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La cultura se acepta

Abr 28, 2026

Para el orureño, el Carnaval se la pasa bailando por sus venas año redondo. Y año redondo las calles suenan a morenada, diablada y caporal, y huelen a agrio festejo eterno. Porque siempre hay algo que celebrar, aparentemente el solo estar vivos ya es una excusa razonable para ponerse a bailar y beber cerveza como agua de manantial.

Nací con el acceso completo y privilegiado a vivir en primera fila el Carnaval; desde los sonidos metálicos de trompetas, platillos, monedas, campanas y espuelas que se escuchan hasta la punta del cerro. Con el brillo glamuroso de las figuras equilibristas, con botas con plataformas infinitas que se habrían paso con toda la elegancia que sus hombros descubiertos y los manierismos les proporcionaban. Con millares de espejos reflejando el sol como estrellas y constelaciones en pleno medio día bailando sobre las paredes y entrándose a las casas por segundos. Con caretas con los ojos mas grandes que el rostro, con incrustaciones de todo tipo de reptiles con lenguas y patas aferradas a cuernos kilométricos. Con una infinita colección de telas y tejidos de todos los colores, pesos y texturas, que te cuentan historias de los abuelos de tus abuelos adornados con plumas de cóndor satinadas. Con humos de colores fantasía y pirotecnia a todo dar. Con cientos y cientos de matracas de quirquincho disecado llevando alegremente el ritmo hasta el Socavón.

Desde bebé que esperaba al Carnaval cada año con mucha ilusión. Como toda buena orureña, aprendí a caminar bailando diablada en las graderías y me dormía con el arrullo del bombo vibrando en las ventanas. Cada febrero era ver desde primera hora en la mañana antes que nada a la Virgen con niños vestidos de blanco y sonrientes con un grupo de señores en su mayoría ancianos con el semblante sereno y límpido de la mañana de un sábado de peregrinación. Después, diablos colosalmente gigantes que entraban montando caballos. Atrás, el dorado se sincretizaba con el aguayo sobre las mujeres incas. Después, la María Antonieta con el paso coqueto de sus botas de cuero pisaban fuertemente el cemento. Y el sonido de decenas de zampoñas seguro ya hacía que te pares de tu asiento a bailar o aplaudir en genuina alegría. Detrás de ellos…

Pies descalzos, chullos y pelucas negras, labios pintados de rojo inflamado, sombreros gigantes de ala ancha con arañas aún más grandes en sus copas, fruta colgando de las orejas, encaje pomposo a modo de mangas, olor a betún negro. Hombres y mujeres cantando y gimoteando desganadamente, arrastrando cansadamente las extremidades al ritmo del tambor y los cascabeles. Como el centro del espectáculo: dos hombres desnudos con cepos en el cuello y muñecas, sangre falsa en todo el todo el cuerpo. Se arrastraban a gatas por la calle con el capataz jalándolos con cadenas a modo de correa, que, con látigo en mano, los incitaba a seguir moviéndose mientras el con la cabeza hacia atrás y los brazos extendidos a los costados soplaba el silbato y cantaba sobre como si el chancho cochino le da manteca entonces su ñata traicionera tenía que darle su corazón y como por la semejanza entre el animal y la negra se tiene que traicionarlas. Los hombres desnudos en el piso gritaban y se lamentaban, sacudían las cadenas y sus cuerpos con eufóricos movimientos convulsivos hasta ponerse de espaldas y así, en esa posición, siguieron avanzando por la calle, dejando un rastro de tinta roja y betún negro a lo largo de la calzada.

Los espectadores vitorearon de alegría y entusiasmo desde sus asientos, aplaudieron la brillante performance de jóvenes tan comprometidos con la cultura orureña.
Detrás venían los toros y las mil polleras.
A la tarde noche, la lluvia del tiempo de sembrar se llevó toda mancha de aceitosa teatralidad.
No hubo carnaval que quisiera volver a ver a “los negritos”.

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