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Regresar a casa

Oct 4, 2026

Hay preguntas que no aparecen porque hayamos decidido formularlas. Llegan. Se instalan en alguna parte de nosotros y, durante años, permanecen esperando.
Una de ellas es esta:
¿Qué significa estar vivo?
Durante mucho tiempo pensé que algunas preguntas tenían que conducir necesariamente hacia una respuesta. Preguntar quién es Dios, qué es la realidad, qué somos los seres humanos. Como si detrás de cada pregunta existiera una pieza definitiva que, una vez encontrada, pudiera cerrar el mecanismo entero.
Pero quizá no funciona así.
Quizá algunas preguntas no vienen a cerrarnos el mundo, sino a abrirlo.
Hace poco una niña me preguntó algo que me obligó a detenerme.
Me habló de uno de sus mayores miedos: caminar por la calle y ser secuestrada, sufrir violencia y morir. No preguntaba si esas cosas podían suceder. Sabía que podían. Su pregunta era otra:
¿Qué hago con ese miedo?
No supe responderle inmediatamente.
Y quizá fue bueno no saberlo.
Porque hay preguntas frente a las cuales una respuesta demasiado rápida puede convertirse en una mentira.
No podía decirle que no tuviera miedo.
El miedo existe.

La violencia existe.
La vulnerabilidad existe.
Y decirle a una niña que el mundo es seguro cuando sabemos que no siempre lo es sería una forma de abandonarla precisamente frente a aquello que teme.
Pero tampoco quería enseñarle que el mundo es un lugar dominado por el peligro.
Porque entonces la violencia habría conseguido algo incluso antes de tocarla: habría comenzado a gobernar su imaginación.
Y entonces comprendí que quizá la respuesta estaba en otro lugar.
No se trata de aprender a vivir sin miedo.
Se trata de aprender a no entregarle al miedo la totalidad de nuestra vida.
El miedo puede advertirnos. Puede enseñarnos a alejarnos, a poner límites, a pedir ayuda, a reconocer el peligro.
Pero hay un momento en que el miedo deja de ser una señal y comienza a convertirse en una casa.
Y nadie debería tener que vivir allí.

Durante mucho tiempo pensé que regresar a casa significaba volver a algún lugar del pasado.
Una casa física.
Una infancia.
Una persona.
Una época en la que todavía no conocíamos determinadas formas de dolor.
Pero quizá la casa que buscamos no existe en el espacio.
Quizá existe en una manera de mirar.
Recuerdo haber sido niña y experimentar el mundo con una intensidad que ahora me cuesta explicar. Los animales, los árboles, las piedras, las palabras, las historias. Todo parecía contener algo que yo todavía no sabía nombrar.
Antes de preguntarme qué significaba una cosa, podía simplemente contemplarla.
Antes de convertir la vida en un problema que debía resolver, podía sorprenderme ante ella.
Tal vez esa capacidad de asombro fue una de las primeras formas de conocimiento que tuve.
Y quizá también fue una de las primeras formas de espiritualidad.
No una espiritualidad hecha de respuestas.
Una espiritualidad hecha de atención.
Con los años aprendemos a protegernos.
El mundo nos hiere y desarrollamos armaduras.
Aprendemos a desconfiar.
Aprendemos a anticipar.
Aprendemos a controlar.
Aprendemos incluso a endurecernos antes de que algo pueda volver a lastimarnos.

La protección tiene sentido. A veces es necesaria.
Pero existe un peligro silencioso:
podemos llegar a confundir estar protegidos con estar vivos.
Podemos construir una fortaleza tan eficaz que ya nadie pueda entrar.
Ni siquiera aquello que amamos.
Y entonces aparece una paradoja:
para no volver a ser heridos, podemos terminar alejándonos de aquello mismo que hacía que la vida valiera la pena.
Quizá por eso regresar a casa no significa regresar a la inocencia.
La inocencia no sabe que existe la violencia.
La conciencia sí.
La conciencia puede mirar la oscuridad sin necesitar negarla.
Puede reconocer que existen personas capaces de destruir y, aun así, no concluir que todos son monstruos.
Puede conocer la crueldad y seguir eligiendo el cuidado.
Puede sentir miedo y continuar viviendo.
Puede saber que va a morir y, precisamente por eso, aprender a estar aquí.


Tal vez la luz tampoco sea aquello que imaginamos.
Durante mucho tiempo hemos utilizado la palabra “luz” como si significara pureza, bondad absoluta, ausencia de oscuridad.
Pero una luz que solamente existe cuando no hay oscuridad es una luz muy frágil.
Quizá la luz sea otra cosa.
Quizá sea la capacidad de ver.
Ver el miedo.
Ver la rabia.
Ver el deseo de controlar.
Ver nuestra propia violencia.
Ver nuestra ternura.
Ver aquello que queremos esconder de nosotros mismos.
Ver al otro.
Ver que también el otro tiene miedo.
Ver que somos capaces de hacer daño y que, precisamente por ello, tenemos la responsabilidad de decidir qué hacemos con esa capacidad.
La luz no sería entonces la ausencia de sombra.
Sería la posibilidad de mirar la sombra sin convertirnos en ella.


Hay una frase que llegó a mí de una manera sencilla:
Sanar es aprender a no reaccionar igual.
Quizá sanar no sea dejar de sentir.
No es dejar de tener miedo.
No es alcanzar una especie de estado definitivo en el que nada pueda perturbarnos.
Sanar podría ser aprender a crear un pequeño espacio entre lo que sucede y lo que hacemos con aquello que sucede.
Un instante.
Una respiración.
Una pausa.
Ese espacio puede parecer insignificante, pero allí aparece algo enorme:
la posibilidad de elegir.
Quizá allí comienza nuestra libertad.
No en controlar lo que ocurre.
No podemos controlar completamente el mundo.
No podemos controlar a los demás.
No podemos impedir toda pérdida.
No podemos garantizar nuestra propia permanencia.

