicó por qué se había alzado en armas, lo dijo con una sola frase: para que mi hija no sea la empleada de nadie. Empleada, doméstica, domesticada. La misma raíz que nombra la ternura del animal de compañía nombra también la humillación del que sirve sin más horizonte que la casa ajena. Esa mañana, marchando en mi carril asignado y aplaudiendo a tiempo, no podía sacarme la sospecha de que la protesta misma había sido invitada a entrar a la casa, a sentarse, a comportarse. Me interesa lo silencioso más que la represión, que es ruidosa y por eso fácil de denunciar. Me interesa lo que ocurre antes de cualquier golpe y vuelve el golpe casi innecesario.

Marcha del 1 de mayo en Quito. Una columna densa de manifestantes avanza con pancartas, banderas de Ecuador y Bolivia, y una pancarta del PCMLE visible al centro. Pressenza, 2026.

Salimos pasadas las diez desde la antigua Caja del Seguro rumbo a la plaza de Santo Domingo, por una ruta que el municipio había publicado dos días antes con sus desvíos y sus horarios, de nueve a once, cierres progresivos en la 10 de Agosto. Lo sabíamos todos. Lo sabía la policía, lo sabían los agentes de tránsito que dirigían el tráfico alrededor de la columna. Había consignas, había un bombo, había muñecos de cartón, pero nadie gritaba de verdad, con el estómago. Lo nuestro parecía autorizado.

Hay un orden que reparte los lugares antes de que nadie abra la boca, que decide qué cuenta como palabra y qué queda en simple ruido. Ese reparto resuelve de antemano que la marcha de los trabajadores es un acto previsto dentro del calendario cívico, mientras que otras formas de aparecer en el espacio público no llegan siquiera a discurso. La política empieza apenas alguien asignado al ruido reclama ser oído, apenas una parte que no contaba exige contar. Casi nunca pasa. La mañana del 1 de mayo no pasó. Hubo un amago, cuando un dirigente subió a la plataforma de un camión en Santo Domingo y empezó a enumerar lo que el gobierno debía, y la policía intentó dispersar la concentración y un puñado resistió. Duró poco. Se apagó el parlante, la gente empezó a buscar dónde almorzar, los policías también, y la columna siguió caminando ordenada por inercia, sin que nadie la vigilara ya, doblando donde tocaba doblar, la disciplina pegada en las suelas. No hizo falta reprimir. Alcanzó con que el rito se cumpliera y se apagara solo.

Mayo es un mes de muertos, y casi todos esos muertos pedían algo tan modesto como ocho horas o un poco de pan. En Chicago, en mayo de 1886, unos obreros murieron reclamando la jornada de ocho horas y de esa horca nació la fecha que ahora caminábamos con el casco prestado. En Bolivia, en abril de 1952, los mineros bajaron de los cerros con dinamita y cambiaron el país por una generación. En París, en mayo de 1968, fueron los estudiantes quienes arrancaron los adoquines del Barrio Latino para tirarlos a la policía y descubrieron arena debajo. Escribieron en la pared: sous les pavés, la plage. Debajo del empedrado, la playa.

Fotografía en blanco y negro de un muro con el grafiti «Sous les pavés, la plage». Dos figuras caminan frente a él.

De los estallidos quedó la fecha en la agenda. El 1 de mayo existe hoy porque cada 1 de mayo salimos a demostrar que el 1 de mayo existe. El referente dejó de ser la horca de Chicago y pasó a ser la marcha del año pasado, que apunta a la del año próximo. La copia ya no remite a ningún original, las marchas se citan entre sí, una cadena de fotocopias donde la primera hoja, la de los muertos de Chicago, se perdió hace tanto.

Sería fácil despreciar la marcha desde acá. No quiero. Me interesa otra cosa, cómo una institución logra que el gesto le salga natural a quien lo hace, porque una institución no es un edificio ni un sello sino una forma de pensar que ya viene pensada, un molde que nos pasa las categorías antes de que creamos elegirlas. Ningún sistema nos obliga a marchar el 1 de mayo, nos hacen sentir que marchar el 1 de mayo es lo que se hace, lo natural, lo que cae de maduro, y ahí está toda su eficacia, no en imponer sino en volver invisible la imposición, en que salgamos a la calle convencidos de que la idea fue nuestra. La furia no funda la marcha, la marcha le presta a la furia una forma anterior y le hace creer que nació esa mañana.

