Verónica Rocío Posada
Durante semanas las redes sociales han hablado de extraterrestres.
Naves.
Archivos secretos.
Luces cruzando el cielo.
La posibilidad de que no estemos solos en el universo.
Y, sin embargo, mientras leía una noticia tras otra, pensé en algo extraño: yo tampoco estoy sola. Ninguno de nosotros lo está.
Miles de millones de organismos viven ahora mismo dentro de nuestro cuerpo. Bacterias. Hongos. Microorganismos. Pequeñas formas de vida que participan silenciosamente en cada respiración, cada digestión y cada latido.
Mientras imaginamos civilizaciones lejanas habitando otros sistemas solares, olvidamos que también nosotros somos ecosistemas. Quizá la primera forma de vida que deberíamos aprender a reconocer no habita una galaxia remota. Habita debajo de nuestra piel.
Resulta curioso. Dirigimos telescopios hacia el cielo para buscar compañía entre las estrellas mientras ignoramos la inmensa comunidad que sostiene nuestra existencia desde el interior.
Vivimos obsesionados con el descubrimiento. Queremos encontrar algo nuevo. Algo extraordinario. Algo que transforme para siempre nuestra comprensión del universo. Pero pocas veces nos detenemos a observar el territorio que habitamos todos los días: este cuerpo, este paisaje biológico, esta constelación de relaciones invisibles.
Durante siglos nos enseñaron a pensar el cuerpo como una propiedad individual. Sin embargo, la biología parece contar otra historia: somos cooperación, intercambio y convivencia. La vida que nos constituye no responde a la lógica de la conquista, sino a la lógica de la relación.
Quizá por eso me inquieta la velocidad con la que consumimos información. Cada día aparece una nueva alarma, una nueva controversia y una nueva promesa de revelación. Las pantallas compiten por nuestra atención como si lo más importante estuviera siempre ocurriendo en otra parte.
Y mientras tanto, algo dentro de nosotros continúa esperando ser escuchado.
No hablo únicamente de bacterias o microorganismos. Hablo también de nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros miedos y las historias que repetimos hasta convertirlas en identidad.
Tal vez el gran desafío de nuestro tiempo no sea acumular más información. Tal vez sea recuperar la atención. Volver a escuchar. Volver a sentir. Volver a reconocer que la vida nunca ha sido una experiencia individual.
Porque la separación es una de las ficciones más persistentes de nuestra cultura. Nos sentimos separados de la naturaleza, de los demás y de nuestro propio cuerpo. Y, sin embargo, todo en la vida insiste en lo contrario.
La respiración es intercambio. La alimentación es intercambio. El lenguaje es intercambio. La existencia misma es una forma de relación.
Quizá por eso el cuerpo sigue siendo un maestro incómodo. Nos recuerda una verdad que olvidamos constantemente: ninguna forma de vida existe sola.
Tal vez la armonía no sea una meta espiritual. Tal vez sea una condición biológica.
Mientras seguimos mirando las estrellas, conviene recordar que el primer universo que nos fue confiado es este cuerpo. Este territorio vivo. Este espacio compartido donde la materia, la memoria y la conciencia aprenden todos los días a convivir.
Quizá nunca estuvimos solos.
Quizá simplemente aprendimos demasiado pronto a sentirnos separados.













