
Juan de la Cruz Mendez del Rio
Cuando una expresión vinculada a la diversidad sexual aparece en el espacio público de Santa Cruz, la reacción sigue un patrón reconocible, no importa el formato, el momento o la finalidad: siempre termina generando una controversia que muchas veces se encuentra en nombre del orden, el respeto a la cruceñidad y la legalidad.
Un caso bastante sonado que permite ver con claridad el mencionado patrón ocurrió hace un año, durante el mes del orgullo, cuando en una intervención artística ocurrida en el Museo de Arte Contemporáneo, se pintaron los colores del arcoíris en el paso de cebra ubicado en las afueras del museo. La pintura fue borrada, lo que provocó enfrentamientos y un vaivén de ambos bandos pintando dicho paso a modo de protesta. Más allá del hecho puntual, lo relevante no fue la intervención o el enfrentamiento, sino la forma en que el hecho fue interpretado y la justificación usada para borrar la pintura.
En comentarios vertidos en redes, salieron frases como “Santa Cruz se respeta”, “los que borraron son cruceños de oro”, “los radicales son ellos” o “los pasos de cebra deben de respetarse”. El tono no llamaba necesariamente a la agresividad, pero llegaba a un punto que al parecer resuena con mayor eficacia: invocaciones al sentido común, a la normativa, a los valores y a la identidad regional.
El foco no era hacia el objetivo del mensaje, sino que se desplazaba hacia el mismo pavimento, a la señalización vial, o a la legalidad del hecho. La controversia entonces iba dirigida a una cuestión técnica.
Un desplazamiento como el mencionado no es casual. Al mover el eje de la discusión desde el mensaje de la intervención o el cuerpo, la censura se empieza a definir como corrección, como bien menciona el investigador social Denilson Montaño. Borrar ya no es una forma de violencia simbólica y pasa a ser una acción responsable. El que borra no se percibe como intolerante o radical, sino como un defensor de un orden.
Desde el análisis social, el discurso no opera desde la violencia directa. El investigador social Denilson Montaño explica que se trata de un fenómeno social y político. No simplemente asimila a ciertos como anormales o indeseables, sino que organiza jerarquías. Define quiénes son válidos para la sociedad y a quiénes dejar afuera.
Bajo esta lógica, el respeto deja de ser un valor universal y se vuelve una frontera. El respeto significa no incomodar. La apelación a la normativa pasa a funcionar como un elemento que justifica la exclusión.
Juan José Rodríguez, comunicador y miembro de la comunidad, considera que esta estructura no se limita a las redes sociales, sino que se encuentra instalada en el día a día debido a una acumulación de gestos, miradas y comentarios repetidos. Rodríguez compara la ciudad con la de Cochabamba, señala que la violencia en Santa Cruz es más directa, menos disimulada.
También menciona que el rechazo no se dirige solo a la orientación sexual, sino que va dirigido a todo elemento que no va acompañado con la masculinidad normativa.
“Se rechaza a lo femenino, a lo extravagante, a lo visible”, afirma.
La lógica es parecida a la que se evidencia en el espacio público. Lo que se borra en el pavimento o lo que se destroza en un museo es lo mismo que intenta corregir en el cuerpo y en la identidad. Todo este hilo viene en contraposición a uno de los discursos más recurrentes de la sociedad cruceña, la construcción de una “ley” como lo es la hospitalidad.
Gelo Wayar, en su análisis filosófico sobre este discurso que ha escalado a una concepción ciudadana, afirma:
“Pues bien, cuando algún cruceño se refiere a dicha frase, lo que quiere decir, sucintamente, es que es parte esencial de la cruceñidad la cortesía y tolerancia para con el foráneo. Que el cruceño se caracterizan por acoger y dar buen trato en su hogar”.
Sin embargo, también se cuestiona por las contradicciones que pueden estar dentro del discurso hospitalario:
“¿En qué momento la cruceñidad significa atacar a quien piensa diferente? ¿Cuándo ser cruceño significó atentar contra la humanidad de quien no apoya al caudillo? ¿Es hospitalario y tolerante todo ello?”
Wayar profundiza en este debate paradójico, habla sobre como la polarización ha logrado que los caudillos de turno tomen el discurso de la “Cruceñidad” como arma para su lucha por el poder.
Se advierte que, cuando se adoptan los discursos desde lugares del poder local para alimentar a la figura de los caudillos, el discurso y la narrativa de la hospitalidad deja de ser un valor para ser una herramienta, lo que produce que el que piensa distinto sea el enemigo.
“Es decir, que si uno, pese a ser cruceño opina distinto del partido del caudillo, es un traidor o un enemigo de Santa Cruz y lo peor de todo, se ocultan en un supuesto amor por la cruceñidad.”
Cuando se llama al respeto como argumento final, pocas veces se habla sobre el contenido. El respeto aparece como forma de conservar, de mantener intacto un orden ya existente. Pero ese orden tiene una jerarquía y tiene propietarios simbólicos. “Santa Cruz se respeta” no es una frase cualquiera, es una afirmación que consolida al dueño y quien debe adaptarse al orden.
El odio entonces se presenta como norma, como un aparente sentido común y cuando pasa, deja de ser percibido como violencia.
Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de su autora u autor y no reflejan necesariamente la posición institucional de la Cooperación Alemana, implementada por la GIZ, ni de la DW Akademie.
Este contenido fue elaborado en el marco del proceso de capacitación y mentoría “Narrativas Diversas 2.0”, orientado a promover la igualdad de género y la inclusión a través del periodismo constructivo, con el apoyo de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ) GmbH, en articulación con la DW Akademie y en el contexto del proyecto ProIgualdad.