Mientras caminaba pensaba en La Paz, que seguía por el teléfono como sigo casi todo. Cada tantas horas volvía el mismo video. Una mujer flaca, de pollera, plantada frente a un cordón de antimotines en la plaza Murillo, con un cucharón de aluminio en alto, de esos de servir sopa para muchos. No le gritaba a nadie. Lo apuntaba contra los escudos, el brazo estirado, firme. Lo había visto cuatro, cinco veces, y no sabía de qué semana era, ni si era de ese mayo o de otro que el algoritmo había vuelto a sacar a flote, porque ahí no hay fechas, todo cae en un mismo presente que no termina nunca. El cucharón me llegaba entre un audio de reguetón, la cotización del dólar paralelo, un video de gatos, la vela de un cumpleaños ajeno, todos en el mismo rectángulo de luz, todos pidiéndome lo mismo, que era nada. La mujer alzaba el cucharón contra el Estado y mi pulgar la empujaba hacia arriba con el gesto exacto con que despacho una publicidad. Lo insoportable no era el cucharón. Era la pantalla, que lo ponía al lado de la vela y el gato como si las tres cosas pesaran igual.

Una mujer con sombrero y aguayo sostiene un cucharón de aluminio en alto frente a un antimotín con casco y visera metálica. REUTERS / Claudia Morales, 2026.

Y aun así me mentiría si dijera que el problema es la distancia. Si esa mañana yo hubiera estado en La Paz, lo más probable es que tampoco estuviera junto a esa mujer, sino mirándola desde la misma pantalla, encerrado en casa por la escasez o por el miedo, refrescando las noticias. Estoy ahí en el que comparte, en el que se conmueve diez segundos y sigue scrolleando, en el que cree participar porque presencia.

Rodrigo Paz había ganado la presidencia en octubre de 2025, en la primera segunda vuelta de la historia del país, clausurando dos décadas del Movimiento al Socialismo. Asumió prometiendo levantar un país devastado, que heredaba una inflación de dos cifras, una economía sin dólares ni combustible, la paciencia social agotada. Lo votaron, entre otros, muchos que durante veinte años habían votado lo contrario. Querían un cambio, cualquier cambio, y él fue el rostro disponible de esa palabra.

Después hizo lo que suele hacer el poder: parecerse poco a poco al poder anterior con otro vocabulario. Recortó, retiró subsidios, buscó el abrazo de los empresarios del oriente. Quienes controlan un aparato terminan teniendo más interés en conservarlo que en cumplir aquello para lo que se lo dieron, lo escribió Robert Michels hace más de un siglo mirando a la izquierda alemana, y la frase no ha hecho desde entonces más que cambiar de país y de bando. 

Para el 1 de mayo, mientras yo marchaba en Quito, en El Alto se declaraba la huelga general indefinida y el bloqueo nacional de caminos. En cuestión de días, La Paz quedó cercada por todas sus rutas de acceso, los Yungas, el Altiplano, el Beni. El pollo se volvió un lujo. Los hospitales pedían insumos por radio. Por el Altiplano bajaba una larga columna afín a Evo Morales, bautizada con nombre de cruzada, Marcha por la Vida para salvar Bolivia. El mismo Evo que en la elección había votado nulo, para cumplir con la democracia según sus palabras, encabezaba ahora el reclamo de que renunciara quien había ganado esa misma elección. Con o sin represión, avisó desde su refugio en el Chapare, la marcha llegará.

En aquellas semanas todos hablaban de polarización. Lo decían con cara de preocupación, como si nombrar la cosa fuera ya estar un poco por encima de ella. Nadie definía la palabra, no hacía falta, servía para todo y por eso no servía para nada, la usaban el ministro y el bloqueador, el editorial y el tuitero, cada uno con un sentido distinto y todos con el mismo tono grave. Era un diagnóstico que no comprometía a nada, el país tenía fiebre y había que bajarla, y mientras tanto la fiebre tapaba lo que de verdad ardía debajo, salarios, precios, hambre, un cucharón. Pero debajo de esa palabra hueca había otra, más usada todavía, que todos pronunciaban para decir cosas opuestas. 

Vale la pena ver cómo funcionaba la palabra. Cuando Paz decía democracia y mandaba a la policía a despejar las rutas, la democracia era él, el presidente electo, y defenderla justificaba el palo. Cuando Evo decía democracia y mandaba a su gente a cortar esas mismas rutas, la democracia era la calle, y el palo de la policía era el atentado. La misma palabra, el gesto opuesto. Cada uno la usaba para tener razón antes de hacer nada. No servía para entender el conflicto, servía para repartir permisos, y el que se quedaba con la palabra se quedaba con el derecho a usar la fuerza sin que se notara que era fuerza. 