Pero podemos trabajar sobre la manera en que habitamos aquello que nos sucede.
Podemos responder.
Podemos pedir ayuda.
Podemos poner límites.
Podemos reparar.
Podemos amar.
Podemos detenernos.
Podemos elegir no reproducir aquello que nos dañó.
Y quizá, lentamente, podemos aprender a vivir sin permitir que aquello que nos hirió se convierta en la definición completa de nuestra existencia.
Entonces vuelvo a la pregunta de aquella niña.
¿Qué decirle frente a la violencia?
Quizá:
No puedo prometerte que nunca sufrirás.
No puedo prometerte que el mundo será siempre justo.
No puedo prometerte que nunca tendrás miedo.
Pero puedo enseñarte a cuidarte.
A escuchar las señales de tu cuerpo.

A reconocer el peligro.
A decir que no.
A alejarte.
A pedir ayuda.
A gritar.
A correr.
A confiar en las personas que te cuidan.
Y, sobre todo, quiero que sepas algo:
si alguna vez alguien te hace daño, nunca será culpa tuya.
Tu existencia no pierde valor porque alguien haya intentado violentarla.
Tu vida sigue siendo tuya.
Y no quiero que el miedo te quite el mundo antes de que el mundo pueda mostrarte todo lo que también contiene.
Porque el ser humano puede ser terrible.
Pero también puede cuidar.
Puede destruir un bosque y puede plantar uno.
Puede matar y puede salvar.
Puede abandonar y puede quedarse.

Puede convertir el dolor en violencia o convertirlo en comprensión.
Somos capaces de ambas cosas.
Y quizá ser humano consista, en parte, en vivir dentro de esa contradicción sin dejar de elegir.
Quizá por eso la pregunta “¿qué es Dios?” terminó llevándome hacia otra pregunta:
¿qué es un ser humano?
Y todavía no lo sé.
Pero empiezo a sospechar que somos algo extraño.
Somos animales que saben que van a morir.
Somos cuerpos vulnerables que pueden preguntarse por qué existen.
Somos memoria.
Somos lenguaje.
Somos deseo.
Somos miedo.
Somos amor.
Somos contradicción.
Somos seres capaces de imaginar aquello que no podemos tocar.
Somos capaces de inventar dioses y de negar dioses.

Somos capaces de mirar una piedra y preguntarnos qué significa.
Somos capaces de mirar al cielo y preguntarnos si alguien nos está mirando.
Somos capaces de escribir una pregunta en una hoja y volver a ella treinta años después para descubrir que quien la escribió todavía vive dentro de nosotros.
Quizá somos, sobre todo, seres que buscan significado.
Y quizá ahí comienza nuestro misterio.
Porque la realidad existe antes de que podamos explicarla.
Pero nosotros necesitamos interpretarla.
Nombramos.
Relacionamos.
Recordamos.
Creamos símbolos.
Construimos historias.
Hacemos ciencia.
Hacemos filosofía.
Hacemos poesía.
Hacemos religión.
Hacemos arte.

Intentamos comprender.
Y en algún momento nos detenemos y descubrimos algo inquietante:
también nosotros somos parte del misterio que intentamos comprender.
El observador está dentro de aquello que observa.
La pregunta forma parte del mundo que pregunta.
No podemos salir completamente de nosotros mismos para mirar la existencia desde afuera.
Tal vez por eso nunca terminaremos de descifrarnos.
Y quizá no tengamos que hacerlo.
Regresar a casa, entonces, podría significar otra cosa.
No volver a ser quien fui.
No recuperar una infancia intacta.
No regresar a un mundo donde nada malo pueda ocurrir.
Regresar a casa podría significar recuperar una capacidad:
la capacidad de habitarme sin miedo.
Mirar lo que soy sin tener que expulsar ninguna parte de mí.
Aceptar que hay luz y sombra.
Dolor y alegría.

Miedo y valentía.
Furia y ternura.
Pérdida y gratitud.
Contradicciones que no necesariamente tienen que destruirse unas a otras.
Quizá somos un crisol en movimiento.
No una identidad terminada.
No una respuesta.
Un proceso.
Y tal vez la conciencia no consista en dejar de ser contradictorios, sino en aprender a mirar nuestras contradicciones sin quedar completamente poseídos por ellas.
Por eso regresar a casa no significa llegar.
Significa aprender nuevamente a habitar el camino.
Y quizá, después de todo este tiempo buscando a Dios, buscando respuestas, buscando nombres para aquello que sentimos cuando contemplamos la existencia, la primera puerta no sea encontrar una certeza.
Quizá sea simplemente detenernos.
Respirar.
Mirar.
Y decir:

Estoy aquí.
Todavía estoy aquí.
El mundo es terrible a veces.
El mundo es hermoso a veces.
Yo también soy ambas cosas.
Tengo miedo.
Tengo amor.
Puedo ser herido.
Puedo cuidar.
Puedo equivocarme.
Puedo cambiar.
Puedo elegir.
Y mientras pueda seguir preguntándome qué significa estar vivo, quizá todavía haya una forma de casa dentro de mí.
No una casa donde la oscuridad no exista.
Una casa donde pueda encender una luz y mirarla.

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