Thomas Franco
Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa.
Emma Goldman
A más de un mes del triunfo del candidato de la extrema derecha, Abelardo Gabriel Espriella Otero (me rehúso a reproducir en su nombramiento esa aberración lingüística que es el “de la”, y que tanto usan las clases gamonales de provincia para buscar el beneplácito de las oligarquías nacionales de toda la vida) en las elecciones presidenciales de Colombia, se hace necesario darse un lavado de cara con agua fría para lograr salir de la negación que se produce en todo duelo, y así, aguzarse de frente al camino que nos deparó el caprichoso oráculo de Delfos que mal llamamos democracia.
Para la consecución de esta empresa, las armas de la crítica y la autocrítica son imprescindibles, ya que sólo ellas permiten captar el complejo crisol de regímenes de historicidad y espacialidad que constituye cada coyuntura. Sin embargo, pese a su riqueza, esta opinión, lejos de ser un balance político (estoy seguro, ellos para hacerse bien deben de cocerse de un modo paulatino), más bien constituye una suerte de disparador sobre un aspecto que me parece vital no dejar de lado: el extravío de la estética en la política, específicamente, en la política de la izquierda.
Pues más allá de haber perdido —aunque, realmente salvo la anomalía que hasta ahora es la victoria presidencial de 2022, la izquierda colombiana siempre se ha presentado a todos los comicios sabiendo su condición de derrota electoral—, el descalabro, a mi modo de ver, pasa por la ausencia de una apuesta estética; o dicho de otro modo, la agencia de la izquierda, o por lo menos de sus dirigencias, explicitó la existencia de un significante vacío no sólo en el lamentable fenómeno que fue la campaña presidencial de Cepeda, sino ante todo, en el modo en que se presentó su proyecto de país en general.
Lo anterior es un panorama cuanto menos desalentador, puesto que, si a estas alturas del partido, el narcobarroco chibchombiano, con toda su excentricidad, plasticidad y grillería, nos ha dejado claro que toda estética es política (ninguno de estos es usado de forma peyorativa, antes reconozco varios fuertes de estos supuestos, y que serían de bastante provecho para una izquierda muchas veces senil en sus formas y contenidos), ¿por qué parece menos visible que toda política contiene una estética? Pareciese que todo el calor de la ternura, la belleza de la alegría, la herencia milenaria de tristezas y la digna rabia con la que históricamente había contado la izquierda, se hubiese esfumado en un abrir y cerrar de ojos; casi como si los tweets de Petro fueran nuestra última trinchera.
De hecho, me temo esto es sólo la concreción de algo mayor, me refiero a la actual imposibilidad de la izquierda para hacer legible —al mejor estilo benjaminiano— su proyecto. Aunque es verdad que pululan las actividades y los discursos políticos inspirados en idearios anticapitalistas que tienen como objetivo cambiar la sociedad de manera radical; no es menos cierto que, prevalece una enorme ignorancia para actualizar la fuerza mesiánica de las generaciones pasadas, comprender el presente en su totalidad y proponer un futuro capaz de trasponerse a la generalizada incertidumbre.
Las recetas para salir de este laberinto del fauno no las conozco, pero considero necesario enunciar el problema. Por ahora, seguiré haciendo ejerciendo un voto estético en la cotidianidad de mi vida (les invito a leer esta entrada de mi amigo Juan, y de paso chismosear su Substack), porque seguramente necesitaremos militar en la estimulación de las regiones más altas de la imaginación y las más centrales del corazón para aprender a volar de nuevo. Ello, además de elegir como nuestra fórmula a alguien que realmente quiera ser presidente, claro está.
Nota: Estimadas lectoras y estimados lectores, me disculpo con ustedes por la ausencia casi absoluta de mamagallismo en esta opinión, pero el inminente avance del neofascismo de Temu en la América de Bad Bunny y Bolívar turba este twittero maldito.