Lo interesante no es que dos enemigos usen la misma palabra, eso pasa siempre. Lo interesante es por qué esa palabra los deja cómodos a los dos, por qué le sirve igual al que reprime y al que bloquea, y por qué cada uno puede pararse frente a su propia gente y decir democracia sabiendo que del otro lado de la plaza el enemigo dice exactamente lo mismo sin que a ninguno de los dos públicos le chirríe. Laclau tenía una explicación, las llamaba significantes vacíos, palabras que de tanto usarse se quedan sin nada adentro y solo señalan lo que falta, esa comunidad en paz consigo misma que nunca llega. El vacío no es un defecto, es lo que las hace servir. Una palabra precisa divide, obliga a elegir, deja gente afuera. Una palabra hueca acomoda a todos, el seguidor de Paz la escucha y oye orden, el de Evo la escucha y oye pueblo, y los dos aplauden la misma sílaba convencidos de que dice cosas distintas. 

Todo eso, que en abstracto suena a teoría, el martes 22 de mayo se volvió escena. Hay quien estudia la política así, como una dramaturgia, gente que actúa un papel ante un público y cuida la impresión que va dejando, igual que un actor en un escenario. Quiroga habló ese día en el programa Influyentes del diario El Deber, con veintiún días de bloqueos encima, y la entrevista entera fue eso, una actuación bien armada. Arrancó en el papel del hombre razonable. Había una indignación genuina, dijo, reclamos legítimos del magisterio, de la salud, de la policía, demandas que el gobierno tendría que haber atendido meses antes. Esa era la voz sensata, la que concede, la que se gana al que escucha antes del giro. Porque a los pocos minutos trazó una raya, y ahí está todo. De un lado dejó la protesta legítima, la que se dialoga. Del otro la insurrección, la sedición, la conspiración. Y en ese otro lado metió a los que pedían la renuncia del presidente, recordando que la Constitución solo prevé cuatro formas de que un mandatario se vaya antes de tiempo, el revocatorio, la condena firme, la enfermedad terminal y la muerte. La jerga jurídica hacía su trabajo, le daba la autoridad, le ponía a la escena el tono de un tribunal. Pedir cualquier otra cosa dejaba de ser política y pasaba a ser delito. La raya no separaba lo violento de lo pacífico, separaba lo que entraba en el calendario electoral de lo que no.

El gesto se afina cuando llega a nombrar los bloqueos. Privar a la población de alimentos, medicamentos y combustible, dijo, es un crimen de lesa humanidad, exterminio según el Estatuto de Roma. La escalada del lenguaje no es casual: un reclamo salarial se negocia, un exterminio se reprime. Al nombrar el bloqueo como exterminio se prepara el terreno legal y moral para la fuerza que reclama enseguida, un estado de excepción que calificó de interesante, no sin antes precisar que no se firma, se planifica, requiere pertrechos, logística, y sobre todo policías y militares cuyo bolsillo también está del otro lado de las vallas. Le preocupa menos la legitimidad de suspender derechos que la eficacia de hacerlo.

El estado de excepción, ese momento en que el derecho se suspende a sí mismo para seguir existiendo, hace rato dejó de ser una herramienta de emergencia y se volvió una forma corriente de gobernar. Se suspende la ley en nombre de la ley, se rompe el orden para salvarlo. Lo que incomoda no es que alguien defienda el orden, es la liviandad con que insinúa que la salida de una crisis democrática puede ser suspender las garantías democráticas. Y conviene decirlo, no se trata de elegir bando. Evo aviva un cerco que hace pasar hambre a los más pobres para volver al poder que perdió, y eso hay que nombrarlo igual de claro. Se trata de algo más simple, que todos invocan la misma palabra para hacer cosas opuestas, y lo problemático es que a nadie le llame la atención, de tan asumida que está. 

Felipe Quispe nunca quiso mudarse a esa palabra. Organizó los bloqueos del altiplano en 2000 y 2001 sin recorrido negociado ni vocabulario constitucional, con dinamita, palos y la certeza de que el Estado solo se sienta a la mesa cuando le duele. Hablaba de nación aymara, de territorio, de descolonización, casi nunca de democracia. Le decían Mallku, que en aymara es cóndor, la autoridad más alta de la comunidad. Murió en enero de 2021 de un paro cardíaco, en El Alto, sin haber visto casi nada de lo que reclamó. Desde entonces su nombre vive en murales, en nombres de calles, en discursos de gente que en vida lo ignoró o lo combatió. La muerte lo volvió manejable. Lo que fue intraducible se convirtió en símbolo, y el símbolo en folklore, y el folklore en nombre de avenida. Es la forma más suave de clausurar una amenaza.

