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La gramática de los demonios

Jun 7, 2026

Verónica Posada

No creo que los demonios habiten debajo de la tierra.

Creo que habitan debajo del lenguaje.

Pero también debajo del cuerpo.

En esa zona húmeda de la mente
donde el miedo aprende a pronunciarse a sí mismo
con nombres antiguos,
y después encuentra un lugar donde alojarse:

la mandíbula apretada,
el insomnio,
la espalda rígida,
la respiración corta,
la ansiedad convertida en rutina.

Astaroth.
Bael.
Asmodeo.

No como criaturas externas,
sino como heridas colectivas usando máscara.

Quizá Salomón nunca encerró entidades dentro de un círculo.

Quizá lo que hizo fue más peligroso:

darles gramática.

Porque todo aquello que recibe nombre
comienza lentamente a respirar dentro de la conciencia humana.

Y la humanidad lleva siglos respirando símbolos
hasta enfermarlos dentro del cuerpo.

Los templos los alimentan.
Las guerras los alimentan.
Las religiones los alimentan.
El deseo de poder los alimenta.

Pero nada los vuelve más enormes
que el miedo de mirar hacia dentro.

Una tulpa no es un monstruo imaginario.

Es pensamiento condensado
hasta adquirir temperatura emocional.

Una idea repetida tantas veces
que termina dejando huella
en el sistema nervioso de quien la contempla.

Como una cicatriz
que aprende a caminar sola.

Y entonces entendí algo profundamente incómodo:

tal vez los demonios nunca quisieron poseernos.

Tal vez nosotros necesitábamos inventarlos
para no aceptar la inmensidad salvaje
de nuestra propia conciencia.

Porque es más sencillo culpar a una entidad externa
que reconocer
que el cuerpo memoriza todo aquello
que la mente no logra procesar.

La verdadera magia no sería invocar seres.

Sería sostener una intención
con tanta claridad
que el universo interior comienza a reorganizarse alrededor de ella.

Eso también es ritual.

El cuerpo lo sabe.

Por eso hay personas habitadas por la culpa.
Otras por la violencia.
Otras por la tristeza.

Y otras…
por una extraña luz difícil de explicar.

Todos somos templos de algo.

Incluso quienes dicen no creer.

Cada emoción sostenida durante años
termina construyendo una arquitectura corporal.

Hay cuerpos hechos de miedo.
Cuerpos hechos de obediencia.
Cuerpos hechos de silencio.

Y también existen cuerpos
que un día deciden dejar de arrodillarse.

Quizá ahí se fractura la idea tradicional del bien y del mal,
porque una conciencia alimentada por miedo
responderá desde el miedo,
igual que un cuerpo herido
termina normalizando el dolor.

No existen símbolos inocentes.

Existen símbolos
capaces de modificar la respiración,
la percepción,
la postura del cuerpo frente al mundo.

El problema nunca fue el fuego.

Sino la mano temblando al sostenerlo.

Por eso sospecho que los antiguos grimorios
jamás fueron libros sobre demonios.

Fueron manuales cifrados
sobre la arquitectura humana.

Mapas de la sombra.

Diagramas para descender
al subsuelo psicológico
sin perder completamente el rostro.

Porque la conciencia necesita símbolos
igual que el cuerpo necesita huesos.

Pero confundir el símbolo con la totalidad
es construir cárceles metafísicas
capaces de enfermar generaciones enteras.

Yo no creo en demonios como enemigos absolutos.

Creo en frecuencias.
En memorias emocionales.
En ideas que se alojan en el cuerpo
hasta modificar la forma en que alguien respira, ama o tiembla.

Creo que el ser humano lleva siglos alimentando egregores con plegarias,
con odio,
con guerras,
con hambre espiritual.

Y también creo algo más peligroso todavía:
que una conciencia verdaderamente despierta
puede convertirse en creadora de realidad simbólica.

No como metáfora.

Sino como acto ncarnado.

Tal vez por eso algunos seres dejan huella incluso después de morir.

No desaparecen.

Persisten como vibración
dentro del imaginario humano.

Como un eco inteligente.

Como una tensión en el pecho
que atraviesa generaciones.

Y quizá el acto espiritual más radical
no sea obedecer entidades…

sino recordar
que también nosotros
somos capaces de crearlas.

Y de alojarlas
dentro del cuerpo.

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Escrito por Verónica Posada

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