Fotografía: Bolivia Dos Mil, 1986. Verso de Fher Masi en Por donde miro, Tiwanaku también me mira (fragmento).

Fue intraducible, y por eso, mientras duró, sirvió. No quiso que lo dejaran entrar, no pidió una silla en la mesa, pateó la mesa. El Estado tiene un umbral de aguante. Por debajo de cierta molestia el conflicto se administra, se cubre, se lamenta, se archiva. Por encima, se negocia, no porque importe el reclamo sino porque importa que el país siga andando. Quispe aprendió a quedarse por encima de ese umbral, a molestar lo suficiente. Agarró lo doméstico y lo dio vuelta, puso a la hija que servía en casa ajena a mandar en la propia. En mayo de 2026, en esas mismas carreteras, otros cortaban las rutas contra un gobierno que ganó prometiendo lo contrario de lo que el Mallku pedía. Al poder le conviene contar esto como un brote suelto, violencia sin causa que aparece de la nada y hay que apagar. Pero no aparece de la nada. El bloqueo, la dinamita, el cerco, son la misma pelea que lleva décadas y no se resolvió, que baja, se repliega y vuelve a subir. No es repetición, es un proceso que sigue abierto. Quispe no quedó atrás, está en el método, en quienes aprendieron de él sin haberlo conocido. La pedagogía circula aunque el nombre se pierda, y eso, más que una cita, es una herencia que todavía pelea.

La mujer le apunta el cucharón a un antimotín. No lo blande como un palo, lo sostiene en alto, quieto, un cucharón de aluminio abollado de tanto raspar la olla. Detrás de ese gesto está la cocina, la hornalla que ya no se enciende porque no llega el gas, el aceite que se mide a cucharadas, la sopa que rinde para menos cada semana. Y enfrente, a unas cuadras, el palacio donde se firma el precio de todo eso. El cucharón une las dos cosas. Sale de la olla y entra en la plaza porque era lo que había, y al entrar dice algo sin decir nada, que el hambre de su casa se decide en ese edificio. El Estado tiene su propia violencia y la viste de orden, de seguridad, de democracia, y sale a la luz, de uniforme, con horario. La de ella llega de golpe, con palos y dinamita y cucharones, y a esa la bautizan vandalismo, sedición, manos negras, exterminio. El mismo empujón, dos nombres. El de ella es delito. El del que tiene el escudo, deber. 

En Ecuador, esa noche estaba confiscada por escrito desde antes de la marcha. Del 3 al 18 de mayo, nueve provincias, Pichincha entre ellas, vivían bajo toque de queda nocturno por el Decreto Ejecutivo 370 del presidente Noboa: de las 23:00 a las 05:00, sin excepciones salvo personal de salud y fuerzas de seguridad. El decreto suspendía además la inviolabilidad de domicilio. Era el segundo toque de queda del año; el anterior había regido del 15 al 30 de marzo. El país acumulaba más de 2.500 homicidios en el primer trimestre.

Los extranjeros dormimos esas madrugadas con una particular forma de atención. No la del que espera algo específico, sino la del que no sabe exactamente qué reglas le aplican, la del que oye una sirena y calcula cuánto tarda en llegar a su puerta, la del que tiene el pasaporte cerca de la cama sin haber decidido conscientemente ponerlo ahí. Marchábamos de día, en el carril permitido, mientras la madrugada pertenecía, por ley, a los fusiles. Nadie tuvo que reprimir la marcha. Para reprimir estaba la noche, y la noche ya tenía dueño.

La noche tiene una edad. Cuando se levanta el toque de queda y la patrulla entra a un barrio del sur de Quito o al Guasmo en Guayaquil, ya sabe a quién busca. Los jóvenes de quince a veintinueve años son casi la mitad de los muertos violentos del país, y los asesinatos de niños y adolescentes subieron más de un cuarenta por ciento en un año, un adolescente enterrado cada catorce horas. Mueren dos veces. Primero los recluta el narco en la periferia, ahí donde el Estado nunca apareció salvo de uniforme. Después los mata el mismo Estado, que les lee la culpa en la cara, en la edad, en el nombre del barrio. En diciembre de 2024, en Guayaquil, cuatro niños se los llevaron unos militares y aparecieron muertos. Hay un nombre para esto, juvenicidio, lo usaron Reguillo y Valenzuela mirando a México y entra sin forzar en el Ecuador de Noboa, la eliminación de cuerpos jóvenes que cierto orden ya da por sobrantes. La domesticación, llevada al extremo, deja de amueblar y empieza a descartar. A unos los amansa. A otros, más pobres y más jóvenes, los saca de circulación.

Agentes de policía de negro y pasamontañas en una calle oscura, noche de Pichincha, Quito. Un hombre sin camisa de espaldas frente a ellos. API, 2026.

Bajo un piso, al oficio desde el que escribo, donde la domesticación tiene una forma que conozco de cerca. De esas madrugadas no quedó casi crónica. Lo que se publicó al día siguiente venía del parte del Bloque de Seguridad, siempre la misma planilla, tantos allanamientos, tantos detenidos, tantas armas, tantos explosivos, una cifra de actividad que no dice nada de lo que pasó adentro de las casas. Después se supo que de los más de cinco mil detenidos en quince días apenas uno de cada siete tenía algo que ver con una banda, pero ese dato llegó tarde y en letra chica. Lo que entró a las viviendas sin orden, a quién se llevaron y no volvió, eso no estaba en ninguna parte, salvo en una preocupación de la ONU que nadie en Quito leyó. El periodista no necesita que le prohíban contarlo. Le alcanza con que contar cueste y repetir el parte sea gratis. La autocensura no llega como una orden. Nadie te llama para decirte qué no se puede escribir. Llega de otro modo, más callado. Uno aprende a calcular qué nota trae problemas y cuál no, y termina eligiendo la que no los trae. Contar lo que pasó de noche en una casa allanada obliga a salir a buscar a la familia, a confirmar, a exponerse, a arriesgar el contrato. Copiar el parte del Bloque de Seguridad no cuesta nada, ya viene escrito, con sello oficial, y nadie lo discute. Casi todos los días gana el parte. Por eso la marcha sale en el diario con la foto del parlante y la madrugada no sale, o sale contada por el único que estuvo ahí, el que entró a las casas. A eso le decimos prudencia, que es el nombre presentable del miedo. Lo conozco de cerca, y no por Ecuador. En Bolivia es lo mismo, solo que viene de más atrás y se nota más. 

Este texto lo escribí en Quito, lejos del cerco, sin ninguno de los riesgos que corrían los que esa semana estaban en la calle. No digo que por eso no valga, ni que el que mira de lejos no tenga nada que decir. A veces la distancia deja ver lo que de cerca, con el miedo encima, no se ve. Lo que digo es que esa distancia hay que confesarla, ponerla sobre la mesa y no disfrazarla de objetividad. Escapar de la coyuntura no nos quita el derecho a escribir sobre ella, pero conviene, cada tanto, hacerle caso a Juan y preguntarse cuánto de lo que uno dice es lucidez y cuánto es la comodidad de no estar ahí. 

Si cambia il maestro di cappella, ma la musica è sempre quella. Cambia el director de orquesta, la música sigue igual. Lo decía Michels del socialismo que se volvía conservador apenas se organizaba, y sirve para la oposición que se hace gobierno, para la marcha que se hace liturgia, para la palabra democracia que cabe en cualquier boca, para el votante que en siete meses cruza de un lado al otro de la barricada sin que nadie lo llame traidor, porque no traicionó nada, siguió buscando lo mismo de siempre y el mapa se le movió bajo los pies.

(instalación artística, siluetas rojas, sala blanca) Carlos E. Kempff Seleme, CONTRASTES, Casa Melchor Pinto, 2026.

Yo seguía caminando por el adoquín del centro, con el sabor a sal en la boca y dos dólares de deuda, aplaudiendo donde tocaba, mirando un cucharón en la pantalla que no sabía de qué semana era. A más de mil kilómetros, alguien bloqueaba una ruta. Más cerca, cuando cayera la noche, alguien iba a vivir una madrugada que no saldría en ninguna crónica del 1 de mayo.

El cucharón de esa mujer no cabe en el comunicado del vocero, ni en el editorial que lamenta la violencia sin preguntarle de dónde viene, ni en este texto que lo usa de título. Es un utensilio que cambió de cuarto porque su dueña decidió que la distancia entre su cocina y ese palacio ya no era tolerable. Lo que viene después ya. Cuando el cerco no ceda y la ley venga, alguien tendrá que ponerle nombre a lo que el Estado haga de noche. Lo llamará restablecimiento del orden. Lo llamará defensa de la democracia. Y muchos de nosotros lo vamos a publicar con esas palabras, porque son las que el campo reconoce y las que no nos cuestan el contrato (en realidad nadie sabe para quién trabaja).

Eso si seguimos teniendo contrato. Eso si la madrugada no llega antes.

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Escrito por Fabricio Lobaton

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